Capítulo 9
El chirrido del metal contra metal anunciaba las maniobras PIT, esas técnicas de inmovilización de precisión en las que un empujón bien medido del parachoques delantero contra la aleta trasera del adversario lo hacía girar y salirse de la calzada.
Desde mi posición en la plataforma de observación les veía las caras a través de los parabrisas manchados de polvo: mandíbulas apretadas, ojos entornados de pura concentración y, de vez en cuando, sonrisas salvajes cuando el metal chocaba contra el metal.
No hay nada más divertido que embestir un control de carretera a cincuenta kilómetros por hora con un todoterreno oficial en perfecto estado.
Con el olor acre del líquido de refrigeración derramado llenando el aire, di la mañana por terminada.
El equipo se reunió en un viejo almacén que habíamos requisado para que hiciera las veces de sala de reuniones operativas y de preparación.
Los mapas tácticos cubrían las paredes de hormigón y una hilera de portátiles oficiales reforzados descansaba sobre mesas plegables, con las pantallas parpadeando con los últimos flujos de inteligencia.
Nuestra armería ocupaba el rincón del fondo, con material letal suficiente para dar envidia a un SEAL team.
Esperé a que todos encontraran asiento o se apoyaran en algún poste y me planté delante de una pared de monitores planos que mostraban imágenes por satélite de Abuja y Lagos.
—¿Ya les has dado la buena noticia? —le pregunté a Dixon.
Se encogió de hombros. —No —dijo—. He pensado que mejor se lo suelta el borde.
—Creía que el borde eras tú.
Dixon negó con la cabeza, fingiéndose ofendido. —Ni de coña. Yo soy el encantador —dijo—. Tú eres el que todos creen que está a un mal día de pegarle un tiro a un senador.
El equipo se rio. Solo Dixon sabía hasta qué punto aquello se acercaba a la verdad. Aunque, para que conste, el gilipollas al que había estado a punto de pegarle un tiro un par de años antes era congresista de Estados Unidos, no senador.
Hora de ir al grano. Me volví hacia las pantallas.
—Nigeria —anuncié—. Todos sabéis lo que pasó la última vez que estuvimos allí. Todos sabéis que volvemos. Lo que no sabéis es que se nos ha acabado el tiempo. Salimos dentro de tres semanas.
Un estremecimiento recorrió la sala. Una corriente sutil de nervios, pero perceptible.
—El director se ha comprometido a asistir a la cumbre de seguridad Estados Unidos-Nigeria en Lagos.
Me han dicho que hay que contar con bastante cobertura mediática en los actos públicos no clasificados.
Las sesiones informativas clasificadas se celebrarán en el Centro Conjunto de Operaciones de Inteligencia y también en la Residencia Presidencial de Lagos.
Coordinaremos con el Departamento de Estado y con AFRICOM.
Aquello fue recibido con el previsible coro de quejidos y risitas.
—Ya, ya, ya, callaos —dije—. Todos los ojos van a estar puestos en esto, así que nos portaremos bien con nuestros amigos del Departamento de Estado.
Los políticos quieren una demostración de fuerza en apoyo del gobierno nigeriano.
Los pardillos del Departamento de Estado tendrán la responsabilidad de fijar la agenda, pero nosotros tendremos el control operativo total del plan de seguridad y del perímetro de protección.
Pasamos las dos horas siguientes simulando escenarios, todos malos.
Un ataque con un misil lanzado desde el hombro contra el avión durante la aproximación final.
Un intento de asesinato en la pista. Cohetes disparados desde posiciones elevadas contra la caravana.
Ataques con IED en nuestro itinerario. Agentes biológicos dispersados en la cena de Estado de Abuja.
Un terrorista suicida en una rueda de prensa.
Incluso planificamos el improbable escenario de repeler, en el hotel, un ataque frontal de una fuerza del tamaño de una sección.
Quizá fuera pasarse. O quizá no. Era una broma habitual que a la gente como nosotros nos pagaban por ser paranoicos.
Y también era cierto que ser paranoicos no significaba que no hubiera alguien de verdad a por nosotros.
La mayor amenaza para una escolta no siempre era un tipo con un RPG.
Lo que de verdad podía matarnos era el aburrimiento, la complacencia y caer en una rutina previsible.
Una falsa sensación de seguridad y la ilusión de estar a salvo fueron las que mataron a Keating y a los demás.
Paramos a comer. Bocadillos del economato y un cuenco del infame chili de venado «Road Kill» de la Granja.
Bautizado así por el destino culinario que, según un rumor de toda la vida, aguardaba a cualquier ciervo de la base con la mala suerte de toparse con el flujo incesante de coches, camiones, motos, semiorugas y carros de combate que corren día y noche por la maraña de carreteras de las instalaciones.
Si se avisaba a tiempo, se podía recoger al ciervo, destriparlo en el campo y servirlo para cenar en un par de horas.
Todo el proceso era macabro, estrafalario y curiosamente delicioso.
Después de un día largo de instrucción, nadie hace preguntas sobre la comida mientras esté buena.
Después de comer, el equipo se dividió en grupos más pequeños para sesiones informativas más específicas.
McEntee y Longo repasaron la planificación de la caravana, capa por capa.
