Capítulo 10
—¿Qué tienes sobre ese tal Sarkin Duhu? —pregunté.
Teague se acercó a un escritorio y abrió una carpeta.
—Bueno, ahí es donde la cosa se pone interesante —dijo—.
Sarkin Duhu, que significa «el Rey de las Tinieblas», hasta hace poco no era más que un cuento de hadas nigeriano.
Un coco para asustar a los niños. Ahora puede que el rumor se haya hecho carne.
Se le describe como traficante de armas, señor de la guerra, antiguo militar, quizá incluso como una figura activa dentro de la Agencia Nacional de Inteligencia de Nigeria.
Al oír mencionar a la NIA, nuestros supuestos socios, toda la sala se quedó en silencio.
—En resumen —continuó Teague—, Fuller pensó que ese tal «Sarkin Duhu» importaba. Tanto que empleó sus últimos momentos en escribirse el nombre en el propio cuerpo antes de que el avión se estrellara. Eso significa algo.
El nombre de Fuller provocó otro revuelo en la sala.
—¿Podría ese gilipollas del «Rey de las Tinieblas» estar detrás del movimiento que estáis viendo en las fronteras? —preguntó Baker.
Teague asintió. —Encaja con el relato de HUMINT que se está armando.
Sin duda podría ser el financiador de la actividad que hemos estado rastreando.
Sarkin Duhu no es un comandante sobre el terreno en el sentido tradicional.
Es un estratega y financiero que está por encima de los grupos yihadistas y las redes criminales.
Este tipo gobierna mediante el miedo. Así fue como llegó hasta el oficial de la NIA que iba en el avión de Keating.
—Tiene una red amplia y en expansión —prosiguió Teague—.
Además de mercenarios, espías y sicarios semiprofesionales, controla varias bandas de piratas que operan en el golfo de Guinea.
Hasta hace poco, no eran más que un grupo amateur y desorganizado, compuesto sobre todo por presos liberados y críos con fusiles en vez de lápices.
Asaltan envíos de ayuda humanitaria por todo el país y atacan buques mercantes y yates de recreo que pasan por la costa.
Últimamente hay información de inteligencia que indica que se ha profesionalizado en el negocio de la piratería y ha decidido respaldar al MEND.
—Vale, picaré. ¿Quién coño es el MEND? —pregunté.
—El Movimiento para la Emancipación del Delta del Níger —dijo—.
Como cualquier otro grupo terrorista, empezaron alegando que defendían a los pobres.
En su caso, frente a las grandes y malvadas petroleras.
Decían que protegían el medio ambiente y luchaban por mejorar las condiciones de los trabajadores.
Todo era pura mentira, claro. Avanzamos unos años y ahora no son más que piratas.
Atacan barcos hasta a unos trescientos veinte kilómetros de la costa.
Roban la carga y secuestran a la tripulación para pedir rescate.
—¿Algo más? —pregunté.
—Por desgracia, sí —dijo Teague mientras tecleaba en su ordenador. Tras unas cuantas pulsaciones, una imagen de satélite del noreste de Nigeria llenó la pantalla al frente de la sala.
—Muy bien —dijo—. Aquí tenéis un resumen rápido de un atentado terrorista reciente en el norte de Nigeria. Después podremos hablar de cómo todo esto podría jodernos la vida.
Teague señaló el mapa. —Esta región es el estado de Borno, en el noreste de Nigeria.
—Luego amplió el mapa—. Este es un pueblo pequeño llamado Chibok.
Hace unas semanas, justo después del anochecer, combatientes de un grupo terrorista yihadista llamado Boko Haram entraron en el pueblo con una caravana de camiones y atacaron una escuela para niñas y mujeres jóvenes.
Asaltaron los dormitorios, mataron a los guardias y al personal masculino, violaron y asesinaron a las profesoras y secuestraron a casi trescientas alumnas.
El equipo se removió. Algunos se inclinaron hacia delante, mientras otros se echaron hacia atrás, repantigados en sus sillas. Fuera como fuera, tenía toda nuestra atención.
—Danos lo esencial sobre Boko Haram —pedí.
Teague abrió una carpeta. —Su nombre árabe completo es «Jama'atu Ahlis Sunnah Lidda'awati wal-Jihad», que se traduce como «Personas comprometidas con la propagación de las enseñanzas del Profeta y la yihad».
