Capítulo 11
Si le preguntaras a un historiador de la CIA cuál ha sido la operación de inteligencia más legendaria de la historia de Washington D.
C., seguramente se pondría a ensalzar a los soviéticos y su campaña de décadas para infiltrarse en la Agencia.
Puede que se explayara sobre el éxito arrollador del KGB.
Sobre cómo, siguiendo su manual despiadado y metódico, los soviéticos le daban mil vueltas a la Agencia mediante el uso hábil de topos profundamente infiltrados, agentes dobles, dispositivos de escucha encubiertos, buzones muertos, operaciones de chantaje y trampas de miel.
Sonaría convincente al afirmar que no cabía duda de que el KGB, y más tarde la SVR, eran los campeones indiscutibles del juego de sombras.
Incluso sonaría un poco maravillado ante los curtidos hombres y mujeres de la Primera Dirección General del KGB, como un colegial embobado al conocer por primera vez a su ídolo deportivo.
Pero nada de eso se acercaba siquiera a la verdad.
Los verdaderos maestros del oficio vivían bajo mi propio techo y estaban dirigidos por la operadora más sofisticada que había conocido jamás.
Llevaba mi anillo de bodas, dormía en mi cama a mi lado y podía superar a la SVR en todos los frentes antes de su segunda taza de café.
Mientras yo dirigía equipos sobre el terreno, Beth orquestaba nuestra vida familiar con una precisión clínica que hacía que el Centro de Moscú pareciera el equipo B.
Beth era la auténtica titiritera, moviendo todos mis hilos, junto con Hailey, Torie y Chase, sus tres sonrientes cómplices.
Captaba miradas cómplices entre los cuatro después de haber «decidido» planes para el fin de semana que, misteriosamente, siempre coincidían con lo que Beth había sugerido antes.
Si hubiera prestado más atención, habría quedado claro que el partido estaba amañado.
Su seguridad operativa era de manual y estaba blindada.
Estaba convencido de que se ponían al corriente unos a otros cada mañana mientras tomaban café y gofres, y casi sospechaba que tenían un chat de grupo sin cifrar llamado «Red de Controladores Hunter».
Que quede claro, no todo se hacía en nombre de la inocente diversión familiar.
Si lo consideraban necesario, podían jugar con una crueldad que haría encogerse a un señor de la guerra talibán.
Cuando Beth resultó herida, los chicos se pusieron furiosos conmigo.
Los tres se unieron y me excluyeron por completo de cualquier cosa relacionada con el cuidado de Beth o con sus propias vidas.
Pasé dos largos años aislado. Lo que más me dolió fue que tenían razón, y por poco me destroza.
Ahora que Beth se había recuperado, me habían perdonado mis pecados pasados, aunque a regañadientes.
Me preocupaba que, a pesar de las garantías de Beth en sentido contrario, los chicos volvieran a oponerse a mi regreso a la Agencia. Pero eso era un problema para otro día.
Mi problema inmediato era que había vuelto a caer víctima de una clásica operación de influencia.
No me habían presionado. En vez de eso, me habían dado la ilusión de libre albedrío mientras manipulaban mis decisiones para llevarme justo adonde querían.
¿El objetivo? Llevarme a Detroit a visitar lugares para celebrar la boda con Torie y Chris.
Una petición sencilla para la mayoría de los padres.
Pero yo no era un padre cualquiera. Según cualquier métrica operativa, debería haber estado en la Granja dirigiendo ejercicios con fuego real o encerrado en una sala de la sede central planeando rutas de caravana por Lagos.
Empezó como empiezan la mayoría de las buenas operaciones, con pasos casi imperceptibles. Pequeños cortes que ni siquiera notas hasta que de repente te estás desangrando en el suelo. Los mensajes de texto fueron sutiles y coordinados.
Hailey: «Oye, papá, Torie sabe que estás liadísimo, pero le encantaría que mamá y tú volarais para hacerle una visita corta este fin de semana».
Torie: «Sin presión, pero nos encantaría conocer tu opinión sobre los lugares para la boda que estamos considerando. Siempre ves cosas que a Chris y a mí se nos escapan».
Chase se mantuvo en silencio y se limitó a añadir emojis de corazón a cada mensaje.
Beth, la principal instigadora, intervino:
«Veinticuatro horas no te van a hacer daño. Necesitas un descanso y sería estupendo ver a Torie y a Chris».
Eso provocó más corazones y respuestas con emojis de pulgar arriba.
Yo daba respuestas evasivas y me decía que ya habría tiempo para visitarlos cuando volviera de Lagos.
