Capítulo 3
Los niños dormían a los pies de la cama de su padre y ella sentada en el colchón abrazaba a Bjorn que gemía en sueños.
Le tarareó y le besó en la frente aliviada porque no la tenía caliente.
Escuchó un ruido en el pasillo y miró hacia la puerta entornada.
La puerta se abrió lentamente y sus ojos se encontraron con los de Hrafn, robándole el aliento. —Ven, mujer.
Sabía perfectamente lo que le estaba ordenando y se le aceleró la sangre de manera alocada, pero antes de pensarlo dos veces negó con la cabeza.
Hrafn entrecerró los ojos y miró al niño y su mano vendada antes de volverse para ir hacia su habitación.
Le sorprendió que supiera donde estaba porque sin dudar entró en ella y cerró la puerta.
Brynhild apretó los labios. La quería en su cama, después de lo que había hecho la quería en su cama y sin disculparse.
—Hombres… —dijo entre dientes antes de tumbarse en la cama con el niño.
Siguió tarareándole, poco a poco se quedó dormida y soñó con él.
Se despertó sobresaltada sentándose de golpe.
Confundida escuchó los gritos y el sonido de que algo ser rompía contra el techo seguido de más gritos.
Sus hermanos se sentaron en sus jergones mientras Brynhild saltaba de la cama.
—Bardi, que no salgan, cierra con el tablón.
—Asustada fue hasta la puerta y les dijo a los niños —No os mováis de aquí.
Su hermano de trece años se levantó. —Bajaré a ayudar, seguro que Esben ya está allí.
—¡Cierra la puerta y protege a tus hermanos!
—Salió de la habitación corriendo y sintiendo que el corazón se le iba a salir del pecho bajó los escalones para encontrarse una batalla campal en el salón.
Sus ojos fueron a parar a su padre, que sentado en su mesa tranquilamente, observaba la pelea con una sonrisa bobalicona en el rostro.
Atónita volvió la vista para ver como su hermano de diecisiete años se subía a una mesa y se tiraba sobre la espalda del hombre rubio que había vigilado al jarl durante la cena.
Solo tuvo que girarse para que Esben cayera al suelo rodando hasta uno de los suyos y derribándole.
Sintió pasos en las escaleras y se volvió de golpe.
Hrafn con la espada en la mano les observaba y al ver que uno de sus hombres tiraba un guerrero sobre su cabeza sonrió.
—¿Te ríes? ¿Encima te ríes?
—Mis hombres no se hubieran enfrentado a nadie si no se hubieran sentido insultados.
—¡Me están destrozando el salón! —Se volvió furiosa y metió los dedos en la boca para silbar con fuerza, pero no le hicieron ni caso.
Fuera de sí bajó los escalones y cogió una de las jarras golpeando con ella a uno de los hombres de Hrafn en la cara hasta hacerla añicos.
El jarl entrecerró los ojos viendo cómo iba hacia el siguiente y se agarraba a la melena de otro de sus hombres.
Roar se volvió con el puño en alto, pero al ver a su jarl en la escalera negando con la cabeza, este le miró sin entender antes de que Brynhild le pegara una patada en la entrepierna que le dobló.
Hrafn hizo una mueca bajando un escalón y cuando dos pasaron ante él agarrándose de las barbas, cogió ambas cabezas para chocarlas entre sí, haciendo que perdieran el sentido antes de lanzar tal grito de guerra que todos se detuvieron para mirarle.
Uno de sus hombres tenía agarrada a Brynhild por la pechera del vestido y el jarl con los ojos entrecerrados se acercó a él. —¿Qué haces?
—¿Yo?
—Suéltala —siseó.
Su hombre la soltó de inmediato antes de recibir un puñetazo que le lanzó contra la pared. Furioso se volvió hacia sus hombres. —¿Qué hacéis? —gritó.
—Nos han ofendido, jarl.
—¿De veras? ¿Cómo?
—Han dicho que nadie lanzaba el cuchillo mejor que la hija del jarl y cuando dijimos que nosotros sí, se rieron. Es una mujer, mi jarl. ¡Se rieron de nosotros!
Un cuchillo pasó tan cerca de su rostro que le afeitó la patilla y todos se volvieron hacia Brynhild. —Puede que no sepa usar una espada, pero te aseguro que el cuchillo lo uso mejor que tú —dijo con rabia—. ¿Quieres comprobarlo de nuevo?
—¡Basta, hija! ¡Era una pelea inofensiva! ¡Solo se desahogaban, nadie ha muerto!
Asombrada miró a su padre. —¿Nadie ha muerto? ¡No queda viva ni una sola silla del salón! ¡Ni una mesa!
—Mientras quede la mía —dijo su padre divertido antes de beber. De repente la mesa se hundió por el otro extremo haciéndole reír—. Parece que también habrá que arreglarla.
Impotente iba a decir algo, pero Hrafn la cogió del brazo. —Mujer, sube con tus hermanos.
—No, tengo que…
—Está borracho, en este momento todo le da igual y solo tú sufres por su manera de ser.
Se le cortó el aliento mirando sus ojos, era la primera persona que entendía cómo se sentía. —Sube con tus hermanos. Es lo mejor, yo me encargo de esto.
Apretó los labios y volvió la vista hasta los hombres. Su hermano gemía en el suelo y al volverse se echó a reír tocándose el costado, lo que indicaba que estaba tan borracho como su padre. Fuera de sí fue hasta la escalera y se fue dejando a los suyos con la boca abierta.
