Niégame cuanto quieras Capítulo 5
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Capítulo 5

Sentada a la mesa les decía a sus hermanos que desayunaran. La puerta se abrió y se volvió en la silla del jarl para ver que entraba Owen con una sonrisa bobalicona en la cara. Se levantó furiosa. —¿Qué te había dicho? —vociferó cogiendo el hacha y lanzándola contra la puerta.

Sus hermanos rieron porque casi le había dado. —Has perdido puntería, hermana —dijo Inga.

—No creas, no le he dado a propósito.

Una de las mujeres se acercó. —Brynhild, necesitamos carne para la cena.

Gruñó. —Los hombres no están en condiciones de salir a cazar. Mataremos unas gallinas para la mesa del jarl. Para los demás pescado. Niños, a pescar, llevaros a vuestros amigos. Inga vete con ellos y no les quites ojo, hablo en serio.

—Sí, hermana.

Se puso a recoger a toda prisa mientras los niños se levantaban y en ese momento bajó su hermano Esben que aunque se había acostado era obvio que había bebido como los demás. Cogió un pedazo de pan y queso. —Sigue así y serás un gran jarl —dijo entre dientes.

Se detuvo a su lado y la miró divertido. —Ya soy un hombre para que me des consejos que no necesito.

—Oh, sí que los necesitas. —Le agarró por una de sus trenzas y tiró de ella con saña quitándole la sonrisa de golpe. —Y te daré lo que me venga en gana, ¿me has entendido?

—Sí, hermana.

—Respeta o te arrancaré la piel a tiras. Ahora vete a pescar, ya que no habéis ido de caza. —Le dio un empujón que por poco le avienta y Esben gruñó pasándose la mano por la cabeza para masajearse. —¡Ahora!

—Ya voy. —Mientras se alejaba refunfuñó. —Será bruta.

—¿Qué has dicho?

Esben salió corriendo y gruñó volviéndose. —Menuda panda de vagos. —Recogió dos de los cuchillos y dio un respingo cuando se cortó la mano. Separó los labios de la impresión viendo la sangre y se asustó por si no podía detener el destino.

Arna le estaba vendando la mano y frunció el ceño porque estaba muy callada. —¿Ocurre algo?

—No. —La miró inquieta. —¿Por qué?

—Estás muy callada, algo raro en ti.

—Estaba pensando.

—Pareces preocupada.

—¿Crees que se puede cambiar el futuro?

—¿El futuro? Para eso tendrías que conocerlo y ningún mortal puede ver lo que ocurrirá, los dioses son caprichosos y cambian de parecer cuando les place.

—Sí… —Se miró la mano mientras le ponía un ungüento que picaba horrores. —Soy igual que mi madre… —dijo pensativa.

—¿A qué viene eso?

—A nada.

La anciana le vendó la mano. —Al parecer hoy los hombres están un poco molestos contigo.

—Sí, tanto que quieren buscarme marido.

Arna la miró sorprendida. —¿Lo sabes?

Chasqueó la lengua. —Vamos, dímelo, tú también quieres buscarme marido, crees que es la mejor solución para mis malos humores, ¿a que sí?

Pasmada asintió. —Si te digo la verdad, creo que lo necesitas.

Su hijo se acercó a ellas. —Sería una buena solución para ti.

—¡No voy a separarme de mis hermanos, así que dejad de pensar en ello! —Salió de la casa cerrando de un portazo y Arna apretó los labios.

—¿Qué piensas, madre?

—Está más inquieta que de costumbre. Está distinta, lo noté en cuanto entró —dijo preocupada abriendo la puerta para ver cómo se metía en su casa—. Hay que hacer algo.

A punto de cenar vio como su primo cogía de la bandeja del jarl un pedazo de pollo antes de sentarse.

Y lo había hecho porque él odiaba el pescado.

Que se hubiera levantado para ir a cazar.

—¡Maldito puerco egoísta! —gritó haciendo que todos la miraran—.

¡Siéntate a la mesa antes de que pierda la paciencia!

Eigil dejó el pollo a toda prisa y cuando Brynhild se volvió vio llegar a Arna con su hijo. —Rayos…

El jarl sonrió a su curandera encantado y como preveía la invitó a sentarse a su mesa. Forzó una sonrisa. —Sí, siéntate con nosotros, amiga.

La vieja se sentó sonriendo mientras el jarl decía —Es raro en ti que te animes a cenar con nosotros. —Esben estaba muy contento. —Estaremos encantados de escuchar tus historias.

Brynhild se sentó frente a ellos pensando en cómo parar aquello, pero su amiga ya estaba diciendo que la historia no era sobre ella.

—Tengo una historia que le va a fascinar.

Su padre mordió una zanca de pollo y con la boca llena dijo —Cuéntame vieja, me entretienen mucho tus antiguas andanzas.

Ay, madre que era todo como en su sueño. Asustada miró a su niño que jugaba junto al hogar.

—No se trata de mí, jarl. Le voy a contar la historia de un gran guerrero…

Brynhild decidida y con una sonrisa de loca que no podía con ella preguntó —¿Un gran guerrero? Yo quiero escuchar como llegaste hasta aquí, me encanta esa historia.

—Pero niña, si ya la has oído mil veces.

—Una más, por favor.

—Después, hija, me interesa la historia del guerrero.

Fulminó a su padre con la mirada. —¿No hablas de guerreros todo el día?

Su padre se sonrojó. —Pues no.

—¡Pues deberías! —gritó sobresaltándole.