Se eligieron o descartaron itinerarios primarios, secundarios y terciarios tras analizarlos según el flujo de tráfico, las líneas de visión, las amenazas desde altura y los puntos de estrangulamiento.
Simone Daye, nuestra especialista en tecnología y ciberseguridad, nos puso al día en lo último en drones de vigilancia, amenazas cibernéticas y blindaje de redes.
Luego nos informó de las novedades más recientes de la Dirección de Ciencia y Tecnología en sistemas implantables y portátiles de comunicaciones encubiertas de emergencia.
Marcus Teague, fibroso y de mirada aguda, con experiencia en contraterrorismo, era nuestro nuevo responsable de inteligencia.
Veterano de África, había pasado más tiempo en la región que todos nosotros juntos, con destinos en Liberia, Tanzania, Sudán y Costa de Marfil.
Tenía la clase de experiencia sobre el terreno que te vuelve perspicaz o paranoico.
A veces las dos cosas. Se puso al frente de la sala para informar al equipo del tráfico de comunicaciones reciente en Nigeria.
—Estamos captando SIGINT del norte de Nigeria. Nada de tráfico cifrado ni codificado, y nada concreto, pero está claro que algo se cuece —dijo—. Todo lo que vemos apunta a una convergencia de actores hostiles en la zona.
—¿Como quién? —quiso saber Baker.
Teague dudó y se encogió levemente de hombros.
—Los que quieras. Mercenarios, sobre todo.
Exmiembros de los Spetsnaz rusos, contratistas chechenos y unos cuantos que no dieron la talla en la Legión Extranjera francesa.
También hemos seguido a algunos tipos del Buró General de Reconocimiento norcoreano que andan rondando por el país.
Simone intervino de inmediato. —Grant, eso hay que investigarlo a fondo. El RGB no se anda con tonterías. Su división de contramedidas técnicas no es ninguna broma. Pueden acceder a casi cualquier sistema. Los inutilizan e implantan virus a su paso.
—¿Tan mal está la cosa? —pregunté.
—Peor —dijo—. El año pasado, la base de Seúl llevaba a un desertor de la RPDC.
Un científico de rango medio de su programa de misiles balísticos.
El caso es que, además de una burrada de inteligencia que soltó sobre sus capacidades de misiles intercontinentales, contó otro rumor interesante.
El tío aseguraba que los norcoreanos estaban avanzando muchísimo en guerra cibernética.
Juraba que podían dejar inservibles las redes de comunicaciones y de suministro eléctrico a escala de toda una ciudad.
Que incluso podían tumbar redes militares de mando y control y comunicaciones por satélite.
Arqueé una ceja. —¿Y qué dijo el Pentágono a eso?
—Dijeron que era una trola, claro. Justo lo que cabía esperar.
Dijeron que era imposible. Alegaron que nuestra fuente o estaba equivocada o nos engañaba a propósito, para que malgastáramos recursos persiguiendo fantasmas.
—Hizo una pausa—. Pero nuestro hombre resultaba convincente.
¿Os acordáis de aquel gusano informático que saboteó las instalaciones iraníes de enriquecimiento de uranio?
El tío decía que Corea del Norte había desarrollado algo que hacía que Stuxnet pareciera obra de aficionados.
—¿Quién está detrás de todo esto? ¿Quién paga las facturas? —preguntó Cruz.
Teague abrió las manos. —Nada definitivo.
Eso es lo preocupante. Normalmente, cuando esta gente se mueve, el rastro del dinero se ilumina como un árbol de Navidad.
Pero esta vez no. Cero ruido en el sistema.
Está claro que alguien blanquea dinero, envía armas y siembra cizaña.
Pero se cuidan mucho de borrar sus huellas.
—¿Y los contactos locales? —pregunté—. ¿Alguien de fiar?
Teague emitió un sonido a medio camino entre la risa y el bufido.
—¿De fiar? ¿En Nigeria? Puede que uno o dos activos locales captados por la base de Abuja.
Me han dicho que llevan a un activo de nivel medio dentro del Servicio Especial de Inteligencia de la Policía nigeriana.
Nombre en clave: ZA/TURBULENCE. El tipo era un «walk-in», un voluntario.
Se puso en contacto con un oficial de caso después de un partido de fútbol interservicios.
Ofrece su colaboración y toda la información que le pidamos a cambio de que le ayudemos a erradicar la corrupción en el gobierno nigeriano.
Dicen que se niega a aceptar dinero por las molestias. El tío es un patriota de verdad.
Teague se encogió de hombros. —Puede que ahí haya algo con lo que trabajar, puede que no.
Seguiré buscando a otros y consultaré con la base.
Aparte de eso, todo el mundo en el gobierno nigeriano o ha sido sobornado y comprado, o está esperando a serlo.
Hasta la Guardia Presidencial de Jonathan se considera sucia.
Han reorganizado la unidad entera dos veces en los últimos seis meses.
—O sea, que damos por hecho que todos los contactos están comprometidos —dije.
—Todo este puto asunto huele a trampa que apesta —murmuró Simone. Exagente del Servicio Secreto, era rápida con el gatillo. Más rápida aún con sus opiniones.
No podía reprochárselo. Había dicho en voz alta lo que todos pensábamos.