Niégalo Todo (Grant Hunter 2) Capítulo 6
15%

Capítulo 6

Recorrimos los pasillos en silencio mientras subíamos a la séptima planta.

La sede de la cúpula directiva de la Agencia.

Por el camino se cruzaron con nosotros analistas y operativos, la mayoría con un gesto amable o un saludo para Sarah Jane, señal de respeto o camaradería, o simple costumbre.

Unos pocos me reconocieron. La mayoría, no.

Los que lo hicieron se volvieron para mirarme como si hubieran visto un fantasma.

Difícil reprochárselo. Apenas había pisado el edificio en los dos años posteriores a la lesión de Beth, y no había vuelto en absoluto en el año y medio transcurrido desde que salió del coma.

No desde que me marché y le dije a la Agencia que buscara a otro para llevar la bandera.

Cuando Sarah Jane me hizo pasar de largo ante la pesada puerta de caoba con el rótulo «Director de la CIA», vacilé un paso y le lancé una mirada interrogante.

Ella captó mi expresión y me lo explicó en voz baja:

—Los ánimos están a flor de piel aquí arriba. Calloway sigue usando su despacho de subdirector de Análisis. Le incomoda mudarse a las dependencias del director y se resiste a hacerlo hasta que su confirmación sea oficial.

—Tiene sentido —dije—. Sé cómo se pone esto cuando las cosas van mal.

Cuando cae un director. Circunstancias completamente distintas, claro, pero este sitio fue un desastre durante meses cuando a Bill Casey le dio el derrame.

Tuvimos que montar una escolta nueva de la noche a la mañana para cubrir al director en funciones mientras el equipo anterior protegía a Casey en el hospital.

Todos esperábamos que se recuperara, por supuesto, pero está claro que no fue así.

Lo único que lamento es no haber estado de servicio el día que aquel periodista gilipollas y vocinglero afirmó que se había colado sin que le viéramos y había entrevistado a Casey sobre el escándalo Irán-Contra.

Aquello no ocurrió jamás. El director estaba en coma, por el amor de Dios.

El hombre era totalmente incapaz de hablar. Todavía me cabrea pensarlo.

Sarah Jane me dedicó una sonrisa cómplice.

—En fin —dije—, no me imagino lo que estarán sintiendo los miembros supervivientes del servicio después de perder a Keating y a sus compañeros.

—Desde luego —dijo—. Tienes por delante un trabajo duro para reconstruir esto. No solo cubrir las plazas, sino recomponer a los supervivientes. Tanto física como mentalmente.

—Estupendo. ¿Todavía estoy a tiempo de decir que no… otra vez?

Negó con la cabeza. —Negativo —fue lo único que dijo mientras seguíamos pasillo adelante y entrábamos en las dependencias del subdirector de Análisis.

La antesala estaba desierta, así que Sarah Jane cruzó hasta una puerta de cristal esmerilado y llamó una vez.

Una voz respondió desde dentro: —Adelante.

Crucé el umbral mientras Sarah Jane me daba una palmada en el hombro y me susurraba «buena suerte» antes de darse la vuelta y marcharse.

Llevando al cordero al matadero , pensé mientras entraba en la sala.

Por dentro, el despacho era minimalista en estilo y decoración.

Un escritorio de nogal de mediados de siglo estaba junto a una pared, con vistas a través de los amplios ventanales que daban al recinto arbolado de la Agencia.

En un rincón, una mesa de reuniones de cromo y cristal estaba rodeada por cuatro sillas de cuero a juego.

Un monitor de alta definición colgaba de la pared contigua y mostraba una imagen por satélite de Lagos.

Al fondo de la sala estaba Evan Calloway, alto, sereno, con un traje negro impecable.

Tenía los brazos cruzados y el peso del mundo ya le marcaba las arrugas en las comisuras de los ojos.

—Señor Hunter —dijo, tendiéndome la mano—. Gracias por venir.

—Director —contesté mientras se la estrechaba. Su apretón era firme.

—Director en funciones —me corrigió antes de continuar—. Sé que lo que le pido es… difícil —dijo, y fue directo al grano.

—He leído el expediente completo sobre la misión de Beirut y las lesiones de su mujer —continuó—. Tengo entendido que se está recuperando, ¿es correcto?

—Sí, señor. Ha sido un proceso largo, pero está mucho mejor. Gracias por preguntar.

—Por supuesto. Sé de sobra lo que este trabajo le ha costado.

Las lesiones de su mujer y la trágica muerte de Emma Mitchell durante su última misión.

Nadie puede cuestionar por qué se marchó cuando lo hizo.

Sinceramente, creo que yo habría hecho lo mismo.

Dicho todo eso, le agradezco que esté dispuesto a plantearse volver a ponerse en primera línea.

—Bueno, Sarah Jane sabe ser muy persuasiva —dije.

—Cierto. Nada que objetar. Bien, sentémonos un momento —dijo, indicándome que tomara asiento a la mesa de reuniones.