El nombre común, Boko Haram, es un apodo hausa.
Significa aproximadamente «la educación occidental está prohibida».
Estos cabrones llevan activos en la región desde 2002 más o menos, desde que salieron de debajo de alguna piedra en la cercana ciudad de Maiduguri.
Eso captó mi atención. —¿Maiduguri? ¿No es esa la ciudad donde alguien masacró a la familia del oficial de la NIA que voló el avión?
—Así es —confirmó Teague. Dejó que aquello calara hasta que Dixon habló.
—Leí el informe posterior al incidente sobre los secuestros. Todo apuntaba a una operación de Boko Haram sin más. Sus tácticas habituales: masacrar aldeanos, secuestrar en masa a inocentes, extorsionar y exigir rescates. No se mencionaba ningún apoyo externo.
—Y esa sigue siendo la versión oficial que sale de Abuja —replicó Teague—.
Boko Haram actuó por su cuenta. Pero la logística no encaja con su perfil habitual.
Fue demasiado limpio, demasiado fluido, demasiado bien financiado.
Prepararon refugios de antemano y los abastecieron lo bastante bien como para albergar a cientos de cautivas.
El dinero se movió en cuestión de días, no de meses.
—Entonces, ¿quién lo financió, si Boko Haram no actuó por su cuenta? —pregunté, aunque estaba bastante seguro de que ya sabía la respuesta.
—Nadie lo sabe con certeza, pero los analistas de Langley apuestan por nuestro misterioso amigo, Sarkin Duhu —dijo.
Longo se inclinó hacia delante. —¿Nos estás diciendo que él ordenó el ataque a la escuela?
—Os digo que lo hizo posible —dijo Teague—. Los camiones, el apoyo logístico, las comunicaciones cifradas que usaron los combatientes y dinero de sobra para sobornar a la policía local. Boko Haram aportó los combatientes y la marca. Duhu aportó la planificación y la estructura.
Observé las caras de los presentes. La mayoría parecían enfadados. Todos parecían cansados.
—¿Por qué atacar una escuela para niñas? —preguntó Simone—. Si la ideología le importa una mierda.
—Le importa la presión —dijo Teague—. Arrebata tantas hijas a tantas familias del norte y enciendes una rabia que apunta en varias direcciones.
Claro, las familias de las víctimas culparán a Boko Haram, pero algunos también culparán a los políticos de Abuja.
Eso puede hacer que el Gobierno reaccione de forma exagerada en algunas zonas y no haga nada en otras.
Los soldados irrumpen y maltratan a los aldeanos de la zona, a quienes acusan de proteger a los combatientes.
Boko Haram vuelve entonces y dice: «¿Veis?
El Gobierno es vuestro enemigo, no nosotros».
La confianza entre el Estado y el pueblo, si es que alguna vez existió, se resquebraja.
Sarkin Duhu explota entonces esa grieta.
—Sigue el razonamiento —dije—. ¿Cómo usa todo esto para pasar de ser un rumor a hacer y deshacer reyes?
Teague asintió una vez. —Primero, con los pagos de rescates y los tratos paralelos.
Boko Haram venderá a algunas de las niñas secuestradas como «esposas» para ganarse el apoyo de los aldeanos.
La mayoría serán entregadas a otros grupos terroristas a cambio de favores que reclamarán cuando los necesiten.
Unas pocas afortunadas serán liberadas en negociaciones escenificadas para ganarse a la prensa y a las comunidades más urbanas.
Pase lo que pase, todo el dinero pasa por Sarkin Duhu.
Todos los que tocan ese dinero quedan en deuda con él.
Volvió a hacer clic y aparecieron nuevas diapositivas. Fotos de políticos, generales y empresarios nigerianos.
—Segundo, la capacidad de presión. Sarkin Duhu usa intermediarios para susurrar al oído de personas receptivas en Abuja.
Insinúa que puede influir en los comandantes de campo de Boko Haram.
A cambio de unas cuantas peticiones sencillas, claro.
Pedirá que se retiren unidades militares de cruces clave.
Que se adjudiquen contratos sin concurso a sus empresas pantalla.
