Capítulo 16
—Antes de salir ahí a convencer a los de la NIA de que saquen la cabeza del culo de una vez, explícame el plan para el resto de la visita —dijo Calloway.
—Sí, señor —respondí mientras mostraba una nueva diapositiva.
Calloway miró el cronograma un momento más.
—No está mal, pero ¿por qué tengo la sensación de que estás a punto de recomendarme otro «ajuste de horario»? —dijo con una sonrisa.
—Porque es usted un hombre sabio y poderoso —dije.
—No te olvides de guapo, ya puestos.
—Eso se da por supuesto —bromeé—. Y además, no ha llegado hasta donde está sin saber leer entre líneas de un informe de inteligencia.
Calloway asintió.
—Propongo que nos marchemos esta tarde en cuanto termine el almuerzo de trabajo —dije—. Presentamos nuestras disculpas, nos saltamos el resto de la agenda y vamos directos al aeropuerto. Si lo hacemos bien, despegaremos cuarenta y cinco minutos después del último brindis.
—A la jefa de base no le va a hacer ninguna gracia —observó Calloway—, pero se le pasará. La decisión es tuya, Grant. Si estás convencido de que es lo correcto, corta por lo sano, que yo te respaldo. Ahora explícame el desplazamiento hasta la Residencia Presidencial.
Miré a Longo, que tecleó en su tableta e hizo aparecer un mapa de Lagos en el monitor de pared.
La ruta principal de la caravana estaba resaltada en rojo, la secundaria en azul, con círculos negros marcando posibles puntos de estrangulamiento.
La Residencia Presidencial quedaba cerca del borde superior, rodeada en verde.
—Nos pondremos en marcha a las 11:00 —dije—. Las rutas roja y azul se las hemos facilitado a la NIA. Sus conductores las han recorrido dos veces cada una y se saben el procedimiento. Hasta ahora. Voy a sustituir a todos los conductores. Nadie que condujera las rutas ayer conduce hoy.
Calloway estudió el mapa, entornando los ojos.
—Veo que eres un fan de los cambios constantes.
—Cambios necesarios —dije—. Como vimos esta mañana, somos vulnerables en cuanto ponemos un pie fuera de estos muros.
Si la NIA tiene tantas fugas como sospechamos, tenemos que seguir haciendo lo inesperado.
Quien quiera eliminarnos no sabrá qué parte del plan de operaciones se mantiene y cuál cambia.
Necesitamos desequilibrarlos a ellos y mantenernos vivos nosotros.
A partir de ahora, tratamos Lagos como un entorno hostil.
Calloway asintió una vez, sin estar contento pero aceptándolo. Llevaba en este juego el tiempo suficiente para saber que la previsibilidad era la enemiga de un buen plan de seguridad.
—Composición estándar de la caravana —continué—.
Seis vehículos en total. Todos blindados, con Land Cruisers en cabeza y cola flanqueando dos Suburban, uno de los cuales es un señuelo en la tercera posición y se desviará a mitad de ruta.
Dos coches de escolta detrás de los Suburban, con nuestros hombres como equipo de contraasalto por si la cosa se tuerce.
Cierra la marcha una ambulancia con un sanitario.
El Equipo Negro de Dixon operará de forma independiente.
Despejarán los puntos de estrangulamiento y se mantendrán en posiciones elevadas y a distancia, a menos que yo los llame.
Longo señaló la pantalla.
—La ruta azul tiene ese enlace de doble nivel con una visibilidad de mierda. Puntos ciegos por todas partes. Como los malos aparquen un VBIED ahí, estamos jodidos.
—Tengo una solución para ese enlace —dije—. Ya llegaremos a eso.
—Sea cual sea la ruta que tomemos, el coche de cabeza atravesará cualquier cuello de botella a toda velocidad. Nada de avanzar poco a poco. O tomamos la ruta decididamente desde el principio, o nos desviamos pronto. No quiero que nos quedemos parados en medio del tráfico.
McEntee observaba en silencio.
—¿Cómo está el perímetro de la residencia esta mañana?
—Mejor —respondió Dixon—. El Servicio Especial de Inteligencia de la Policía nigeriana se está encargando de la seguridad en las puertas.
Algunos de esos tipos saben sorprendentemente bien lo que hacen.
Me pillaron la navaja y la batería del IED que intenté colar por los rayos X y el magnetómetro cuando hice la avanzada del lugar.
El capitán que dirige el dispositivo sobre el terreno está bastante espabilado.
Simone expuso el plan de comunicaciones.
—Vamos a usar una red cifrada con salto de frecuencia y un canal de respaldo con las claves precargadas por si hay interferencias localizadas.
El CRG supervisará nuestro desplazamiento con Spectre Uno-Cinco en consola desde una hora antes de que nos pongamos en marcha.
Los Reaper y el Raven estarán sobrevolando, proporcionando transmisión de vídeo y potencia de fuego si la necesitamos.
Calloway me miró.
—¿La misma operadora de Spectre que detectó al equipo colocando el IED?
—Sí, señor —respondí—. Es buena. Nos avisará de cualquier control de carretera, protesta o tráfico de comunicaciones sospechoso. Si ocurre algo, nos dará el aviso.
Baker tomó la palabra.
—Hunter ha mencionado que hay una ambulancia y un sanitario integrados en la caravana.
Si todo sale mal, el centro de traumatología más cercano es el Reddington Hospital, en la isla.
El jefe del servicio de urgencias ha sido investigado a fondo y se le ha incentivado económicamente para que esté de guardia y en el hospital hasta que salgamos del país.
Hay dos botiquines de trauma en cada coche.
Cada uno completo con parches torácicos, ácido tranexámico, vendajes compresivos, de todo.
Todo el mundo lleva un torniquete al alcance de cualquiera de las dos manos.
—Pensáis en todo, chicos —dijo Calloway.
—Lo intentamos —dije mientras mostraba los diagramas de acceso a la Residencia Presidencial—.
El punto de llegada es la explanada principal de acceso.
Bajaremos allí de los vehículos. Usted y Abubakar se moverán juntos.
El presidente Jonathan le recibirá en la entrada, y después entrarán todos para las conversaciones formales.
Después, el almuerzo. No le voy a molestar explicándole el desplazamiento hasta el aeropuerto, porque es probable que cambie.
—¿Que cambie? —preguntó Calloway.
—Sí, señor —dije—. Veremos qué dictan las condiciones. Pero puede dar por hecho que no saldremos por donde entramos.
Longo me miró.
—Grant, ¿no habías dicho que tenías un plan para el paso elevado de la ruta azul? ¿Han informado ya a los conductores de lo que tienen que hacer?
—Negativo —dije—. Con todos los conductores nuevos, sacrificamos la familiaridad con la ruta, lo cual está bien porque no vamos a usar ninguna de las rutas que se recorrieron ayer.
Toqué la tableta e hice aparecer otra pantalla.
—Esta ruta verde es nuestra nueva ruta principal.
El equipo le echó un vistazo y todas las cabezas se volvieron hacia mí con incredulidad.
—No puedes hablar en serio —dijo Pete.
—Completamente —respondí.
—Estás como una cabra —dijo Teague.
—¿Alguien me va a explicar, por favor, cuál es el problema con esta nueva ruta? —preguntó Calloway.
—Lo entenderás cuando lleguemos —dijo Dixon, negando con la cabeza.