Capítulo 4
—Grant, soy Sarah Jane.
Sarah Jane Hampton. Directora de Seguridad de la CIA. Vieja amiga y antigua jefa.
—Hola, Sarah Jane —dije con cautela.
—¿Has visto las noticias? —preguntó, con un tono cortante que reconocí. No era una pregunta inocente. Sarah Jane se preparaba para una pelea.
La verdad era que llevaba más de un año sin prestar atención a las noticias. A propósito. Ya no me interesaba lo que ocurriera en el resto del mundo. Fuera lo que fuese, era problema de otro.
—No —dije—. Y algo me dice que no quiero verlas.
Ella lo pasó por alto. —Hemos perdido un avión, Grant. Hace menos de veinticuatro horas. Cuarenta minutos después de despegar de Abuja. No ha habido supervivientes.
Se me revolvió el estómago. —¿Qué avión? —pregunté, aunque, si Sarah Jane me estaba llamando, ya sabía la respuesta.
—El de ORION —dijo en voz baja, invocando el nombre en clave del hombre que ahora sospechaba que era el difunto director de la CIA.
Cerré los ojos.
Sin que ella dijera una palabra más, probablemente conocería la mitad de los nombres del manifiesto.
Desde luego, todos los agentes del Servicio de Protección del Director y probablemente casi todos los del séquito que siempre acompañaba al director en los viajes al extranjero.
Y, por supuesto, estaba el propio DCI, Robert Keating.
Era, en mi opinión, el primer director en una década que entendía de verdad que la partida que jugábamos no se ganaba ni se perdía en Langley, sino en las calles, los callejones y las sombras de todo el mundo.
—¿Cómo? —pregunté, con la voz más tensa de lo que pretendía.
—Es pronto para saberlo. Los primeros informes apuntan a una detonación en vuelo. Era un avión de la Fuerza Aérea nigeriana. Los pilotos consiguieron emitir un mayday y dijeron algo sobre una pérdida de presurización. Cayeron a unos ciento sesenta kilómetros al este de Lagos.
—Joder —susurré.
Beth me miró preocupada.
—Es una noticia terrible, Sarah Jane —dije—. Pero no veo en qué puedo ayudarte.
—Necesitamos que vuelvas —fue todo lo que dijo.
—Ni hablar.
—Ni siquiera has escuchado lo que te estoy pidiendo.
—No hace falta. Estoy fuera. Llevo más de un año fuera. Ya no soy tu hombre.
Soltó un suspiro pesado al teléfono.
—Nunca fuiste solo mi hombre, Grant. Eras el hombre de la Agencia. Y de esto nunca se sale del todo. Lo sabes tan bien como yo. Sigo la cuenta de Instagram de Beth. ¿De verdad vas a decirme que tu gran plan de jubilación es quedarte sentado en ese caserón tuyo haciendo cerámica el resto de tu vida?
No pude evitar reírme. Ahí me había pillado.
Beth y yo habíamos comprado por impulso un torno de alfarero y un horno después de asistir a una sola clase de cerámica en el Torpedo Factory.
Pensamos que sería una terapia excelente para Beth.
Una forma divertida de recuperar fuerza en el tren superior.
La verdad es que se le estaba dando bastante bien usar el torno para modelar a mano toda clase de macetas, tazas, cuencos y fuentes.
Había colgado fotos de algunas de sus piezas en internet.
Yo, en cambio, apenas era capaz de dar forma a un cenicero.
—Oye, que a mí me gusta hacer cerámica —protesté—. A lo mejor pongo un puesto y vendo tazas de café artesanales en la feria de artesanía de Old Town. O a lo mejor me siento por fin a escribir la próxima gran novela de espías americana. En cualquier caso, estoy fuera del juego. Llama a otro.
Ella se rio. —Mira, te conozco desde hace mucho tiempo.
Y no te ofendas, pero no tienes ni una pizca de talento artístico.
Ni para la cerámica ni para nada. En cuanto a lo de ser el próximo Tom Clancy o Lee Child, también sé que nada de lo que escribieras tendría la más mínima posibilidad de pasar la Junta de Revisión de Clasificación Previa a la Publicación de la Agencia.
Lo censurarían hasta hacerlo desaparecer.
Tenía razón en ambas cosas, por supuesto, pero no pensaba darle la razón.
—Lo siento —dijo, y esta vez la sinceridad de su voz me pilló desprevenido—. Pero te necesitamos. El nuevo director ha pedido personalmente que vuelvas. Vamos a tener que reconstruir la escolta desde cero y quiero tu ayuda para hacerlo. Y más aún: quiere que dirijas tú el equipo.
Era buena. Intentaba ablandarme y hacerme picar. Contra mi buen juicio, mordí el anzuelo.
—¿Quién es el nuevo director? —pregunté.
—Evan Calloway. El presidente lo ha nominado esta mañana y el Senado lo confirmará por unanimidad. Sobre todo después de que filtremos nuestras sospechas de que a Keating le mataron en un ataque dirigido. Calloway ha estado fuera, de vacaciones con su familia. Vuelve a Langley mientras hablamos.
