Capítulo 4
Al alba el niño empezó a tener fiebre y Arna le dio más cantidad de uno de sus remedios para intentar controlarla, pero a media mañana el niño ya sudaba con fuerza.
Muerta de miedo por él no se separaba de su cama y le pasaba paños fríos por la frente mientras los niños eran atendidos por Inga y las mujeres.
El jarl a la cabecera de su mesa ya arreglada, comía casi en silencio mientras su invitado hablaba con uno de sus hombres sobre las ovejas que se llevaría.
Hrafn miró hacia la escalera y apretó los labios antes de decir —Jarl, ¿tu hija ha decidido no unirse a nosotros hasta que nos vayamos?
—No, su hermano está enfermo. Ayer antes de vuestra llegada, perdió dos dedos de la mano y tiene una calentura muy fuerte.
—Lo siento, jarl.
—Nunca he perdido un hijo —dijo preocupado—. Ni siquiera han estado enfermos antes. Siempre han sido niños sanos como robles y un accidente, un maldito accidente me lo va a quitar.
—Yo perdí a mi gemelo al caerse del caballo cuando tenía siete años, es duro, entiendo tu miedo, pero los dioses serán magnánimos con él, jarl, ya verás. No desesperes.
Esben bebió de su jarra y por como hablaba no era la primera que bebía. Hrafn cogió un pedazo de queso. —Sé que tienes entretenimientos para nosotros durante nuestra estancia, pero dadas las circunstancias no deberíamos alejarnos demasiado por si tu hijo te necesita, jarl.
—Es muy amable por tu parte, Hrafn, pero aunque yo no vaya podéis…
—No es necesario, nos entretendremos aquí mismo, eso no es problema. Durante mi aseo en el fiordo esta mañana, me he fijado en que tu establo necesita unos arreglos. Ese tipo de trabajos son la especialidad de mis hombres, estarán encantados de hacerlo.
—No es necesario —dijo abrumado.
—No es ninguna molestia. Además, así no gandulean por aquí.
—Pero ya han arreglado las mesas y las sillas.
—Lo harán —dijo con firmeza acostumbrado a no dar explicaciones—. Así tendrán alguna tarea mientras mi segundo al mando trae los caballos.
—Bien, como queráis, mis hombres os ayudarán, por supuesto.
En ese momento un ruido en la escalera les hizo mirar hacia allí. La vieja curandera bajaba los escalones y su rostro decía a las claras que algo no iba bien.
El jarl se levantó y la mujer se acercó. —¿Cómo está mi hijo, vieja?
—No muy bien, mi jarl. La calentura ha empeorado muy rápidamente y parece que mis remedios no funcionan. Yo lo seguiré intentando, pero no tengo más hierbas que probar.
Hrafn se levantó. —Si me permites, jarl, puedo enviar a alguien a la aldea de los Ulfsen, su esposa es muy buena sanadora y solo tardarán un día en ir y volver.
—Sí, por favor, yo no les conozco, pero si son amigos tuyos…
—Buenos amigos. —Le hizo un gesto al hombre que estaba de guardia en la entrada y este se acercó de inmediato. —Vete con tres de los nuestros y dales mi recado.
—Sí, mi jarl.
Arna suspiró aliviada. —Gracias jarl, el pobrecito lo necesita.
—No es nada, en lo que pueda ayudar podéis contar conmigo. Iré a hablar con el resto de mis hombres.
Los dos le observaron mientras se alejaba. Arna sonrió. —Es tal y como me lo imaginaba.
—A mí me ha sorprendido mucho.
Escucharon pasos y se volvieron para ver que Brynhild bajaba con el niño en brazos. —Pero hija, ¿qué haces?
Sin hablar salió de la casa y fue hasta el abrevadero.
Varios se volvieron para ver como metía al niño con cuidado dentro del agua y apoyaba su cabeza en el borde antes de pasar su mano mojada por sus mejillas sonrojadas para bajarle la temperatura.
Hrafn al lado de su barco vio como reprimía las lágrimas mientras le susurraba algo a su hermano.
—Encárgate de ello.
—Sí, jarl.
Caminó por el embarcadero y se dirigió a ella que no dejaba de mojarle. —Claro que sí, sabía que esto te sentaría bien —dijo aliviada—. En nada de tiempo estarás de nuevo jugando a deshacerme la trenza, ya verás.
Su sombra hizo que le mirara y sin decir nada le ignoró para seguir atendiendo a su hermano.
—¿Por qué no le has metido en el fiordo? El agua estará más fresca.
—Tampoco quiero abusar. —Le miró de soslayo. —Además, nosotros no nos metemos en el agua.
—Si no sabes nadar alguien podría ayudarte. Además, no hace falta meterse demasiado.
—No nos metemos en el agua del fiordo.
Hrafn entrecerró los ojos. —¿Por qué?
Apretó los labios. —Porque es agua de mar y nos hace daño en la piel, nos salen ronchas. —Metió las manos en el agua para levantar al niño y se lo pegó al pecho sin importarle si se mojaba.
La siguió con la mirada y una niña se acercó con una muñeca en brazos. —Solo le salen a ella, a nosotros no.
Se agachó ante ella. —¿No me digas?
—Sí, me lo dijo Inga. Brynhild nunca se mete en el fiordo. Es como madre y por eso le pasa.
—¿Cómo tu madre?
—Tampoco se metía en el agua. No quería. Lo dijo Inga.
—¿Y dónde está Inga ahora?
