Niégalo Todo (Grant Hunter 2) Capítulo 27
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Capítulo 27

La laguna se encogió a nuestras espaldas hasta quedar reducida a una mancha oscura sobre un horizonte aún más oscuro.

Una vez en mar abierto y lejos de ojos indiscretos, salimos de nuestro capullo de lonas raídas y pescado muerto.

Obasi abrió el acelerador y el motor fueraborda del esquife se asentó en un zumbido constante que devoraba kilómetros.

Navegamos dos horas hacia el sur y el oeste, adentrándonos en el golfo de Guinea, entre un oleaje que golpeaba la proa y salpicaba nuestras caras de salitre.

Solo una vez tuvo Obasi que corregir el rumbo.

Cortó el acelerador y viró diez grados. Cuando miré, señaló a estribor con la barbilla.

Una forma se recortaba a lo lejos. Era más grande que un arrastrero de pesca, con una silueta limpia y un francobordo alto.

Distinguí una cubierta de vuelo a proa y dos grúas gemelas a popa.

—Greenpeace —dijo por fin, observándome para ver si el nombre significaba algo—. Barco de hombre blanco, se llama Esperanza . Ellos persigue barcos pesqueros chinos y redes malas de enmalle. Eso trae mala wahala . —Chasqueó la lengua—. Wahala trae piratas. Piratas trae patrullas.

Lo entendí. La wahala significaba problemas.

Obasi era un hombre de negocios, no un político.

No le importaba quién tenía razón moral ni quién estaba equivocado.

Le importaba todo lo que atrajera una atención indeseada hacia el golfo.

La wahala atraía a los medios internacionales, a la Armada nigeriana, a la guardia de fronteras y a media docena de agencias más, todas con armas y placas.

Todas buscando un motivo para abordar una embarcación pequeña que se alejaba de Lagos en plena noche.

Era muy malo para el negocio del contrabando.

Corregir el rumbo nos costó un tiempo que no teníamos.

Nuestra proa se metió contra la marejada y la travesía empeoró.

A babor, distinguí un grupo de luces que avanzaban en una línea irregular.

Arrastreros trabajando cerca unos de otros.

No solo porque los peces estuvieran allí, sino para protegerse de los piratas.

Eran vulnerables cuando tenían las redes echadas.

Obasi sorteó con destreza el espacio entre la Esperanza y los arrastreros, luego soltó una breve bocanada de aire y nos devolvió a nuestro rumbo original.

Calloway estaba desplomado en el banco de proa, con una mano sujetándose las costillas, donde el constante zarandeo de las olas estaba poniendo a prueba mi apósito de campaña.

Dixon estaba sentado a popa de mí, vigilando nuestra estela por si aparecían problemas.

Tampoco él decía gran cosa. A los tres se nos habían acabado las palabras allá en los manglares.

Sentimos la presencia del carguero antes de verlo.

Al principio no era más que una mancha oscura, baja en el horizonte.

Pronto se fue perfilando hasta convertirse en un enorme casco de acero con la longitud de una manzana, que subía y bajaba con la marejada.

La luz se derramaba por las portillas de la superestructura de popa, una constelación de luz amarilla de sodio, con algunas luces de navegación rojas y verdes mezcladas entre ellas.

Obasi cogió una linterna y la encendió y apagó varias veces, dando la señal al barco.

Al hacerlo, iluminó el nombre, que destacaba en letras blancas de molde a ambos lados de la proa.

Erelu Oyo.

Una bandera liberiana ondeaba en un asta de popa mientras dos grúas de cubierta se alzaban a media nave como mantis religiosas dormidas.

El óxido chorreaba hasta la línea de flotación desde los imbornales de cubierta.

Era una nave práctica, construida para transportar carga a granel, robusta y sin pretensiones. Me cayó bien nada más verla.

Una guía cayó serpenteando desde la borda del carguero, golpeó el agua a poco más de un metro de nuestra proa y luego se deslizó hacia nosotros con la corriente.

Obasi la alcanzó con un bichero largo, la enganchó y la fue recogiendo mano sobre mano.

