Capítulo 20
Había perdido la cuenta de cuánto tiempo llevábamos corriendo o de cuántas esquinas habíamos doblado, pero seguimos adelante por una sucesión de callejones traseros, cada uno más caluroso, más estrecho y más mugriento que el anterior.
No tenía más plan que conseguir que sobreviviéramos los siguientes diez minutos y luego, con suerte, los diez siguientes.
A lo lejos, aullaban las sirenas. Sonaban a unos ochocientos metros detrás de nosotros, quizá.
Era difícil saberlo con el ruido rebotando en los edificios.
Policía y ambulancias, seguro. Lo más probable era que también hubiera un equipo de sicarios de camino, buscando rematarnos.
La única buena noticia era que ya no oía el wump, wump, wump del Hind.
Puede que Longo y McEntee le hubieran hecho más daño del que yo pensaba y lo hubieran dejado fuera de combate.
Lo apunté como una pequeña victoria y seguí adelante, moviéndome de sombra en sombra, con el director a mi lado y la cabeza girando sin parar.
Cuando creí que nos habíamos alejado lo suficiente del lugar del ataque, me detuve para hacer un rápido balance de la situación y comprobar cómo estaba Calloway.
Se apoyaba con fuerza en mi hombro, con la respiración ronca, y la sangre rezumaba por la costura lateral de la chaqueta de lino, oscureciéndola hasta un gris carbón intenso.
Le subí la manga y le tomé el pulso. Rápido, pero constante.
Al levantarle la camisa, vi una herida fea y sangrante.
—Apuesto a que eso duele —mascullé—. Pero mire el lado bueno: el dolor significa que sigue en la pelea. Mucho mejor que la alternativa.
Logró soltar una risa entrecortada.
—¿Qué pasa? ¿Ahora me vas a citar pegatinas motivacionales de parachoques?
—Me pareció mejor que decirle: «Tenemos que seguir moviéndonos para que los malos no nos alcancen y nos peguen un tiro en la cabeza».
—Buen punto. Sí, intentemos evitar eso.
—Hecho. Ahora, a ver si consigo vendarle —dije mientras arrancaba el forro de mi chaqueta y lo rasgaba en tiras.
Con las primeras hice unas bolas y las metí en la herida abierta del costado.
Usé el resto como vendas improvisadas y las até con fuerza, fijando las primeras en su sitio.
Un vendaje compresivo improvisado. Chapucero, pero aguantaba.
Cuando terminé, tenía las manos pegajosas de su sangre y me escocían los ojos por el sudor que me caía por la cara.
Hacía fácilmente más de treinta y ocho grados, incluso a la sombra del callejón.
Después de hacer todo lo posible por Calloway, me limpié el sudor de la cara y pasé a comprobar el armamento.
Cada uno llevaba una Glock 19 totalmente cargada, y entre los dos teníamos tres cargadores de repuesto.
No era gran cosa, pero bastaba para darnos una oportunidad de sobrevivir, siempre que el helicóptero no volviera a aparecer.
Mi auricular estaba muerto. O las comunicaciones seguían bloqueadas, o mi radio se había dañado en el ataque.
Sospechaba lo primero, cosa que confirmé echando un vistazo a mi móvil.
Sin cobertura. Alguien se estaba tomando muchas molestias para aislarnos.
Debían de haber cortado las comunicaciones en toda la zona oeste de Lagos.
Apagué el móvil, porque no quería que lo rastrearan cuando volviera la señal.
De momento, la caballería no venía. Íbamos a tener que salir de aquel lío a la manera tradicional.
«Improvisar, adaptarse y superar»... como dirían mis compañeros marines.
Sin más opción que seguir adelante, avanzamos arrastrando los pies un par de cientos de metros más por el callejón.
Pasamos junto a una pared en la que hacía años habían pintado un mural de un futbolista en pleno chute.
Los colores, antes vivos, se habían desvaído tras años expuestos al calor y la lluvia.
Vi a una mujer de mediana edad que nos observaba desde una puerta abierta, con un bebé en la cadera y un niño pequeño asomándose tímidamente desde detrás de su pierna.
Debíamos de ser todo un espectáculo. Dos hombres blancos, ensangrentados y sin aliento, moviéndonos a hurtadillas con las armas desenfundadas por un barrio al que desde luego no pertenecíamos.
Al cabo de un momento, ella decidió sabiamente no meterse.
Hizo entrar al pequeño en casa y cerró la puerta sin decir nada.
Más adelante, el callejón hacía un giro ciego a la izquierda.
