Niégalo Todo (Grant Hunter 2) Capítulo 7
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Capítulo 7

Salí del despacho de Calloway y bajé por las escaleras hasta la sexta planta. Sarah Jane me había organizado otra reunión antes incluso de que yo aceptara el puesto. Puede que me estuviera volviendo demasiado previsible. Eso tenía que cambiar.

Avancé por el pasillo con la vista puesta en los números de las salas de reuniones.

A mitad de camino vi a una mujer al fondo que pasaba su credencial por el lector y entraba en el Centro de Respuesta Global de la Agencia.

Me detuve y estudié su perfil. Su cara me sonaba vagamente, pero no conseguía ubicarla.

Lo dejé estar. Tenía cosas más importantes en la cabeza y otra idea ya se había abierto paso.

Cuando por fin encontré la sala que buscaba, entré y me dejé caer sin ceremonias en la silla de la cabecera de la mesa.

—Soy Grant Hunter. Un par de vosotros sabéis quién soy.

Si es así, también sabéis que no soy muy dado a los discursos y que no he venido a dirigir un círculo de terapia.

Los loqueros de la Agencia ya os cogerán de la mano, os secarán las lágrimas y os ayudarán a aclarar lo que sentís.

Ahora no tenemos tiempo para eso. Habéis sobrevivido al peor fracaso operativo que ha visto este edificio en más de una década.

Pero, de algún modo, todos conseguisteis volver a casa.

Eso significa que o tuvisteis muchísima suerte o hicisteis vuestro trabajo mejor que los demás.

En las próximas semanas averiguaremos cuál de las dos cosas fue.

Los cuatro ocupaban el extremo opuesto de la mesa. Guardaban silencio, tensos, sin saber cómo encajar mi valoración sin rodeos de su actuación. Eran los únicos miembros que quedaban de la escolta del Equipo Rojo de Keating.

La primera en hablar fue una mujer de treinta y tantos.

Tenía el pelo castaño y corto y unos ojos como el pedernal.

La conocía por su reputación. Se llamaba Natalie Cruz, una exoficial de inteligencia del Ejército que había cumplido dos despliegues en Kandahar antes de que la Agencia la reclutara para los Servicios de Protección.

Enderezó la espalda, con los labios apretados en una línea fina.

—Yo estaba de turno de madrugada en Abuja.

Casi había terminado y estaba recogiendo el puesto de mando cuando todo se fue a la mierda.

Formé parte del primer equipo que llegó al lugar del accidente.

No quedaba suficiente del avión ni de nuestros amigos para llenar un petate —masculló.

Lanzó una mirada a los demás y luego se volvió hacia mí.

—Y tiene razón, no le conozco. Perdóneme que se lo diga, señor, pero, por lo que a mí respecta, usted tiene tanto que demostrarnos a nosotros como nosotros a usted.

Hasta que lo demuestre, ya puede meterse por el culo su valoración de cómo actuamos.

Me limité a sonreír. Estaba cabreada. Bien. Con eso podía trabajar.

A su lado estaba sentado Pete Longo. Un tipo atractivo, con unas entradas leves y el pelo empezando a encanecer.

Siempre me recordaba, tanto por su aspecto como por sus gestos, al personaje de James Gandolfini en Los Soprano .

Cercano y afable con la gente que le importaba, frío y amenazador con quienes se enfrentaban a él.

Prefería estar entre los primeros y no quería verme nunca entre los segundos.

Me alegré de verle. Era amigo mío y antiguo vecino.

No era raro, en el reducido espacio de Washington D.C.

, tener por vecinos a toda clase de altos cargos del gobierno, oficiales del ejército y espías de la Agencia.

Nuestras familias llevaban años muy unidas.

El indicativo de radio de Pete era «Nail Gun», por su fama de carpintero excepcional.

Había trabajado en todas las habitaciones de mi casa adosada, desde reformar la cocina hasta renovar el sótano.

Había hecho lo mismo para muchos otros miembros del equipo.