Exigirá que se nombre a ciertos funcionarios locales que solo le rindan cuentas a él.
Teague pasó una página de la carpeta que estaba leyendo.
—Tercero, la percepción. Cuando el ejército asalta campamentos vacíos porque Sarkin Duhu les ha dado información de inteligencia desfasada, el Estado parece débil.
Cuando Duhu castiga después a los bandidos en una zona que el ejército ha abandonado, la población local afirma que él puede protegerla mejor que el Gobierno.
Enfrenta a ambos bandos y lo llama justicia.
Cruz tomó la palabra. —O sea, que está construyendo su propio Estado dentro del Estado.
—Exacto —dijo Teague—. Boko Haram y el MEND asustan a la gente. Sarkin Duhu ofrece orden. La gente teme a los terroristas y a los piratas, pero obedece a Sarkin Duhu.
—¿Cuál es su objetivo final? —pregunté.
—Buena pregunta —dijo Teague—. Sea quien sea, el tío está bien conectado.
Se ha centrado en establecer una franja de territorio donde su palabra sea ley.
Una franja que se extiende desde el lago Chad hacia el sur, por el interior del país y en dirección a la costa.
Quien controla ese cinturón controla el comercio, el combustible y los votos.
En Nigeria, eso equivale a poder. Piénsalo.
Provocando problemas con Boko Haram en el norte y haciendo lo mismo con el MEND en el sur, este tal Duhu tiene a Abuja cogida por los huevos y está apretando fuerte.
—¿Por qué no han acabado con él los nigerianos? —preguntó alguien desde el fondo de la sala.
Teague se encogió de hombros. —Al principio, el Gobierno no quería ni hablar de él.
Se negaban incluso a confirmar su existencia.
Lo negaban todo cuando se les preguntaba.
Cuando fingir que no existía se volvió insostenible, pasaron a restarle importancia a su influencia e intentaron cazarlo en silencio.
Sin suerte alguna. Siempre va tres pasos por delante de cualquier intento de identificarlo y capturarlo. Ese tío es un fantasma.
—Un fantasma que puede derribar un C-130 —dije.
Hubo gestos de negación y murmullos por toda la sala.
Con eso, Teague dio por concluida la sesión informativa y despedí al equipo por el resto del día. Como de costumbre, Dixon se quedó rezagado mientras el resto del equipo salía.
—¿Crees que están listos? —preguntó.
—Más les vale. Han trabajado duro. Además, no queda más tiempo. No van a estar más preparados que ahora —dije.
Se lo pensó un momento y luego preguntó: —Entonces, ¿qué equipo quieres que lleve yo? ¿Rojo o Azul?
—Ninguno —dije—. El Equipo Azul se quedará en Langley para cubrir al subdirector. Le daré el mando del Equipo Rojo a Gary Baker.
Dixon consideró aquello y asintió. —Baker es un buen hombre. Está listo y se merece el puesto. Solo dime qué quieres que haga yo.
—Puedes empezar por organizar una reunión con tus contactos en el CRG.
Llévate a Teague y a alguien de la mesa de África Occidental y dadle al equipo de operaciones del CRG una sesión informativa completa sobre la misión en Nigeria.
Estableced indicativos, códigos de desafío y respuesta, señales de coacción, todo el paquete.
Que monten una vigilancia permanente y plenamente coordinada desde el momento en que despeguemos de Andrews hasta el segundo en que volvamos a poner los pies sanos y salvos en Langley.
—Me pongo con ello ahora mismo —dijo.
—Una cosa más —dije—. Diles que en esta ocasión no van a limitarse a acompañarnos para «observar e informar». Calloway les ha autorizado a montar un paquete de ataque que incluya activos con plena capacidad de respuesta cinética.
Esa última parte captó la atención de Dixon.
—Mira, Bill, no sabemos en quién podemos confiar allí —dije—.
Pero hay una cosa que sí sé. Quienquiera que esté detrás del asesinato de Keating y de nuestros amigos va a aprender lo que ocurre cuando te metes con la Agencia.
A diferencia de la última vez que estuvimos en el país, esta vez, cuando aparezcamos, no vamos solo a defendernos.
Enarcó una ceja.
Se lo dije sin rodeos. —Quiero que dirijas un Equipo Negro. Esta vez venimos a cazar.