Aguantó la tensión mientras subíamos juntos con una ola, nuestro casco de madera golpeando una vez contra la mole de acero del carguero.

Sobre nosotros, tripulantes con cascos manejaban un torno de tambor, sus gritos perdidos entre el ruido de las olas.

—Mantenla firme —le dije a Obasi. Asintió mientras maniobraba la caña del timón, manteniéndonos en posición con movimientos pequeños y precisos.

Una escala real se desplegó desde el costado del carguero, con peldaños y pasamanos de aluminio y una amplia plataforma a nivel del agua.

Dos tripulantes sujetaban la escala con cabos guía para evitar que se abriera en tijera con la marejada.

La plataforma inferior rozó la cresta de una ola, se elevó y luego volvió a golpear hacia abajo.

Aquel iba a ser un trasbordo complicado.

Un solo movimiento mal calculado y podías perder el equilibrio, las espinillas o ambas cosas.

—Voy primero —dije—. Director, usted después, y Bill cerrará la marcha.

Dixon asintió, colgándose la mochila al hombro. Conocía el procedimiento.

Agarré el pasamanos cuando la plataforma subió a mi encuentro, planté un pie y trasladé el peso en un solo movimiento.

La ola cayó entonces y, por un segundo, quedé colgado sobre el agua negra, con los nudillos blancos mientras me aferraba al pasamanos resbaladizo.

Cuando la masa del barco me elevó con la siguiente ola, subí.

Arriba, un marinero de cubierta me tendió la mano para ayudarme a pasar la borda.

—Solicito permiso para subir a bordo —dije cuando mis pies tocaron la cubierta.

—Permiso concedido —respondió el hombre.

—Gracias. Necesitaremos ayuda con uno de mis amigos —dije, señalando a Calloway—. Está herido y puede que le cueste subir por la escala.

—Sin problema. Nos dijeron que contáramos con esa posibilidad —dijo.

Ante eso, otros dos hombres sacaron una silla de contramaestre por la borda y la arriaron.

Dixon ayudó a Calloway, que forcejeaba por acomodarse en aquel artilugio con asiento de cinchas.

La mandíbula de Calloway se tensó cuando la silla osciló sobre el agua y golpeó una vez contra la escala.

Cuando estaba casi arriba, me incliné sobre la borda y lo agarré del antebrazo.

La tripulación de cubierta tiró con firmeza hasta tenerlo a bordo.

Con Calloway ya a salvo, Dixon trepó por la escala tras nosotros.

Los tres nos encontramos en una cubierta que olía a diésel, cabos viejos y hierro oxidado. La tripulación retrocedió para dejarnos espacio, con rostros curiosos y educados. Un hombre de piel oscura, bien afeitado y de unos treinta y cinco años se mantenía aparte, junto a la borda.

Dio un paso al frente y extendió la mano. —Bienvenidos a bordo de la Erelu Oyo —dijo—. Soy Omatunde Raji. Socio del señor Cattano en África Occidental.

—Un placer conocerlo, señor Raji. Soy Grant —dije mientras señalaba a los otros—. Ellos son Bill y Evan.

Raji nos estrechó la mano a todos. Se fijó en cómo Calloway se sujetaba el costado y en la sangre seca de su camisa, pero no hizo las preguntas que sabía que no le responderíamos.

En su lugar, dijo: —Tengo un médico a bordo para atender a Evan y camarotes tranquilos donde todos ustedes pueden descansar.

Mirando más allá de mí, hacia la oscuridad, preguntó: —¿Su barquero? ¿Va a volver a la costa?

Obasi había soltado amarras en cuanto llegamos a la cubierta del carguero. Levantó dos dedos en un saludo de despedida mientras hacía virar el esquife y se deslizaba de vuelta hacia la noche, por donde habíamos venido.

—Parece que se gana la vida desapareciendo —dije.

—Una habilidad valiosa —dijo Raji con sequedad—. Ahora, por favor, deben de estar cansados tras un viaje tan largo. Déjenme mostrarles el interior.