Yo conocía a Calloway. Era el actual subdirector de Inteligencia.
Bueno, en realidad su nuevo título era subdirector de Análisis.
Me había llegado por los canales internos que Keating había emprendido una reforma de «modernización» de la Agencia.
Había rebautizado y reorganizado varias direcciones y creado una docena de centros de misión nuevos.
Con independencia del título que ostentara, Calloway era una leyenda en la Agencia.
Universalmente respetado en Langley y muy bien conectado en todo Washington.
Sarah Jane siguió apretando. —Entiende que lo que le pasó a Keating no fue un accidente. Yo lo conozco. Tú lo conoces. En cuanto lo confirmen, levantará la moral de la Agencia y hará su primer viaje al extranjero en cuanto tengamos una nueva escolta operativa.
—¿A dónde?
—A Nigeria. A terminar lo que Keating empezó. A consolidar la asociación de Estados Unidos con el gobierno del presidente Jonathan.
—¿Vas a llevarlo otra vez al mismo estercolero en el que mataron a Keating y a los demás?
—Yo no. Tú —dijo con firmeza, con la voz plana.
—¿Qué parte del «no» no has entendido?
Sarah Jane soltó otro suspiro largo.
—Grant, es que no tenemos elección. Si Estados Unidos se retira, aunque sea un poco, se interpretará como una señal de que abandonamos a Jonathan.
Y entonces el vacío de poder lo llenarán los chinos, los rusos o algo peor.
El país ya es frágil de por sí. Está al borde de una guerra civil.
Esta visita es una demostración de fuerza para su gobierno.
—O una prueba de nuestra estupidez —murmuré.
Sarah Jane no me llevó la contraria. —Puede que sí, y por eso Calloway te necesita.
Por eso te necesito yo. No estoy completamente loca.
No pienso dejar que entre en Lagos tan campante, con una sonrisa y la picha en la mano.
Vamos a mandar un dispositivo de protección completo, y algo más.
Pero primero hay que montarlo. Y quiere que estés al frente. Tendrás control operativo total.
Vacilé. Era tentador. Pero entonces miré a Beth, que caminaba a mi lado, y recordé lo que aquel trabajo había estado a punto de costarme.
—Lo siento, Sarah Jane. Ya te lo he dicho, estoy fuera. Tendrás que buscar a otro.
—Piénsatelo al menos. Háblalo con Beth —suplicó Sarah Jane.
—No hace falta. Está aquí conmigo. Suerte, Sarah Jane —le solté, y colgué.
Beth me miró con gesto interrogante. —¿De qué iba todo eso? —preguntó mientras tomábamos el sendero de entrada de nuestra casa adosada de doscientos años en Queen Street.
Le conté la mitad de la conversación que no había oído mientras caminábamos.
—Siento mucho lo de tus amigos, cariño —dijo mientras se ocupaba en la cocina.
El ritual de siempre: café para ella y té Earl Grey para mí.
Cuando estuvieron listos, sirvió los líquidos humeantes en dos tazas que habíamos hecho cada uno en nuestro torno.
La suya era delicada y de proporciones perfectas, esmaltada en azules oceánicos; la mía era achaparrada y basta y se tambaleaba un poco al apoyarla en la mesa.
Me hizo un gesto para que la siguiera al porche acristalado.
Nos quedamos un rato en silencio, bebiendo a sorbos y contemplando el pequeño arroyo y el estanque de carpas koi que había construido en el jardín trasero.
Veía a los peces moverse a toda velocidad justo bajo la superficie.
Habían sobrevivido al largo invierno a salvo en el refugio para peces del fondo del estanque.
Por encima de ellos, una pareja de cardenales rojos chapoteaba y se lavaba las plumas en el arroyo.
Eso me recordó que pronto tendría que rellenar los comederos de pájaros y sacar néctar para los colibríes cuando regresaran de su migración por el sur.
Por un momento el mundo estuvo en paz, hasta que el estruendo de una maceta de terracota estrellándose contra el suelo me devolvió a la realidad. Beth se limitó a sonreírme por encima del borde de su taza de café. —Eso te toca a ti —dijo.
—Es un maldito peligro —mascullé mientras me levantaba a evaluar los daños.
Salí al patio y encontré una mesa volcada, una maceta hecha añicos y a Sherman, mi tortuga sulcata de veinticinco kilos, abriéndose paso entre los restos.
Lo había rescatado un par de años antes de una tienda de animales, cuando era lo bastante pequeño para caberme en la palma de la mano.
Ahora tenía el tamaño de una nevera portátil y la actitud de una bola de demolición.
Cuando se ponía en marcha, trataba mesas, sillas, macetas y parterres con idéntico desprecio: bajaba la cabeza y se abría sus propios atajos.
—¿En serio, tío? —le dije al enorme reptil—.
Hace buen día. Por fin puedo sacarte del sótano, ¿y así me lo pagas?
—Me ignoró y centró su atención en comerse un tulipán recién abierto del parterre que había plantado Beth.
Tardé un par de minutos en barrer el estropicio.