La niña se volvió y señaló a una hermosa joven morena que sentada en los escalones de una de las casas, hablaba con otra muchacha sin dejar de mirarle fijamente. Fue hasta ella y le hizo gracia que no le intimidara su presencia, ni siquiera se levantó por respeto a su rango. —¿Eres Inga?
—Me ha señalado mi hermana, así que debo ser yo.
Él miró a la otra chica que ya de pie no sabía qué hacer. Le hizo un gesto con la cabeza para que les dejara solos y se alejó de inmediato. Inga levantó una ceja exactamente como haría su hermana, le cayó en gracia. —¿Cómo está tu hermano?
Inga apretó los labios. —Mi hermano se muere, por mi culpa.
—¿Por qué iba a ser culpa tuya?
—Tenía que vigilarle y… —Agachó la mirada demostrando lo culpable que se sentía.
—No somos dioses, a veces ocurren cosas. Si muere es porque los dioses han decidido que debe ser así. Y si vive… Si vive recuerda agradecérselo porque han sido magnánimos.
—¿Crees que me están dando una lección?
—Puede, solo Odín lo sabe.
Se quedaron en silencio. Inga le miró. —¿Qué buscas, jarl?
—Eres lista, dímelo tú.
Inga se puso en pie. —Tú no has venido a darme consejos y te preocupa muy poco si mi hermano se muere o no, lo que quieres saber es cómo está mi hermana, esa que no puede ni verte.
Él jarl carraspeó. —¿Ni verme?
—La has despreciado ante todos, no te perdonará.
—No la he despreciado.
—Claro que sí, te ibas a ir, me lo han dicho.
—¿Te lo ha dicho tu amiga?
—Sí, yo estaba castigada, pero Yrsa acudió a la cena y vio cómo se puso mi hermana, la ofendiste. Y mi hermana es muy orgullosa.
—¿Lo es?
—Mucho. —De repente Inga sonrió. —Ya entiendo, te has dado cuenta de que como ella no hay otra y ahora intentas que te perdone. Pues aunque lo consiguieras, tienes otras cosas en contra.
—¿Como cuáles?
—Yo y seis más como yo.
—Sus hermanos.
—Es la única madre que recuerdan la mitad de los nuestros, ¿crees que los dejaría por ti? —Soltó una risita. —Además aquí es la jefa, nadie le chista, hace y deshace lo que le da la gana, ¿por qué se iba a atar a un hombre que se la llevaría lejos y al que siempre tendría que hacerle caso?
Él gruñó volviéndose y se alejó hacia el establo para gritarle a sus hombres que eran unos inútiles y que el arreglo ya tendría que estar terminado cuando acababan de empezar.
Inga corrió hacia la casa y pasó ante su padre que hablaba con Arna, pero ella ni les vio siquiera. Subió las escaleras como una exhalación y entró en la habitación que compartía con sus hermanas. Brynhild sentada en la cama al lado de su hermano se sobresaltó. —¿Qué ocurre?
—Está interesado en ti…
La miró sin entender. —¿De quién hablas?
—Del jarl Orvansen, ha venido a hablar conmigo porque en realidad quería que le hablara de ti. Yo al principio no me di cuenta porque preguntó por Bjorn, pero después… —Su hermana había perdido todo el interés en lo que le decía porque estaba de nuevo centrada en su hermano. —¿Quieres escucharme?
—Preguntó por Bjorn.
—Quiere casarse contigo, Brynhild.
Le miró sorprendida. —¿Qué?
—Prácticamente me lo ha dicho.
Separó los labios de la impresión. —No, tienes que estar equivocada, iba a irse.
—Pero se ha quedado. —Soltó una risita. —Y apuesto a que se ha quedado por ti. Además, ha hecho que alguien vaya a buscar a una mujer que sana y los hombres que no han ido a por caballos están arreglando el tejado del establo, como tú querías desde hace un año.
—¿Lo están arreglando? Antes no me di cuenta.
—Pues sí, y no tenía por qué hacerlo.
—Es muy amable, ¿crees que esa mujer podrá ayudar a nuestro hermano?
—Espero que sí. Según me ha dicho Yrsa no viven demasiado lejos, a un día de distancia. —Miró a Bjorn. —Ya no tiene el rostro tan rojo.
—El baño le ha venido bien.
Inga sonrió. —Me alegro. ¿Qué vas a hacer?
Se sonrojó. —¿Hacer? Nada.
—Quiere llevarte con él.
Negó con la cabeza. —Ahora no puedo pensar en eso.
Su hermana asintió. —Tenías razón, es muy apuesto.
Se sonrojó, pero su hermano se quejó en sueños y ya se le olvidó todo excepto él. Inga apretó los labios y salió de la habitación. No, su hermana no se iría a ningún sitio.
En la cena Hrafn estaba tenso y sus hombres que le conocían bien lo sabían de sobra, por lo que estaban en guardia esperando acontecimientos.
El jarl Esben estaba borracho de nuevo al igual que su hermano y aunque decían que estaban preocupados por el niño, por sus risas no es que parecieran muy afectados.
Recordaba el estado en el que se encontraban sus padres cuando murió su gemelo y no tenía punto de comparación, lo que le asqueaba, no podía negarlo.
Si pensara que el niño estaba mejor podría entenderlo, pero las noticias no eran muy halagüeñas, de hecho, eran pésimas.
Arna les había informado poco antes de la cena, que las fiebres habían provocado que el niño respirara cada vez peor.
—¡Brindemos por el jarl Orvansen! —gritó Eigil levantando su jarra de plata—. ¡Y por los hermosos ejemplares que han traído sus hombres!