—Hija, ¿te encuentras bien?

—Lleva todo el día algo alterada, jarl —dijo su tío ganándose una mirada de rencor de Brynhild.

La vieja sonrió. —Esta historia te gustará, niña, te lo garantizo.

—No lo creo —dijo entre dientes cogiendo un pedazo de pollo para darle un buen mordisco con mal talante.

—Confía en mí. La historia empieza hace años. Era un gran hombre que ya apuntaba maneras cuando era un jovencito.

Bufó con la boca llena y salpicó a la vieja en la cara dándole con un pedazo de pollo en todo el ojo. La mujer después de limpiarse la miró asombrada. —Niña, casi me lo sacas.

—Uy, perdón.

Arna entrecerró los ojos. —Empezaré mi historia cuando el chico tenía doce años.

Gunnar miró a su madre de reojo y después gimió, lo que a Brynhild la hizo desconfiar de la veracidad de la historia. Uy, uy… que en el sueño la habían engañado y ella se había creído esa historia de cabo a rabo.

Arna sonrió. —Era el más valiente de los suyos, tanto que su jarl que era su padre, estaba tremendamente orgulloso de él. El mejor con la espada…

—¿Con doce años? —preguntó su jarl incrédulo antes de beber de su hidromiel.

—Si ni podría sostener la espada de un guerrero —dijo ella con mala leche.

—¡Sí que podía! —dijo la vieja empezando a molestarse. La advirtió con la mirada y Brynhild se sonrojó. —Imagínate jarl, la gente decía que algún dios había bendecido la semilla de su padre al engendrar a la hembra que le dio a luz.

—¿De veras? —preguntó Brynhild con ironía.

—Sí, niña. Sus dones eran tales, que cosechaba tantos amigos como enemigos a partes iguales, pero de quien no se esperaba ese odio era de su propio hermano mayor.

Brynhild sonrió. —Algo haría para que su hermano le odiara, los míos me adoran.

Esben sentado a su lado la miró como si tuviera dos cabezas y ella le preguntó indignada —¿O no?

—Claro que sí, beso el suelo por el que pisas.

—No te pases —dijo entre dientes.

—¿Puedo continuar? —preguntó la vieja alterándose.

—Claro que sí. Hija, no la interrumpas.

—Sí, padre.

—Pues le tenía una envidia negra como la noche que fue creciendo a medida que crecían los chicos.

Su jarl no se daba cuenta de lo que ocurría entre sus hijos.

Nuestro héroe quería ignorar los malos comentarios de su hermano, los golpes cuando practicaban con la espada, la herida que hizo en su pierna aparentando un descuido.

Una noche cenando como nosotros hacemos ahora en la casa del jarl, el chico se fijó en una muchacha, era bonita y reía con su familia en una mesa apartada.

La chica le miró y cuando se inició un baile terminaron girando.

Gunnar la miró de reojo como si estuviera mal de la cabeza, pero ella le ignoró. Brynhild que no perdía detalle gruñó, menuda labia tenía la vieja.

—Bailaron y bailaron, la chica reía.

—¿Pero si vivía allí acaso no la conocía? —preguntó Brynhild—. Oh, déjame adivinar, era una prima lejana que había ido de visita.

—¿Cómo lo sabes? ¿Has oído ya la historia?

—Pues no.

—¡Pues déjame acabar, que llega lo mejor!

—Continúa, continúa —dijo el jarl intrigado—. ¿Qué ocurrió después?

—Su hermano hirviendo de furia porque ya había puesto los ojos en ella, se levantó con la espada en la mano y atacó a nuestro chico con saña cortando su espalda de parte a parte.

—Brynhild gruñó al recordar la cicatriz que la recorría.

—El jarl creyendo a su hijo muerto, se levantó y desarmó a su hijo mayor que soltó una risotada antes de escupir en el rostro de su hermano.

El jarl furioso hizo que le prendieran y le encerró en una celda.

—¿Qué pasó con su hijo menor? —preguntó su hermano Esben.

—Temieron por su vida durante días, pero su fuerza interior hizo que se repusiera.

Cuando su padre consideró que se había recuperado, sacó a su hermano de la celda y le puso ante él.

¿Quieres matar a tu hermano? Inténtalo ahora.

Los hermanos lucharon a muerte y nuestro chico demostró que era muy superior incluso después de su convalecencia.

—Varias suspiraron y Brynhild sintió algo en su interior que les hizo fulminarlas con la mirada.

—Y cuando pudo traspasarle con su espada no lo hizo.

Todos expresaron su sorpresa en su rostro. Pero bueno, Brynhild espabila, que tienes a Hrafn aquí antes de lo que piensas.

—De pie ante su hermano dijo, será Odín quien marque tu destino y con un golpe brutal le cortó la mano que aún tenía la espada.

Nuestro guerrero miró a su padre y dijo yo seré el jarl de tu pueblo, padre, yo seré su líder y levantando su espada gritó con una ferocidad que ese grito recorrió los mares.

—No sería para tanto, aquí su grito no llegó.

Su padre volvió la cabeza hacia ella con cara de soltar cuatro gritos. —Uy, perdón —dijo sonrojada.

Arna continuó —Su hermano como si hubiera sido maldecido por el mismísimo Odín murió días después. Su sangre ya envenenada desde hacía años, le mató con terribles sufrimientos y nuestro guerrero se convirtió en un gran hombre para su pueblo.

—Yo le hubiera matado —dijo el sobrino del jarl.