Capítulo 4 #2
Sus hombres gritaron levantando sus bebidas y Hrafn miró a su mano derecha con expresión seria. Ketil se levantó de inmediato y se acercó a su jarl a toda prisa agachándose junto a él. —En cuanto llegue el barco prepara a los hombres, nos vamos.
—¿Y tu esposa, jarl?
—No atenderá a razones. Con la muerte de su hermano no claudicará, querrá proteger al resto de sus hermanos y se negará a venir conmigo.
—¿Y si nos la llevamos?
Volvió la vista hacia él y entrecerró los ojos. —No puedo hacerle eso.
—Jarl piénsatelo bien.
—¿Ocurre algo? —preguntó Esben.
En ese momento Brynhild bajó varios escalones con su rostro lleno de lágrimas y Hrafn se puso en pie porque estaba rota de dolor.
El jarl perdió la sonrisa poco a poco y vio como su hija atravesaba el salón con la mirada perdida, abría la puerta y salía de la casa.
Su grito de dolor les estremeció el alma.
Hrafn salió de la casa a toda prisa mientras el jarl descompuesto se dejaba caer en su silla.
Se la encontró en el embarcadero, había caído de rodillas y lloraba tapándose el rostro con las manos.
Los tacones de sus botas resonaron sobre la madera del suelo, pero ella no lo escuchó sumida en su desgarrado dolor.
Nadie había salido a consolarla cuando había perdido a un hijo.
Miró hacia la casa sin saber muy bien qué hacer y gruñó molesto antes de agacharse y cogerla en brazos.
Sorprendida le miró a los ojos y algo en ella se estremeció de miedo por todo lo que decía esa mirada.
La consideraba suya. Asustada gritó —¡No!
Él entrecerró los ojos. —¿No qué, mujer?
Entrando en pánico le golpeó con los puños para que la soltara.
—Estate quieta. ¿Has perdido la cabeza? —Se le revolvió tanto que se le resbaló de los brazos y cayó al fiordo.
—¡Rayos! —Miró hacia el agua y se dio cuenta de que no salía.
—¡Mujer! —Asustado por si se ahogaba se iba a tirar cuando la luz de la luna le mostró su silueta bajo el agua.
Su piel brillaba y cuando salió a la superficie mostró que su rostro estaba lleno de escamas plateadas.
Dio un paso atrás de la impresión sin salir de su asombro.
Brynhild asustada le miró con sus hermosos ojos como platos antes de hundirse a toda prisa en el agua y desaparecer.
Hrafn parpadeó antes de pegarse un tortazo en la cara. Se acercó al borde y miró el agua que ahora estaba en calma. —No puede ser, el hidromiel te ha afectado. —Levantó la vista hacia el cielo estrellado. —Por todos los dioses, no puede ser.
Brynhild entró en la casa casi al amanecer y Hrafn estaba sentado a la mesa. Juró por lo bajo porque esperaba que no hubiera nadie que la viera entrar. Como si nada fue hacia la escalera.
—Ya le han quemado.
Se detuvo en seco y apretó los labios reprimiendo su dolor porque por su culpa no había podido despedirse de su hermano.
—Tu padre no quiso esperar y ni preguntó dónde estabas. De hecho, solo lo preguntó Inga. ¿Sueles desaparecer? No parecían darle importancia. Por cierto, ¿qué tal te ha sentado el baño?
Era evidente que no iba a dejarlo. —Pues muy mal, porque el agua me hace daño.
—Oh sí, ya he visto el daño que te ha hecho.
—¿Cómo te atreves a burlarte de mis ronchas?
—¿Ronchas? —Rio por lo bajo. —¿Ahora se llaman así a las escamas?
Frunció el ceño. —¿De qué hablas? ¿Cuánto has bebido? Mira, no tengo el cuerpo para escuchar tonterías. —Se volvió de nuevo.
—Eres hija de un dios, ¿no es cierto?
Se detuvo de nuevo. —Deja de decir esas cosas —dijo entre dientes.
—No, tu madre tampoco se metía en el agua. Ella era la hija de un dios. Déjame adivinar… Njord es el dios de los mares, tienes un abuelo de lo más influyente.