Probablemente era mejor carpintero que agente de protección, pero jamás se lo diría a la cara.

Se había ganado el indicativo por su rara costumbre de clavar chapas de botellas de cerveza en los montantes al descubierto de las paredes que abría.

Tenía que haber cientos de aquellas malditas chapas clavadas dentro de las paredes de mi casa.

Decía que era su firma, para que algún operario la descubriera durante una futura reforma.

Un tipo raro, pero me fiaba de él por completo.

—Yo estaba en el equipo de avanzada en Lagos, organizando las caravanas —dijo—. Aquello se convirtió en un desastre absoluto cuando nos enteramos de que Jonathan llegaba en un avión distinto. Unos minutos después de que aterrizara, nos llegó el aviso de que el avión de ORION había desaparecido.

Asentí y luego miré a Bill Dixon. Nos conocíamos desde hacía casi dos décadas.

El corpulento exmarine era el único hombre en quien confiaba para que me cubriera las espaldas cuando empezaban a volar las balas.

Había envejecido poco desde la última vez que trabajamos juntos, pero ahora tenía la mirada más dura.

Algo ardía detrás de ella. Duelo, quizá. Culpa, casi con seguridad.

—Bill —dije.

No se levantó. No me estrechó la mano. Solo levantó la vista.

—Yo debía haber estado en ese vuelo —dijo en voz baja—.

Anderson me retiró del vuelo la noche anterior.

Quería que fuera a Lagos y trabajara con Pete.

Estaba haciendo la avanzada del Centro Conjunto de Operaciones de Inteligencia y cerrando los detalles de la llegada con Abubakar cuando se estrelló el avión.

—¿Qué opinión te merece Abubakar? —pregunté.

Se encogió de hombros. —Difícil decirlo.

Es un político, eso seguro. Muy hábil. Muy pulido.

No me cabe duda de que algún día aspira al puesto de Jonathan.

Por un lado, es un gilipollas integral. Trata a su equipo como una mierda.

Le vi poner a caldo a su secretario personal, un hombrecillo apocado, por una simple errata en la agenda del día.

Por otro lado, en lo operativo sabe lo que se hace.

Su gente está bien entrenada y demuestra una gran conciencia situacional.

Detecta y resuelve los problemas pequeños antes de que crezcan y se le vayan de las manos.

—¿Cuál fue su reacción cuando os enterasteis del accidente? —pregunté.

—La misma que la de los demás. Se quedó conmocionado, pero enseguida asumió el mando. Se coordinó con nosotros sin problemas para movilizar al personal, acudir al lugar del accidente y asegurar la zona.

Le di unas vueltas.

—Vale, esto es lo que hay —dije—. Estoy aquí para construir una escolta nueva desde cero.

No porque quiera hacerlo, sino porque me lo han ordenado.

Dixon, te quiero como jefe adjunto. Supervisarás la planificación y la logística, coordinarás con el CRG y, en tus ratos libres, harás también de jefe de equipo.

Arqueó una ceja al oír lo del CRG. —¿No me vas a preguntar si quiero el puesto?

Negué con la cabeza. —No, porque ya sé que lo quieres.

Esbozó una sonrisa. Apenas un destello. —Sigues siendo un cabrón arrogante.

—Solo cuando tengo razón.

Me volví hacia los demás.

—Esto no será una escolta al uso. Necesito una unidad cohesionada, disciplinada y adaptable.

Vamos a romper moldes. Esto ya no es un trabajo de niñeras.

El nuevo director quiere salir de detrás de su mesa y dirigir desde el terreno.

Consideradlo diplomacia a un paso del combate.

Seguiremos cubriendo los desplazamientos rutinarios aquí en D.C.

, las visitas al Capitolio, a la Casa Blanca, todas las gilipolleces de siempre.

Pero también operaremos sobre el terreno, en teatros de operaciones extranjeros.

A veces en condiciones hostiles. Daremos siempre por hecho que hay enemigos desconocidos apuntando al director.

Si estáis dispuestos, si os quedáis, todos seguiréis mis indicaciones. Sin excepciones.

