Niégalo Todo (Grant Hunter 2) Capítulo 2
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Capítulo 2

La primavera había llegado pronto a Alexandria, Virginia.

La brisa, insólitamente cálida, que llegaba del Potomac olía a flores abiertas y a calles adoquinadas empapadas de lluvia.

Dulce e intenso, ese olor que solo aparece el primer día bueno tras un invierno largo y terco.

Beth y yo paseábamos frente a los muros de ladrillo claro del Torpedo Factory Art Center, cogidos de la mano, con su pulgar trazando círculos lentos y deliberados sobre mi muñeca.

Unos noventa metros más adelante, me apretó la mano un poco más fuerte, como hacía siempre que pasábamos por el cenador junto al río donde le había pedido matrimonio casi treinta años antes.

No pude evitar sonreír y recordar aquel día.

Era mediados de mayo y yo acababa de volver de una misión de tres semanas en el extranjero.

Formaba parte del equipo de avanzada de un viaje del DCI a Europa y Oriente Medio.

Mi compañero y yo habíamos hecho la avanzada de las paradas en París e Izmir, en Turquía.

Las dos salieron bien. Sin dramas. Justo como debía ser.

De vuelta a casa desde Izmir, tuvimos una escala de veinticuatro horas en Ámsterdam.

En cuanto aterrizamos en el aeropuerto internacional de Schiphol, planté a mi compañero y me fui al barrio de los diamantes, en pleno centro.

Sin apenas informarme, deambulé por aquellas calles estrechas y sinuosas hasta que me metí en el primer sitio que vi con un escaparate reluciente.

En menos de una hora me había ganado al vendedor, había esbozado el diseño de un anillo de compromiso, había elegido un deslumbrante diamante de talla marquesa y había reventado el límite de mi American Express.

El orfebre de la tienda se pasó la noche trabajando en el anillo.

A la mañana siguiente lo recogí, le di las gracias y volé de vuelta a casa.

Puede que se me olvidara declarar el anillo al pasar la aduana en el aeropuerto de Dulles, o puede que no, pero estoy bastante seguro de que aquella pequeña infracción prescribió hace mucho.

Beth se había mudado a mi casa la primavera anterior. Para gran disgusto de su escandalizada madre, bautista del sur, que había apretado los labios y murmurado entre dientes algo sobre «vivir en pecado».

Con el contrato de alquiler de su piso de McLean a punto de vencer, tenía sentido económico que Beth viviera conmigo en mi modesta casa adosada de dos dormitorios y un baño, a la sombra del templo masónico de Alexandria.

No tenía ningún sentido pagar el alquiler de otro piso que acumulaba polvo mientras ella dormía casi todas las noches en mi cama.

Otra cosa que su madre tampoco aprobaba.

Apenas había llegado a casa desde el aeropuerto y ya el anillo me quemaba en el bolsillo.

Sin planearlo apenas, le pregunté a Beth si le apetecía salir a tomar un helado y dar un paseo junto al río.

La llevé hasta el cenador de la orilla, hinqué una rodilla, dije algo romántico que olvidé en cuanto salió de mis labios y le pedí que se casara conmigo.

Por suerte, aquello fue mucho antes de la llegada de las redes sociales y de esa necesidad constante de documentar cada acontecimiento vital para exhibirlo en internet.

No había ningún fotógrafo escondido entre los arbustos para capturar el momento, ni una congregación de amigos y familiares esperando para irrumpir con globos y confeti.

Solo estábamos los dos, el suave chapoteo de las olas contra los pilotes de madera y sus ojos abriéndose de par en par mientras decía «sí».

Bueno, técnicamente eso no es del todo cierto.

La chica se quedó tan impactada que al principio no dijo ni una palabra.

Como mucho consiguió asentir una o dos veces con la cabeza antes de que le fallaran las rodillas.

A día de hoy, nunca ha llegado a decir «sí».

Pero después de treinta años, calculo que a estas alturas ya no puede librarse de mí.

Con las prisas por declararme, había cometido una pequeña falta de etiqueta y no le había pedido formalmente su bendición al padre de Beth.

Tampoco me preocupaba. Confiaba en que un anillo de diamante en su dedo disiparía cualquier resto de indignación moral de su madre y, por extensión, haría mucho más llevadera la vida de su padre en casa.

Resultaba apropiado, por pura simetría, que mientras pasábamos por el lugar donde nos habíamos prometido, Beth y yo habláramos de nuestra hija, Torie, y de su próxima boda con su novio del instituto.

Después de ir a universidades distintas, los dos habían retomado la relación hacía unos años, cuando Beth estaba enferma.

Su ahora prometido, Chris Cattano, había seguido a Torie hasta Michigan, donde ella se había graduado en Derecho y ahora trabajaba como abogada de empresa para uno de los Tres Grandes fabricantes de automóviles.

Hacía poco se habían comprado una casa en Grosse Pointe, un barrio histórico a orillas del lago, a pocos kilómetros de Detroit.

Chris había hecho las cosas como es debido.

Después de pasar una mañana fresca recorriendo campos en busca de faisanes, me había invitado a comer para pedirme permiso para casarse con nuestra hija.

