Capítulo 28
Avanzamos por la cubierta, ciñéndonos a la senda de seguridad pintada en amarillo fluorescente.
Habían tendido rollos de alambre de cuchillas sobre las barandillas a lo largo de todo el perímetro del barco.
Una medida antiabordaje barata y eficaz, habitual en esas aguas.
Detrás de nosotros, los tripulantes se afanaban en reponer el tramo de alambre por donde habíamos subido a bordo.
Cada seis metros había mangueras contraincendios de alta presión instaladas, con las boquillas amarradas hacia fuera para proyectar una pared de agua si los piratas venían de compras.
Me fijé en un LRAD, un dispositivo acústico de largo alcance, colocado sobre un palé.
El dispositivo podía emitir una onda sonora extremadamente focalizada para desorientar a cualquiera que intentara abordar el carguero.
Los modelos más nuevos parecían conjuntos de altavoces.
Aquel era el modelo antiguo, de placa plana. Feo, pero funcional.
—¿Espera visita? —preguntó Dixon.
Raji siguió nuestra mirada. —Las bandas de piratas han invadido la ensenada esta temporada.
Hace apenas dos días atacaron a una familia británica en un yate de recreo a más de ciento sesenta kilómetros de la costa.
Me han dicho que mataron al padre y a los dos hijos, y secuestraron a la madre y a la hija pequeña.
Después, ayer atacaron a un mercante frente a Camerún.
Cuando la amenaza es tan real, creo que un barco que parece preparado tiene menos probabilidades de que lo pongan a prueba.
Al parecer, nuestra información sobre los piratas había sido acertada, pensé.
—¿Qué transporta? —pregunté, sobre todo para oír qué información ofrecía por voluntad propia.
—Cemento ensacado y barras de acero corrugado procedentes de Abiyán —dijo—.
Íbamos de camino a Lagos cuando perdimos el contacto con el puerto.
La mayor parte de nuestro equipo de radio simplemente se apagó.
El señor Cattano nos pidió que nos desviáramos para reunirnos con ustedes en estas coordenadas.
Se las ingenió para contactar con nosotros mediante un viejo sistema de comunicaciones por ráfagas de Inmarsat.
El vaivén de la marejada disminuyó a medida que nos acercábamos a la superestructura, donde subimos una corta escala hasta la caseta principal.
Dentro, unas crudas luces cenitales revelaban paredes y suelos pintados de gris claro, con tarjetas plastificadas de reunión de emergencia pegadas al mamparo.
Raji nos condujo por un pasillo hasta una puerta marcada con una cruz roja y la palabra «Enfermería» estarcida encima en letras negras. Un joven con mono azul esperaba dentro.
Calloway se sentó en la camilla de reconocimiento.
—Vamos a revisar ese vendaje —dijo el sanitario.
Era filipino, a juzgar por el parche con su nombre.
Se puso unos guantes y retiró el vendaje.
Me alegró ver que mi apósito de campaña había aguantado bien.
No era bonito, y un par de puntos de mariposa se habían despegado, pero la piel de alrededor se veía limpia y seca.
No había supuración, mal olor ni signos evidentes de infección.
El sanitario cerró la herida con unos cuantos Steri-Strips más, limpió la zona y fijó con esparadrapo un vendaje limpio.
Cuando terminó, Raji le dio las gracias al hombre y nos condujo por un estrecho corredor hasta un pequeño comedor. En un rincón había una cafetera industrial que llenaba la sala de un olor lo bastante fuerte como para arrancar la pintura del acero.
—¿Café? —preguntó Raji.
Calloway y Dixon aceptaron de inmediato. Como yo no bebía café, pedí un té.
—Ah, un hombre de los míos —dijo Raji—. El té es mucho más civilizado, ¿no le parece? —Puso una bolsita de té en una taza de agua caliente para que reposara y dejó la taza delante de mí, sobre la mesa.
El barco vibró bajo nuestros pies cuando los maquinistas pusieron en marcha los motores. Todos nos sentamos alrededor de una mesa.
—¿Cuánto tiempo hace que conoce a Chris? —pregunté, dejando que el calor de la taza me deshelara los dedos.
La boca de Raji se torció en un amago de sonrisa. —El señor Cattano es un gran amigo. Es un hombre bondadoso y ha hecho muchos favores, no solo a mí, sino también a agentes portuarios de toda la costa de África Occidental. Es un hombre digno de respeto.
—Casi lo dice con cara seria —dije—. Ahora intentémoslo de nuevo, sin esa gilipollez del «señor Cattano».