Cruz se inclinó hacia delante. —¿Y si decimos que no?

—No hay nada de qué avergonzarse. Solo tenéis que decirlo y haré que os reasignen.

El último hombre de la mesa había estado callado todo el rato.

Apenas me había prestado atención y no había dicho una palabra.

Le eché cincuenta y pocos, aunque aparentaba muchos más.

Tenía el pelo negro encaneciendo a marchas forzadas y la cara hundida y pálida.

El traje le colgaba del cuerpo. O tenía un sastre pésimo o había perdido mucho peso hacía poco.

Se llamaba Jack Smith. Nunca había trabajado con él, pero había oído que sobre el terreno era un tipo sólido y capaz.

De pronto se levantó. —Con eso me basta. Lo dejo —dijo—. Me quedan menos de dos años para jubilarme con la pensión completa. Me gustaría vivir lo suficiente para disfrutarla y jugar con mis nietos. Suerte a todos.

Dicho esto, salió de la sala. No se lo reproché. Es más, me sorprendió que fuera el único en irse.

Cuando la puerta se cerró, volví a mirar a los demás.

—¿Alguien más? —pregunté.

Pete me sostuvo la mirada. Su voz sonó firme. —Quiero volver. Quiero enmendar esto.

Cruz asintió también. —He enterrado a demasiados amigos como para largarme ahora.

Dixon se limitó a encogerse de hombros. —La verdad es que no me has dejado mucha elección.

—No, no te la he dejado —dije, abriendo un expediente y deslizándolo hacia Dixon.

—Muy bien. Aquí tienes una lista reducida de candidatos que quiero incorporar.

Algunos están aquí en Langley; otros son operadores de campo que han terminado su rotación.

Necesito tiradores, especialistas en tecnología y comunicaciones y al menos un sanitario.

Nada de elegidos por motivos políticos. Nada de novatos.

Dixon pasó las páginas, estudiando los nombres del expediente.

—Menuda galería de indeseables tienes aquí.

La mitad de esta gente tiene suerte de conservar el empleo.

Casi todos arrastran un historial de insubordinación.

Todos son casos difíciles. Ni uno solo va a superar la Junta de Evaluación de Carrera.

—Exacto —dije—. Me da igual que sean insubordinados, siempre que sean leales entre ellos y a nosotros.

Dixon cerró el expediente. —Vale, empezaré a hacer llamadas. A unos cuantos habrá que convencerlos.

—Empieza por Simone Daye —dije—. Lleva unos años en Seúl y seguramente esté lista para terminar su rotación.

Mejor todavía: me debe un favor. Hazlo valer.

Y quiero a Marcus Teague fuera de la base de Monrovia.

Lleva tiempo esperando una excusa para volver a casa.

Ah, y no está en la lista, pero trae a Gary Baker.

Ya va siendo hora de acabar con su destierro al edificio de Tysons.

Cruz se puso en pie. —¿Cuándo desplegamos?

—Pronto —dije—. Pero tenemos mucho trabajo por delante. Hay que reconstruir el equipo y ponernos a punto.

Asintió mientras el ambiente de la sala empezaba a cambiar. El tono cambió. El propósito sustituyó al duelo. Eran operadores. Con una misión y una línea de tiro despejada, se concentraban. Se volvían peligrosos.

Todos salieron en fila de la sala menos Dixon. Los vio marcharse y entonces habló.

—¿Seguro que estás preparado para esto? —preguntó—. Llevas mucho tiempo fuera.

Le miré. Yo me había estado haciendo la misma pregunta.

—Me marché una vez, Bill. No tenía pensado volver. Pero ahora que estoy aquí, estoy decidido a hacerlo bien. No voy a quedarme de brazos cruzados mientras revientan a otro director en pleno vuelo porque fuimos demasiado prudentes, demasiado lentos o estábamos demasiado cómodos.

Asintió con una leve sonrisa. —Entonces más nos vale dejar de estar cómodos, y rápido.