—¿Seguro que no la quieres para ti, jarl? —dijo su tío deteniéndola en seco.
—No deberías haber dicho eso —dijo Hrafn.
Tensa se volvió mostrando sus ojos que refulgían de furia. —¿Te atreves a burlarte de mí, tío?
Este carraspeó y su padre se levantó de su silla. —Niña, sube antes de que digas algo de lo que te arrepientas.
—¿Te atreves? —gritó fuera de sí—. Desde que murió tu esposa, he procurado que no te falte de nada a ti y a tus hijos, ¿te atreves a burlarte?
Algo incómodo dijo —Es tu obligación.
—¿Mi obligación? Con catorce años tuve que encargarme de mis siete hermanos, ¿no crees que es suficiente? —Bajó un escalón. —Me he encargado de esta casa y de vosotros, ¿merezco tus burlas? ¡Eres un maldito desagradecido!
—¡Hija!
Fulminó a su padre con la mirada. —¡Y tú lo consientes!
—Te trato como la señora de la casa.
—¡No, padre, ese puesto me lo he ganado yo! ¡A ver cómo os arregláis sin mí, ya que tantas ganas tenéis de que me case!
Su padre la miró confundido. —¿Te vas a casar?
—Si algo he demostrado, es que no necesito a ningún hombre para salir adelante. —Se volvió y subió los escalones.
—Se le pasará, siempre se le pasa —dijo su padre.
Hrafn se acercó a él. —Claro que sí.
Esben hizo una mueca. —Aunque jarl, la oferta sigue en pie.
—¿Oferta? —Se acercó a su oído. —Tú no me has hecho ninguna oferta, viejo. Además, no necesito tu permiso para coger lo que ya es mío.
Esben sonrió. —Ya es hora de que se case, la echaré de menos.
—Oh, sí, la vas a echar de menos, de eso estoy seguro. Ya que la has hecho enfadar no le digas nada de momento, yo me encargaré de esto. Ni una palabra a nadie.
—Como quieras. Entiendo que desees conquistar su corazón y no intervendré.
En ese momento escucharon el llanto de un niño y la voz de Brynhild intentando consolarle. Hrafn apretó los labios antes de volverse y ordenarles a sus hombres. —Recoged todo esto. ¡Ahora! —Le hizo un gesto a Ketil y su segundo al mando fue con él hacia la puerta.
—¿Qué ocurre, mi jarl?
—¿Qué ha pasado?
—Ha sido una estupidez, pero esos idiotas están tan borrachos que empezaron las burlas y ya sabes lo mal que llevan tus hombres que se burlen de ellos.
—¿Os provocaron?
—Son unos cobardes, puede que en el pasado fueran buenos guerreros, pero se han acomodado. Nos temen, se ha notado durante toda la cena, si se han atrevido a provocarnos ha sido por el alcohol. Les ordené que no mataran a nadie, siento que hayan dañado a la hija del jarl.
—No la han dañado, es más dura de lo que parece. —Caminó hasta el fiordo y se quedó mirando el agua. —Le hacen daño otras cosas.
—Te ha impresionado.
—No es de trato fácil.
Ketil sonrió. —Su tío es un imbécil.
—Tendrá tiempo a arrepentirse de sus palabras. La echarán de menos, eso seguro.
—¿Has cambiado de opinión? ¿Nos vamos mañana?
—No, no quiero que mi mujer se vaya con mal sabor de boca y enfadada con su familia. Además, no será fácil de convencer para que me acepte, eso seguro. Reuniremos esos caballos, eso nos llevará unos días. Le dará tiempo para calmarse.
—Veo que lo tienes claro, mi jarl.
Mirando las aguas del fiordo asintió. —Supe que era mía desde el mismo momento en que la vi. —Sonrió con ironía. —Ahora deberá ser ella la que acepte mi mano y por lo poco que la conozco no va a ser fácil.
—Pero si casi acaba de decir que se va a ir.
—Eso no significa que se vaya conmigo. Al parecer la he insultado.
—Fue ella la que quiso que te invitaran y por lo que me ha dicho una sirvienta, ha trabajado más que nadie para intentar que nuestra visita fuera agradable.
—Me lo imaginaba, no hay muchas hijas de jarl que trabajen en la cocina a no ser que sea una familia pobre y ellos no son pobres. Además, en la habitación había flores, supe de inmediato que había sido ella.
—Se ha ofendido cuando has dicho que nos iríamos mañana, con todo lo que se había esforzado fue una decepción. Ya tienes la mitad del camino hecho, mi jarl. No te costará conquistarla. —Ketil reprimió la risa. —La regañina que te ha echado.
—Y la puntería que tiene.
Su amigo se echó a reír. —Cierto. Esperemos que no seas tú el objeto de su puntería, mi jarl.
—Intentaré evitarlo.
Brynhild sentada en su cama con Bjorn en brazos, apretó los labios pensando qué hacer.
La habían ofrecido como si fuera ganado, pensó sintiendo un nudo en la garganta.
Se sentía tan traicionada cuando siempre lo había dado todo por ellos…
Volvió la cabeza para mirar los rostros dormidos de sus hermanas iluminados por la luz de la vela.
Si ella se iba, ¿quién les cuidaría? Bajó la vista hasta su pequeño que se quejó en sueños, lo que le había dado Arna empezaba a perder el efecto.
Acarició su mejilla. Su pequeño, lo había cuidado desde la muerte de su madre siendo él un bebé.
—¿Qué ocurre?