Después dejó a un lado las cortesías. —Doy por hecho que ya le habrá sacado su libra de carne a Sarah Jane a cambio de aceptar volver. Ahora, ¿qué necesita oír de mí?

Reflexioné un momento, midiendo las palabras.

—Bueno, si voy a hacer esto, lo haré a mi manera.

Pienso cambiar las cosas de arriba abajo.

Se acabó llevar la escolta como un servicio de niñeras para VIP.

La llevaré como un centro de misión. Plenamente integrada tanto con la Dirección de Operaciones como con la Dirección de Análisis.

Querré acceso a todos los activos disponibles y a toda la información de inteligencia susceptible de uso operativo.

Vamos a pasar a la ofensiva, no solo a defendernos.

Le he dicho a Sarah Jane que elijo yo a mi equipo, sin interferencias. Ni de ella ni de usted.

Me observó un instante y luego asintió. —De acuerdo. Tiene plena autoridad operativa.

Hice una pausa sin apartarle la mirada.

—Señor, eso vale para todos los desplazamientos oficiales.

Ya sea a la Casa Blanca para el informe diario de inteligencia con POTUS o al Capitolio para declarar ante los idiotas del Congreso y allanar el camino de su confirmación.

Mientras esté bajo mi responsabilidad, en lo que respecta a su protección, hará exactamente lo que le diga y en el momento en que se lo diga.

Nada de reuniones no programadas. Nada de dar esquinazo a su escolta. Nada de numeritos para la prensa.

La expresión de Calloway se endureció. —No estoy aquí para hacerme fotos, señor Hunter.

Bien , pensé, mientras me preguntaba hasta dónde podría apretarle.

—Necesitaré unos meses para reconstruir el Servicio de Protección del Director —dije—.

Como sabe, dos equipos trabajan en turnos opuestos para dar cobertura las veinticuatro horas.

El Equipo Rojo estaba con el director Keating en el viaje a Nigeria.

Perdimos a buena gente a la que habrá que sustituir.

Mientras lo hacemos, evaluaré a cada miembro del Equipo Azul y decidiré quiénes seguirán en la escolta.

Todos los que no den la talla serán apartados y reasignados.

—Me parece bien.

Asentí. —Reduciremos sus viajes al mínimo hasta que los dos equipos estén operativos.

Me pondré en contacto con el subdirector de Operaciones y pediré la reasignación temporal de una unidad paramilitar de Ground Branch para protegerle a usted y a su familia.

También pondré de paisano a un par de agentes uniformados de protección para reforzar la escolta.

—Haga lo que tenga que hacer. Pero hágalo rápido, señor Hunter. Quiero volver sobre el terreno en Nigeria lo antes posible. Tres meses como máximo. Ni uno más.

—Que conste —dije—, me parece una idea pésima.

—Tomo nota, pero no es negociable. Viene directamente del propio POTUS. Nigeria es un socio estratégico demasiado importante en el continente africano. No podemos perderla.

Se acercó al monitor de la pared y tocó la pantalla. Apareció otra imagen por satélite. Mostraba unas instalaciones modernas a las afueras de Lagos.

—Este es el Centro Conjunto de Operaciones de Inteligencia —dijo—.

Construido y financiado por la Agencia, por supuesto.

Está dotado de personal de la CIA y de la inteligencia nigeriana.

Debía ser la piedra angular de nuestra colaboración en obtención de inteligencia y lucha antiterrorista.

Keating iba de camino allí cuando se estrelló el avión.

Mi cabeza repasó a toda velocidad los problemas que se avecinaban.

Nigeria era un atolladero. Múltiples facciones en guerra.

Generales renegados. Insurgentes que se hacían pasar por un movimiento religioso.

Al menos media docena de grupos terroristas surgían del caos e intentaban afianzarse. Nada de aquello pintaba bien.

—¿Con quién trabajaba Keating en la Agencia Nacional de Inteligencia de Nigeria? —pregunté.

Pasó otra vez a la siguiente imagen. La pantalla cambió a un primer plano de un hombre alto, delgado, de piel oscura y traje caro. Estaba de pie junto al presidente Goodluck Jonathan en una rueda de prensa.

—Este es Hamza Abubakar, subdirector de la Agencia Nacional de Inteligencia de Nigeria.

Es nuestro principal punto de contacto dentro de sus servicios de inteligencia y dirige el Centro Conjunto de Operaciones de Inteligencia.

El Departamento de Estado dice que es un amigo. No me gustan los amigos que no conozco.

—A mí tampoco —dije.

—Abubakar ha pasado todos los filtros del Centro de Misión de África. Es un militar veterano y condecorado. Formado en Occidente. Habla inglés y francés perfectos. Keating confiaba en él —dijo.

—Ya, bueno, Keating y los demás acabaron esparcidos por media Nigeria, así que quizá deberíamos replanteárnoslo —dije.