Niégame cuanto quieras Capítulo 2
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Capítulo 2

Estaba revisando la habitación que usaría el jarl Orvansen, la habitación de sus hermanos varones, que durante la estancia del jarl dormirían en la habitación de su padre.

Habían puesto una gran cama y habían retirado las de los niños.

Su padre quería que estuviera cómodo porque se quedaría unos días.

Se acercó a su cama y colocó bien la manta hecha con pieles de lobo.

Sobre la pequeña mesa que había al lado de la cama, había una jarra con flores que ella misma había recogido.

Esperaba que le agradaran. Sus ojos fueron a parar al suelo y se agachó para coger un pétalo.

Ella había fregado la madera y la había pulido con energía con cera de abeja para que brillara.

Salió de la habitación cerrando la puerta y al ver a su hermana de ocho años frunció el ceño. —Astrid, ¿dónde está Inga?

Se encogió de hombros como si le diera igual y fue hacia las escaleras para bajar con su muñeca de paja en la mano.

Brynhild bajó tras su hermana y al ver a Inga sonriendo a uno de los guerreros entrecerró los ojos acercándose.

Inga la vio llegar y perdió la sonrisa de golpe, le dijo algo al joven Olef y este salió casi corriendo.

—Muy valiente —dijo enfadada—. ¿Qué te dije que hicieras, hermana?

—Vigilar a los niños.

—¿Y dónde están? —le gritó sobresaltándola.

—No sé.

La agarró por la muñeca y tiró de ella fuera de la casa.

—Ve a buscarles y… —Escuchó un llanto y volvió la cabeza como un resorte para ver que el pequeño Bjorn tenía sangre en la mano.

Palideció de golpe y corrió hacia él arrodillándose ante su mano.

Cuando consiguió verla se dio cuenta de que le faltaban dos dedos.

Impresionada miró tras él donde un niño tenía un cuchillo lleno de sangre en la mano.

—Cogió el pez cuando lo estaba destripando —dijo llorando—. Yo no quería.

Cogió a su hermano de cinco años en brazos y corrió con él a casa de la curandera. —Ya, mi cielo, no llores —dijo angustiada—. ¡Arna! —Empujó la puerta y le sentó en la mesa apartando unos platos. Le cogió la manita y reprimió la rabia al ver que eran los dos últimos dedos.

La vieja llegó a su casa en ese momento. —Me acaban de avisar. —Al ver la mano apretó los labios. —Véndasela con fuerza mientras lo preparo todo, hay que quemar.

—Dale algo para que no le duela —dijo angustiada cogiendo el pedazo de tela que le tendía.

Escuchó el sonido del cuerno, pero no hizo caso porque su Bjorn lloraba. Le apretó la herida y el niño chilló —Lo sé, cielo, sé que te duele.

Su hermana estaba en la puerta llorando también. Al escucharla la miró furiosa. —Ve a buscar a los demás. ¡Ahora!

—Ha sido un accidente —dijo la vieja.

—Últimamente le interesa más encandilar a los hombres que sus tareas. ¡Tenía que vigilarles! No hay excusa y no me pidas que la perdone tan fácilmente. —Angustiada miró la mano de su hermano. —Es la mano de la espada.

La vieja se acercó con un vaso. —Aún es joven aprenderá a usar la otra. Sabrá arreglárselas, no te preocupes.

Brynhild lo cogió y lo acercó a los labios del niño. —Bebe.

—No. —Apartó la boca. —No quiero.

—Así no te dolerá tanto. Por favor, hazlo por mí.

El niño sorbió por la nariz y se acercó al vaso. —Buen chico… Todo, bébetelo todo. —Cuando Bjorn terminó hasta la última gota, dejó el vaso a un lado.

—Duele.

—Dale un poco de tiempo, cielo —dijo sin dejar de apretar su mano. Vio como la curandera ponía el cuchillo al fuego. Gimió por dentro porque a su niño le iba a doler muchísimo.

En ese momento llegó el jarl y entró en la casa de la curandera.

—Padre tienes invitados, ya me encargo yo.

—Aún tardarán en llegar. ¿Qué ha pasado?

Apartó el paño para que lo viera y el jarl apretó los labios antes de sonreír a su hijo. —Ahora serás valiente, ¿verdad hijo?

—Sí, padre —dijo sin dejar de llorar.

—Vieja, dame el cuchillo, ya está candente.

—Padre, ¿lo vas a hacer tú?

—Es mi hijo. —Alargó la mano y Arna le tendió el cuchillo por el mango.

Ella cogió el rostro de su pequeño e hizo que la mirara a los ojos.

Bjorn asustado intentó apartarse empujándola con la otra mano en el pecho y clavándole el colgante en forma de concha marina que nunca se quitaba porque había sido de su madre, pero ella ni se dio cuenta del daño que le hacía porque sufría más por él.

—Eres muy valiente. Eres el niño más valiente que conozco.

—¿Tanto como tú?

—Mucho más que yo, cielo.

El grito de su niño se escuchó en toda la aldea y Brynhild le abrazó susurrándole al oído que ya había pasado todo.

—Muy bien jarl, apenas has tocado el resto de la piel.

Esben abrazó a su hijo elevándole y caminó hasta un banco donde se sentó con el niño encima.

Emocionada les observó mientras su padre le susurraba a su hijo que lo había hecho muy bien. Bjorn lloriqueó sobre su hombro rompiéndoles el corazón y al cabo de unos minutos ya solo gemía. Sus ojitos se fueron cerrando poco a poco.

—Ya hace efecto, dormirá hasta mañana.