Unos días después, por la noche, estaba en mi despacho leyendo un informe sobre organizaciones terroristas nigerianas cuando levanté la vista y vi que mi bolsa de viaje ya estaba hecha, que mi agenda se había vaciado misteriosamente desde las 07:00 del sábado hasta las 19:00 del domingo y que Beth estaba de pie en la puerta con esa mirada que significaba que ya había tomado una decisión.
—Excursión —anunció.
—Estás dirigiendo una operación —dije en tono acusador.
Se acercó y me besó en la mejilla. —Oficio —corrigió en voz baja—. Lo aprendí del mejor —añadió con tono juguetón.
Volamos de Reagan National a Detroit Metro en una lata de sardinas que olía a aliento caliente reciclado y desinfectante.
Beth se sentó junto a la ventanilla, con la cabeza reclinada y los ojos cerrados.
La viva imagen de una mujer satisfecha con su lugar en el mundo.
En cuanto a mí, me sentía como un activo reacio escoltado en una misión bajo la mirada vigilante de mi oficial de caso de la Agencia.
—¿Sabes? No pasa nada por que seas feliz durante un par de días y disfrutes pasando tiempo con Torie y Chris —dijo sin abrir los ojos.
—Soy feliz si tú eres feliz —dije.
—Que si galgos, que si podencos —rio ella—. Hoy da lo mismo —dijo con una sonrisa.
Torie y Chris nos recibieron en la zona de recogida de equipajes con sonrisas de oreja a oreja que hacían difícil recordar por qué me había resistido tanto.
Hicimos la coreografía habitual del abrazo colectivo mientras esperábamos las maletas.
Torie no paraba de dar saltitos con su entusiasmo desbordante de siempre.
Chris se mostraba sereno y respetuoso, como siempre.
Una vez instalados en su todoterreno azul oscuro, Torie fue directa a la sesión informativa de la misión.
—Había planeado visitar dos lugares —dijo, con los ojos brillantes—.
El Detroit Athletic Club, en el centro, y el Grosse Pointe War Memorial, cerca de casa.
Pero ahora estoy pensando que hagamos solo una pasada rápida por el DAC y vayamos directos a Grosse Pointe.
Papá, ya sé lo mucho que te gusta un buen trabajo de avanzada.
Tenemos las citas fijadas con el mínimo de desvíos.
Te daremos de comer cuando lo hayamos visto todo.
La jefa —dijo, guiñándole un ojo a Beth— ya ha aprobado el itinerario.
Miré a Beth, que se limitó a sonreír y me dio unas palmaditas en la pierna. Su plan había entrado ya en la fase operativa y yo no era más que un pasajero.
Torie cumplió su palabra. Treinta minutos después, salimos de la I-94 e hicimos una pasada lenta frente al Detroit Athletic Club.
Alojado en un imponente edificio de siete plantas de estilo renacentista italiano y bañado por la luz de media mañana, el club privado se alzaba justo enfrente de Comerica Park y Ford Field.
Imaginé que, en ciertas épocas del año, se podía ver jugar en casa a los Tigers y a los Lions el mismo día con solo caminar unos noventa metros de un estadio al otro.
—Precioso —dijo Beth cuando nos detuvimos frente a la entrada.
—A mis amigos les encanta este sitio —dijo Chris—. Lo describen como «un club de bebedores con un problema deportivo».
—Suena como mi clase de sitio —dije.
—Lo mantendremos entre los finalistas —dijo Torie, riendo.
Cuarenta minutos después, llegamos a la segunda parada del día.
El Grosse Pointe War Memorial había sido en su día una gran mansión de la Edad Dorada y el hogar de la familia Alger.
Tras el final de la Segunda Guerra Mundial, la familia había donado la finca a la comunidad de Grosse Pointe, que había reconvertido los terrenos en un centro para eventos y en un monumento conmemorativo dedicado a los vecinos de la zona caídos en la guerra.
Salimos a la terraza exterior, que tenía una vista espectacular de un amplio césped que se extendía hasta las aguas azules del lago St. Clair.
—Aquí celebramos las ceremonias en la escalinata junto al lago cuando el tiempo acompaña —dijo la joven, que se había presentado como la coordinadora de bodas del centro—.
En las ocasiones en que la Madre Naturaleza se niega a cooperar, nuestro nuevo salón de baile, con ventanales del suelo al techo y vistas al lago, puede acoger a más de 200 invitados.
Mientras Beth y Torie recorrían las salas interiores, con sus techos altos y sus repisas de chimenea talladas, Chris y yo nos escabullimos y caminamos hasta el borde del césped.
—Bueno, cuéntame lo de tu empresa naviera inspirada en un asesino a sueldo —dije.