Yo había accedido encantado. Unas semanas más tarde, estando en Europa por trabajo, se había desviado hasta Ámsterdam expresamente para visitar la misma pequeña joyería donde yo había comprado el anillo de Beth décadas antes.

A Torie, siempre la sentimental de la familia, el gesto le había arrancado lágrimas.

La experiencia de Chris en transporte marítimo y logística internacional le venía muy bien en el despiadado sector automovilístico de Detroit, donde las cadenas de suministro se extendían por varios continentes y los componentes críticos llegaban a la Motor City desde decenas de países.

La empresa global de importación y exportación que había montado hacía poco con varios socios extranjeros mostraba un potencial real, aunque un socio en concreto había hecho saltar una alerta cuando consulté los registros de la Agencia sobre la empresa.

Iba a tener que hablar de eso con Chris.

A nuestro alrededor, la primavera estallaba en un alboroto de sonido y color.

Los chillidos de los niños llegaban desde el parque infantil, las gaviotas graznaban en lo alto y los barcos turísticos avanzaban resoplando por el río.

La risa suave de Beth se entretejía en aquel coro de sonidos y sentí como si el mundo hubiera renacido solo para nosotros. Era un día perfecto.

Y eso me daba un miedo de mil demonios.

Beth llevaba catorce meses despierta. Catorce meses desde que había salido de un coma de dos años.

Catorce meses desde que entré en su habitación del hospital, donde ella levantó la vista hacia mí y susurró mi nombre.

En ese instante, su voz me había apartado del borde de la desesperación y la autodestrucción.

Ella me había salvado a mí, después de que yo no hubiera podido salvarla.

Cada día desde entonces había sido un regalo que no merecía.

Por eso, cuando vi a los tres merodeando cerca del paseo marítimo, no lo dudé.

Le apreté la mano con más fuerza, con cuidado de no presionar demasiado el dedo que se había destrozado años atrás al pillárselo con el cajón de una caja fuerte.

Sin decir palabra, la guié con suavidad al otro lado de la calle.

Beth notó el cambio al instante, no vaciló y se limitó a seguirme.

No había sido agente de campo en su etapa en la Agencia, pero no pasas décadas con un oficial de la CIA sin aprender a leer el lenguaje corporal.

—¿Qué pasa? —preguntó en voz baja.

—Solo unos críos —dije.

Ella siguió mi mirada. Tres adolescentes con vaqueros anchos, cabezas rapadas y tatuajes en el cuello.

Habían encontrado a una pareja de turistas y los estaban acosando cerca de la entrada del puerto deportivo.

Dos increpaban con agresividad al hombre mientras el tercero hacía comentarios obscenos e intentaba sacar de quicio a la mujer.

Los tres se pavoneaban y se reían demasiado alto.

Se esforzaban demasiado por parecer duros ante el público que tenían alrededor.

—Solo están haciendo el tonto —dijo Beth.

—Puede —contesté, pero no me lo tragaba. Nos colamos entre dos coches aparcados y crucé Union Street con ella, dando un rodeo para mantenernos lejos de aquellos chavales.

Hubo un tiempo, no hacía mucho, en que quizá me habría ocupado yo mismo de ellos por la simple ofensa de arruinar una agradable mañana de primavera.

Pero hoy no. Yo era otro. Hacía más de un año que me había retirado de la Agencia.

Que se ocupara otro. «Ni es mi circo ni son mis monos», como dice el refrán. O eso creía yo.

Justo cuando parecía que estábamos a salvo, vi que los muy capullos sí que nos habían visto.

Se volvieron hacia nosotros, se les endurecieron las facciones y ladearon la cabeza, ahora interesados.

Nada le resulta más dulce a un depredador joven que el olorcillo del miedo o la idea de una presa fácil.

Y Beth, hermosa y de aspecto delicado, moviéndose con cuidado porque su cuerpo aún se estaba recuperando, les parecía un blanco fácil.

La conduje por otra bocacalle, junto a una hilera de viejos almacenes de ladrillo que habían encontrado una nueva vida albergando boutiques y cafeterías en la planta baja y carísimos lofts arriba.

No tenía prisa y mantuve un paso lento y despreocupado, como si solo estuviéramos dando un paseo.

Que era lo que estábamos haciendo. Tenía toda la intención de evitar el enfrentamiento, pero, si era inevitable, me aseguraría de que ocurriera en el momento y el lugar que yo eligiera.

Detrás de nosotros oí unos pasos arrastrados.

Beth miró atrás. Sus ojos, antes verdes como piedras de río, se habían oscurecido desde el coma.

Ahora había algo en su mirada. Algo más hondo, más duro.

No era miedo. No era preocupación. Era determinación.

Una vez había sido víctima y no iba a permitir que volviera a ocurrir.

Nos metimos por un callejón entre dos edificios centenarios.

Uno lo habían convertido en un bar de vinos de lujo.

El otro era una de las pocas tiendas de tabaco que quedaban en la ciudad, y la única donde todavía podías sentarte a disfrutar de un puro.

El olor a cabernet añejo y a tabaco intenso llenaba el callejón.

Miré a mi alrededor. No brillaba ninguna cámara en lo alto y el callejón estaba desierto.

En el extremo opuesto, un tramo corto desembocaba de nuevo en el paseo del río.

Perfecto.