Su sonrisa se ensanchó. —Vale. Vale. Me has pillado.
Chris y yo éramos hermanos de fraternidad en West Virginia.
Los dos estudiamos logística de la cadena de suministro, con una especialización secundaria en beber cerveza y perseguir chicas.
No necesariamente en ese orden —dijo, y su voz perdió la cadencia camerunesa y deferente que había usado antes—.
Después de dejar Morgantown, volví a casa para hacerme cargo de los negocios de mi familia.
Chris y yo habíamos pasado muchas noches de borrachera soñando con montar nuestra propia empresa internacional de logística y transporte marítimo. Una década después, aquí estamos.
—¿Cuánto te contó sobre esta pequeña aventura? —pregunté.
—Lo único que tuvo que decirme fue: «Oma, mis amigos están en apuros».
No necesitaba saber nada más. Ahora que estáis aquí, decidme cómo puedo ayudar.
Chris eligió este barco porque el capitán y la tripulación son de confianza.
Eligió este punto para el encuentro porque sabía que estaba fuera de las zonas de patrulla habituales.
Al capitán le dijeron que navegara sin luces.
—¿Tienes el AIS apagado? —pregunté.
—De momento —dijo Raji—. Hasta que me digáis que vuelva a encenderlo, y entonces reapareceremos donde se supone que debemos estar.
—¿Y eso dónde es? —preguntó Dixon.
—Fondeados frente a Cotonú, según la documentación que presentamos.
Hasta entonces, navegaremos rumbo sur hasta cruzar la línea de las doce millas y salir de las aguas territoriales de Nigeria.
Después seguiremos hasta las veinte millas náuticas para estar seguros.
A esa distancia, esperamos quedar fuera del alcance de las interferencias.
Podréis contactar con quien necesitéis, que sospecho será uno de los buques de la Armada estadounidense que operan en el golfo.
Pero, claro, eso no es asunto mío. ¿Qué sé yo? Solo estoy ayudando a un viejo amigo.
—Las patrullas antipiratería son numerosas por aquí —dijo Dixon—. ¿Apuestas a que la Armada nigeriana no se interesará por un barco que navega sin AIS?
—Apuesto a que conozco sus hábitos de patrulla —dijo Raji—.
Estaremos fuera de sus aguas. Se centran en localizar e interceptar las pequeñas lanchas de ataque que usan los piratas para acechar y aproximarse a los cargueros.
Si nos llaman por radio, somos la Erelu Oyo , transportamos cemento, tenemos una unidad AIS averiada y llevamos retraso por problemas de motor.
—Ya lo has hecho antes —dije.
Raji se encogió de hombros. —Transportar personas forma parte del comercio marítimo desde que flotaron los primeros barcos. A veces, esas personas son refugiados. A veces son pasajeros de pago. A veces son problemas. Chris no necesitaba decirme de qué clase sois vosotros —dijo con una sonrisa.
La sirena del barco emitió una nota larga, imposiblemente grave, que hizo vibrar mi taza de té en el platillo.
La cubierta se movió bajo nuestros pies cuando el timonel aumentó la potencia y el enorme barco empezó a hendir las olas.
En algún lugar de allá fuera, el primo de Ozigbo habría sentido nuestro movimiento en los huesos y habría sabido que su trabajo estaba hecho.
Raji se puso en pie. —Basta ya de hablar de piratas y contrabando. Seguro que estáis todos agotados. Dejadme que os enseñe vuestros camarotes —dijo, señalando con la cabeza hacia el corredor.
Nos asignó tres camarotes de una sola litera en la banda de estribor del barco.
Sin lujos. Una manta fina, un colchón algo más grueso y un pequeño lavabo.
Dixon cogió el primero. Instalé a Calloway en el del medio y comprobé dos veces la cerradura.
Yo ocupé el tercero y me senté en la litera con la espalda contra el mamparo, los codos apoyados en las rodillas y los ojos cerrados.
El zumbido de los motores del barco, que hacía vibrar el mamparo, resultaba extrañamente reconfortante. Aun así, sabía que no iba a dormir.
El caso era que, por una casualidad y con la ayuda del clan Ozigbo, nuestra situación había mejorado de forma considerable.
Estábamos vivos y rumbo a un encuentro con la Armada.
Pronto, Calloway estaría a salvo, de camino de vuelta a Langley.
Aunque la misión distaba mucho de haber sido un éxito, podía dar por completada esa parte.
Por eso empecé a planificar la parte de la misión que aún quedaba por delante.