—Cállate —siseó furiosa.
—Dime, ¿para qué sirve el don que te ha otorgado? Njord es un dios generoso con quien le es fiel, así que con su nieta tuvo que ser de lo más espléndido.
—No dices más que tonterías. Me voy a la cama.
—¿Por qué tus hermanos no han heredado tu… don?
—Deja a mis hermanos en paz. —Entonces vio en sus ojos que no iba a darse por vencido. —Ni se te ocurra continuar con esto.
—No son tus hermanos, ¿no es cierto?
—¡Cállate, eso no es así!
—¿Y cómo es, preciosa? —Se levantó. —¿Por qué tú eres de esta manera y ellos no?
Sonrió con desprecio por su interés. —Si crees que vas a sacar algo de esto, estás muy equivocado.
—¿Sacar algo de esto? Oh, sí, pienso sacar mucho de esto. —Se acercó. —Habla de una vez.
Apretó los labios. —Siempre pasa a la primogénita.
—¿Y no al varón?
—Desde hace generaciones nunca es varón.
—¿Generaciones? —Apretó los labios asintiendo. —Bueno, no puedo decir que me esperara algo así, pero ya está decidido.
Sin comprender preguntó —¿Qué está decidido?
—Mi barco ha llegado, desgraciadamente no a tiempo, pero ya no tiene remedio. Recoge lo que quieras llevarte, nos vamos.
—¿Qué?
—Eres mi esposa, nos vamos a casa.
Perdió el color de la cara. —¿Soy tu qué?
—Tu padre está de acuerdo.
Dio un paso atrás subiendo un escalón. —Yo no me voy a ningún sitio.
—Está decidido. Por las buenas o por las malas vendrás conmigo.
Sus ojos refulgieron de furia brillando tanto que parecían esmeraldas. —Ni te atrevas a intentar imponerte sobre mí.
—¿Odín me lanzará un rayo?
—¿Crees que solo soy descendiente de Njord? —Bajó un escalón mientras las puertas de la casa se abrían y el viento inundaba el salón. —Creo que no recuerdas quienes eran sus hijos.
Hrafn separó los labios de la impresión. —Frey y Freya. Freya, también llamada Mardöll significa brillo de mar.
—Muy apropiado. ¿Crees que la sangre de la sangre de Freya permitiría que alguien ejerciera algún poder sobre uno de sus descendientes? Yo no. —Separó las manos y estas brillaron. —Puede que no tenga los mismos poderes que ella pues soy mortal, pero lo que sí tengo es…
Una tromba de agua entró por la puerta y se lo llevó por delante golpeándolo contra el muro de piedra.
El agua regresó a la puerta para volver al fiordo sin dejar una sola gota y Brynhild se acercó a su cuerpo tirado en el suelo.
Hrafn gimió tocándose el costado y se giró para fulminarla con la mirada. —Mujer…
—Déjalo estar, guerrero. Olvídate que me has visto siquiera.
—Se volvió, pero él barrió el suelo con la pierna haciéndole la zancadilla y cayó al suelo de morros.
Antes de darse cuenta lo tenía encima. Furiosa intentó volverse para pegarle, pero él apoyó su rodilla sobre su trasero para impedir que se moviera mientras sujetaba sus muñecas con ambas manos. —¡Suéltame!
—Tú has empezado esto. —Se agachó para susurrar a su oído —Freya es la diosa de la fertilidad, la riqueza y el amor. Seremos muy felices juntos.
Se sonrojó. —Quítate de encima. También es la diosa de la muerte, no lo olvides.
—No me matarás. —Besó el lóbulo de su oreja y Brynhild sorprendida por lo que sintió abrió los ojos como platos.
—Ya podrías haberlo hecho, ¿no es cierto?
Con ese agua podrías haberme arrastrado hasta el fiordo y nunca más me encontrarían.
Y no lo has hecho por lo mismo que yo voy a llevarte a casa conmigo, preciosa.
Porque lo que sentiste al verme por primera vez te lo impide.
Por eso te enfadaste al decirte que me iba, porque no querías perderme.