El jarl asintió levantándose y se lo entregó a su hija mayor. —Prepárate para la llegada de Orvansen.

—Pero padre, no puedo dejar a Bjorn solo.

—La vieja se encargará, como mujer de la casa debes estar a mi lado. —Su padre fue hasta la puerta.

—¡No!

Esben se detuvo en seco y la miró. —¿Cómo has dicho?

—Mi hermano es lo primero.

—Tú me convenciste para que le invitara, estarás a mi lado.

—Esto es más importante.

—¿Más importante que ofender al jarl?

—Niña, yo puedo encargarme de tu hermano.

—Pero es mi responsabilidad.

El jarl entrecerró los ojos. —La responsabilidad era de tu hermana, ¿o no le habías pedido que les vigilara?

—Sí, se lo había pedido.

—¡Estas son las consecuencias de su estupidez! ¡Pero ya hablaré con ella más tarde! —dijo furioso—. ¡Ahora ve a cambiarte!

Apretó los labios mientras salía de la casa.

—El jarl tiene razón, niña. Tienes más obligaciones y es una visita importante.

—Pero Bjorn me necesita.

La vieja cogió la mano del niño y con cuidado le echó un ungüento. —Haremos una cosa, lo llevamos a la casa grande y podrás ir a verle a lo largo de la noche.

—¿Prometes avisarme si se despierta?

—Créeme, no se despertará hasta mañana.

Su hermana no dejaba de llorar sentada en la cama que compartía con ella. —Deja de llorar —siseó exasperada—. Despertarás a Bjorn. Está en la habitación de al lado y necesita descansar.

—Lo siento.

—Eso ya lo has dicho, pero esas palabras ya no sirven de nada, nuestro hermano ha perdido dos dedos por tu estupidez. —Se puso su mejor vestido y se sacó la trenza del cuello. La deshizo a toda prisa y su hermana frunció el ceño pues su larga melena negra cayó en ondas hasta sus muslos.

—¿Qué haces? Nunca te lo sueltas.

—Claro que sí.

—No.

—Que sí.

—Bueno, pues sí. ¿Crees que padre será muy duro conmigo?

—No tan duro como lo sería yo, eso seguro. —Se puso en la frente la diadema de oro que su padre le había regalado cuando murió su madre y en el brazo su brazalete de oro.

—Estás preciosa. ¿Puedo ir contigo?

—Estás castigada, para ti no habrá fiestas en una buena temporada. —Abrió la puerta y en ese momento llegaron sus hermanas. —Acostaros, no os quiero por el salón, ¿me habéis entendido?

—Sí, Brynhild —dijeron las dos entrando en la habitación.

Inga iba a decir algo, pero ella la miró fijamente. —¿Ibas a añadir algo?

Se sonrojó. —No, claro que no.

—Como suba a ver a Bjorn y le estéis molestando, me vais a oír.

—Habrá mucho más ruido ahí abajo. —Escucharon gritar a varias personas fuera de la casa. —¿Ves?

Gruñó saliendo de la habitación. A toda prisa bajó las escaleras y revisó la mesa que ya tenía las hogazas de pan con varias jarras de hidromiel. —Thora, ¿todo listo?

—Sí, Brynhild —dijo algo nerviosa.

—Que alguien le suba algo de cenar a Arna, que está con el niño.

—Sí, sí…

Frunció el ceño. —¿Ocurre algo?

—No —dijo apartando la mirada.

Dio un paso hacia ella. —Puedes contármelo, ¿ocurre algo con tus hijos?

—No, de momento están muy bien. —Miró de soslayo a las demás mujeres que estaban más calladas de lo normal. —Es que…

—Dime… Vamos, date prisa, tengo que atender a los invitados.

La mujer gimió. —¿Por qué no te quedas en la habitación?

—¿Cómo dices?

—Es que a veces te enfadas y seguro que estos hombres no tienen buenos modales. Y tú no soportas los malos modales. ¡Si dices algo, entraremos en guerra y quiero demasiado a mis hijos!

Parpadeó de la sorpresa. —¿Insinúas que no puedo controlarme?

—A veces tienes unos prontos… —Se puso como un tomate. —El otro día tiraste de la oreja de Aslak hasta sacarlo de la casa y pesa más de cien kilos. Cómo lloraba, el pobrecito.

Jadeó. —¡Le tocó el trasero a Elsa!

—¿Y crees que los invitados no van a tocar traseros?

La algarabía se acercaba a la casa, lo que indicaba que los invitados estaban a punto de llegar. —Por favor, si te quedas no digas nada —dijo Thora.

Aún impresionada asintió. —Tranquilas, no pasará nada.

—Estamos muertos —dijo alguien por lo bajo.

Se abrió la puerta de la casa y Brynhild se volvió.

Todo lo que se había imaginado no la había preparado para el hombre que acompañaba a su padre.

Le sacaba la cabeza a su jarl y su padre ya era muy alto.

Su cabello castaño le llegaba hasta los hombros y su barba apenas debía tener unos días, algo inaudito entre los hombres que conocía, que se la dejaban crecer casi hasta el pecho.

Sobre su pectoral izquierdo tenía tatuado el martillo de Thor y de su mango salían unas ramas que recorrían todo su brazo.

Jamás había visto un tatuaje tan elaborado, era hermoso.

Pero era hermoso todo él y sin aliento elevó la vista hasta sus ojos, tan azules como el cielo y la estaban mirando directamente, lo que provocó que su corazón casi se le saliera del pecho.

—Permite que te presente a mi hija mayor —dijo el jarl acercándose con su invitado—. Hija, él es el jarl Orvansen. Jarl, mi querida hija Brynhild.