Una valla publicitaria de la cerveza Life, curvada por el calor abrasador, me rozó la manga cuando pasamos tambaleándonos junto a ella.
Irónico , pensé. Con suerte, viviría lo bastante para probar una botella de aquella cerveza nigeriana si alguna vez salíamos de aquel lío.
Mantuve la pistola preparada y aminoré el paso mientras nos acercábamos con cuidado al recodo y doblábamos la esquina.
No vi al primer hombre hasta que se separó de la pared a tres metros de nosotros.
Era joven, vestía ropa rasgada y sucia, y llevaba sandalias abiertas.
A diferencia de la mujer, que nos había echado un vistazo y luego se había apartado, aquel tipo se esforzaba demasiado en ignorarnos.
Fingía no sentir el menor interés por nuestra extraña llegada ni por nuestro aspecto desaliñado.
Pero fue su mano derecha la que había captado y ahora retenía toda mi atención.
La mantenía oculta detrás del muslo, de esa forma ensayada que adoptan los hombres cuando la mano esconde problemas.
Podía no ser más que un civil inocente que intentaba vivir su vida y soportar el calor del día.
O podía ser un ladrón común que aprovechaba una mala situación y planeaba robarnos cuando pasáramos.
Simple mala suerte por encontrarnos en el lugar equivocado y en el momento equivocado.
Pero yo sabía que aquello era otra cosa.
No creía en las coincidencias, sobre todo cuando se presentaban en forma de un hombre armado que actuaba tan cerca del lugar donde nos habían atacado.
Fuera como fuese, no estaba de humor para sutilezas.
Cuando estuvimos a menos de un metro de él, levanté el arma y le apunté directamente al pecho.
—Enséñame las manos —exigí.
Me miró sorprendido por mi repentino movimiento y consciente de que había calculado mal la distancia entre nosotros. Yo estaba justo fuera de su alcance. Pero aun así hizo su movimiento. El cuchillo que había estado ocultando brilló junto a su cadera y salió disparado hacia arriba.
Disparé una vez. El estruendo retumbó por el callejón cuando la bala impactó en el centro de su pecho.
Retrocedió un paso tambaleándose, soltó el cuchillo y se desplomó con fuerza, con la espalda contra la pared.
Tenía los ojos muy abiertos y fijos mientras miraba la sangre que le salía a borbotones del cuerpo y se le acumulaba en el regazo.
—Hunter —dijo Calloway, mirando más allá de mí con una advertencia silenciosa.
Atraídos por el disparo, otros tres hombres aparecieron por la esquina lejana del callejón.
No llevaban uniforme y estaban tan andrajosos como el tipo que ahora se desangraba a mis pies.
Por desgracia para nosotros, aquellos tres llevaban algo más que un cuchillo.
El primero llevaba un AK-47 oxidado colgado del hombro con una correa deshilachada, mientras el segundo empuñaba una escopeta recortada y maltrecha.
Un tercer hombre, con hombros de luchador, iba algo mejor vestido y llevaba una pistola de algún tipo todavía enfundada en la cadera derecha.
Ya no había duda. Aquellos tipos nos buscaban.
—Al suelo —le dije a Calloway mientras lo empujaba hacia abajo, detrás de mí. Se dejó caer sobre una rodilla, manteniendo un brazo pegado al costado herido.
El del AK sonrió al reconocernos. Lo que debería haber hecho era levantar el cañón.
Le metí dos disparos antes de que el fusil llegara a medio camino de su hombro.
Curiosamente, se quedó allí de pie. No cayó, no gritó, no respondió al fuego.
Nada. Así que le metí un tercero justo en la garganta.
Ese sí funcionó. Se sacudió hacia atrás contra la pared y dejó una mancha oscura en los ladrillos al caer.
El tipo número dos vio caer a su compañero y disparó apresuradamente desde la cadera con la escopeta.
El problema de un cañón recortado es que, aunque resulta muy eficaz de cerca, su precisión se va a la mierda a mayor distancia.
Los perdigones salpicaron el suelo y levantaron polvo a mi izquierda.
No me anduve con rodeos. Le solté un doble disparo y luego hice lo mismo con el tipo número tres, que todavía no había desenfundado el arma.
Los dos gritaron y cayeron, cada uno formando su propio amasijo ensangrentado.
Di cinco pasos rápidos y le metí una última bala a cada uno de los tres.
Satisfecho con mi trabajo, solté el cargador para recargar y miré atrás para comprobar cómo estaba Calloway.
Fue entonces cuando apareció el tipo número cuatro.