Para cuando terminé, Sherman se había zampado tres flores más.
—Como sigas así, Beth va a hacerse unas gafas de concha contigo —le advertí. Me ignoró y siguió masticando.
—¿Habéis tenido una cita de juegos divertida? —preguntó Beth con una sonrisa cuando volví.
—Ningún daño. Salvo que puede que te falten unas cuantas flores. O puede que no —dije.
Su sonrisa desapareció.
—En serio, Grant, si ya has terminado de lidiar con tu dinosaurio de compañía, tenemos que hablar de la llamada de Sarah Jane.
—No hay nada de que hablar. Le he dicho que estoy fuera. No pienso volver.
Beth dejó la taza, alargó el brazo por encima de la mesa y me cubrió la mano con la suya. La luz del sol bailaba sobre el agua a su espalda.
—Sigues dentro, Grant —dijo—. Solo estás fingiendo que no.
—Hice una promesa —le dije.
—Prometiste quedarte conmigo hasta que ya no te necesitara —me recordó—. Ese día ha llegado. Ya no estoy rota. Pero, si no vuelves a la Agencia, me temo que el que va a acabar roto eres tú.
Así era Beth. Más fuerte de lo que nadie le reconoció nunca.
Había tardado más de un año en volver a aprender a andar.
Y más todavía en encadenar más de un par de frases.
Hubo días en que no recordaba mi nombre.
Pero esos días habían quedado atrás. Estaba mucho mejor de lo que sus médicos habían esperado jamás.
—Bueno, es que ahora mismo no puedo volver al trabajo aunque quisiera. La semana que viene vamos al spring game —protesté sin mucha convicción.
Beth soltó un bufido y puso los ojos en blanco. —Anda ya, por favor. Chase lo entenderá si no nos plantamos en Lincoln para verlo hacer un snap con el balón en un entrenamiento glorificado.
Tenía razón. A Chase le daría igual. Los aficionados de los Cornhuskers llenarían el Memorial Stadium con más de ochenta y cinco mil personas para ver el último partidillo de primavera.
Aquella gente estaba loca con su fútbol.
Dicen que los días de partido el estadio se convierte en la tercera «ciudad» más poblada del estado.
A nosotros dos no nos echarían de menos.
Aunque probablemente habríamos sido los dos únicos aficionados del recinto animando al chaval que juega en la posición más desconocida del equipo.
Al fin y al cabo, ¿cuánta gente sabe siquiera qué hace un long snapper , el que hace el snap largo en las jugadas de despeje?
Chase siempre decía que no quería que nadie supiera su nombre, porque la única vez que se menciona a un long snapper es cuando la caga.
—¿Y el plan de conocer a esa chica, Michaela, con la que sale? —ofrecí, agarrándome a un clavo ardiendo.
Beth volvió a poner los ojos en blanco. —Seguro que tendremos muchas otras ocasiones de conocerla. Parece que le gusta de verdad. Yo solo me alegro de que por fin salga con una NARP en lugar de con otra maldita gimnasta —dijo con una sonrisa.
Ahora me tocó reírme a mí. NARP significaba «persona normal, no atleta», según nos lo había explicado Chase.
Un cambio para él, después de pasar meses enteros encerrado veinticuatro horas al día en las residencias sin nadie más que atletas de división uno.
Aquello no le había ido demasiado bien en el terreno sentimental.
El equipo femenino de gimnasia había declarado a nuestro hijo persona non grata después de que saliera con la mitad de las titulares, una detrás de otra, y las dejara, o ellas lo dejaran a él.
Puede que salir con una NARP fuera justo lo que necesitaba.
El humor de Beth volvió a cambiar. —Además —dijo con picardía—, tenemos que pagar una boda. Tienes que volver a la mina a ganar algo de dinero.
—Sí, sí, sí —mascullé.
Entonces subió la apuesta. —A lo mejor incluso dos bodas —bromeó, retorciendo un poco más el cuchillo en la herida—. Creo que lo de Hailey y tu amigo el espía ruso va bastante en serio.
—¡Ni se te ocurra bromear con eso! —salté—.
Primero, era mi activo, no mi amigo. Segundo, no me gustaría estar en su piel cuando por fin confiese y le diga a Hailey que es un agente doble del SVR y no un consultor de gestión internacional, o la trola que le haya contado como tapadera. Le va a dar una paliza.
Beth sonrió. Sabía que yo no andaba desencaminado.
Me había saltado unas cuantas cláusulas de confidencialidad al contarle a Beth la verdad sobre Alex Shushunov: comandante del Ejército de Estados Unidos, piloto de helicóptero condecorado y espía ruso.
Él juraba que conocer a Hailey mientras visitaba a su familia en Chicago había sido una casualidad.
Nada más. Yo no le creía, pero el hombre había ayudado a salvarme la vida una vez, así que quizá le concediera el beneficio de la duda.
Beth me miró a los ojos. —Estoy bien. Los niños están bien. No te preocupes por mí. No te preocupes por nosotros. —Y con un último apretón de mi mano, susurró—: Ve a llamar a Sarah Jane.