Con la respiración agitada respondió —No…
—Y lo hice porque me sorprendió lo que mi cuerpo sintió por ti, pero al ver tu reacción me di cuenta de que habías sentido lo mismo que yo porque es tan fuerte como el mismo martillo de Thor.
Su corazón se aceleró de manera alarmante y gimió cerrando los ojos con fuerza. —No, yo no sentí nada.
—Niégame cuanto quieras, pero ya eres mía y nada ni nadie sería ya suficiente para ti. —La volvió de golpe y se miraron a los ojos con la respiración agitada. —Siento lo que le ha ocurrido a tu hermano, pero debemos irnos y es lo que vamos a hacer.
—Los demás me necesitan.
—Tú ya has cumplido tu misión, de lo demás que se encarguen otros.
—¡No!
—¡Brynhild tu destino está conmigo! ¡A mi lado! Eres la mujer perfecta para mandar y defender a los míos cuando yo esté fuera. Te prometo que tu poder no disminuirá cuando yo esté a tu lado. Te respeto, respétame tú a mí como tu marido.
Separó los labios de la impresión porque ningún jarl le hablaría así a una mujer.
Le estaba ofreciendo una vida a su lado como su igual.
Cualquier otro al ver cómo era realmente saldría corriendo temiendo en algún momento la furia de los dioses por cualquier discusión, sin embargo, él la quería a su lado.
No se lo podía creer. —Eres mi marido, ¿verdad?
Él sonrió de medio lado provocando que algo en su pecho se calentara de manera alarmante y se emocionó. —Padre nunca se enteró de cómo era madre realmente, se lo ocultó siempre por miedo a su reacción.
—Conmigo no tienes que ocultarte, mujer. —Tiró de ella hasta acercar sus rostros. —Entre nosotros no habrá secretos jamás.
Sus ojos se llenaron de lágrimas. —¿De veras?
Hrafn sonrió. —Eres mi esposa, nadie te dañará por esto, te lo juro.
—No puedo dejarlos. —Dos gruesas lágrimas cayeron por sus mejillas y Hrafn apretó los labios por su dolor. —¿Qué será de ellos, qué será de mi padre?
—La muerte de tu hermano te ha demostrado que no puedes controlarlo todo, preciosa.
Sollozó y Hrafn la pego a él para abrazarla con fuerza.
Por primera vez en su vida Brynhild se sintió completa y fue una sensación tan sorprendente, tan embriagadora que se le cortó el aliento.
Se apartó ligeramente para mirarle a los ojos y se sintió tan unida a él que creyó que su corazón se le saldría del pecho.
Se aferró a él asustada y gritó sentándose de golpe en su cama sudando a mares.
Impresionada miró a su alrededor para ver a sus hermanas dormidas.
Sintiendo que le faltaba el aire apartó la piel y sacó las piernas.
Inga abrió los ojos y se apoyó en su codo para mirarla. —¿Estás enferma? Sudas mucho.
Aún con la respiración agitada negó con la cabeza. —He tenido un sueño.
—¿Un mal sueño? Esos nunca se cumplen. —Se volvió para seguir durmiendo mientras ella respiraba hondo intentando calmar su corazón.
Al tocarse el pecho sintió la concha marina y apretó los labios cogiéndola para mirarla.
Estaba helada y la apretó con fuerza. No, no podía ser, su madre le había dicho que al ser descendente de Freya podían tener premoniciones, pero a ella nunca le había ocurrido.
Miró a sus hermanas y al recordar a su hermano de repente salió corriendo de la habitación.
Abrió la puerta y sus ojos se llenaron de lágrimas al ver al pequeño Bjorn tumbado en su cama.
Se acercó a él emocionada y se agachó a su lado acariciando su manita que estaba sobre la almohada.
Sonrió. Estaba bien y todavía estaba a tiempo de evitar su muerte.
Se puso en pie mirando a los demás y pensó en ese hombre.
Pienso sacar mucho de esto. Esa frase la estremeció y sus ojos se oscurecieron.
No, no la separaría de ellos. No sabía el hechizo que había utilizado para provocar que le entregara su corazón, pero no la separaría de su familia.
Dependían de ella y ningún hombre se interpondría.
Puede que su corazón fuera suyo, pero su familia era lo primero.