Niégalo Todo (Grant Hunter 2) Capítulo 1
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Niégalo Todo (Grant Hunter 2)

Niégalo Todo (Grant Hunter 2)

Por Scott Urbach

© inepub.com

Capítulo 1

Visto en retrospectiva, comer aquella comida grasienta del carrito de un vendedor ambulante frente al hotel de Abuja había sido una mala decisión. —¿En qué demonios estaba pensando? —murmuró para sí.

La última media hora de su vida había sido una sinfonía de arrepentimiento gastrointestinal, dirigida en el lavabo de acero, espartano, de la cola del aparato.

En algún punto sobre la sabana nigeriana, el agente novato había hecho las paces con la idea de morir boca abajo, con los pantalones por los tobillos, en un retrete de grado militar.

Sería un final poco glorioso para su breve carrera en el Servicio de Protección del Director (SPD).

Una vergonzosa nota a pie de página en el informe anual de bajas de la CIA.

Sorprendentemente, un Dios misericordioso le había ahorrado esa indignidad. De momento.

El gran avión de transporte retumbaba bajo sus pies.

Sus cuatro motores rugientes confirmaban que seguían en el aire, en el breve trayecto de hora y media desde la capital, Abuja, hasta la bulliciosa ciudad portuaria de Lagos.

Aquel tramo del viaje era solo un capítulo más de lo que había sido una visita desastrosa para el director de la CIA.

El objetivo declarado era reforzar el apoyo al presidente nigeriano Goodluck Jonathan y a su acosado gobierno.

En vez de eso, había sido un desfile de cambios de agenda de última hora, incumplimientos del protocolo y logística chapucera a cada paso.

La intoxicación alimentaria de Fuller era la manifestación literal del puto desastre que había sido aquel viaje desde el principio.

Aquel vuelo era un buen ejemplo del caos con el que llevaba lidiando la escolta del director los últimos dos días.

El presidente Jonathan debía viajar con el DCI de Abuja a Lagos.

Había llegado incluso a estrecharle la mano al director en la pista, todo sonrisas.

Después, sin dar explicaciones, el siempre paranoico Jonathan se desvió y embarcó en otro aparato que esperaba, murmurando algo sobre unas consultas «personales y privadas» con varios de sus ministros.

Ni siquiera los oficiales de enlace de la Agencia Nacional de Inteligencia de Nigeria (NIA) lo vieron venir.

Al director no le hizo ninguna gracia, y se encargó de que todo el mundo lo supiera.

Desde quien estaba al frente de la base de la Agencia en Abuja hasta el pobre auxiliar que servía el café a bordo, no se libró nadie.

Cuando no tenía la cabeza metida en el váter, Fuller había oído al DCI reprender a gritos a Mike Anderson, el jefe de la escolta, por el último desaguisado.

Y eso que nada de lo ocurrido en los dos últimos días había sido culpa de Anderson.

No había forma humana de que hubiera podido predecir, ni impedir, que el presidente nigeriano se subiera a un avión completamente distinto.

La reacción inmediata de Anderson había sido cancelar el viaje a Lagos.

El protocolo era claro: el DCI debía volar con el presidente Jonathan en su aparato.

Si el presidente no iba a estar presente, Anderson quería cancelar el viaje o, como mínimo, retrasarlo.

Quería tiempo para preparar el C-17 Globemaster de la Fuerza Aérea estadounidense, mucho más cómodo —y más seguro—, que esperaba en el otro extremo del aeródromo.

Era el que los había llevado en el largo trayecto desde Joint Base Andrews, a las afueras de Washington D.C. , hasta Abuja.

Por desgracia para Anderson, el DCI ni se planteó esa opción.

Subió hecho una furia al avión nigeriano y exigió despegar de inmediato.

Lo máximo que pudo hacer Anderson fue avisar a toda prisa al equipo de avanzada de Lagos de que el director y el presidente llegarían ahora en aparatos distintos.

Eso garantizaba que todo el plan de recepción y seguridad se fuera al traste.

Lo único que le salía bien a Anderson era que Bill Dixon los esperaba sobre el terreno en Lagos.

Era un miembro veterano de la escolta. Anderson podía contar con que Dixon lo tendría todo impecable antes de que el avión aterrizara.

Una nueva oleada de retortijones le sacudió las tripas a Fuller.

Se apoyó en la pared del fuselaje y esperó a que pasara el dolor, dejando que los veteranos del equipo se ocuparan de todo el drama de la agenda.

Con los ojos escocidos por el sudor y la cabeza martilleándole, respiró hondo y evaluó la escena a su alrededor.

La bodega de carga del enorme aparato distaba mucho de estar en silencio, pero con el tiempo Fuller se había acostumbrado al zumbido ronco de los motores.

Casi resultaba reconfortante. Filas de asientos tipo avión comercial, atornillados al suelo, ocupaban el centro del espacio, donde el DCI y su equipo hablaban en corrillo.

Los oficiales de inteligencia nigerianos ocupaban los asientos abatibles de lona del lado izquierdo; sus homólogos de la embajada estadounidense se sentaban a la derecha.

Fuller se preguntó un momento si lo correcto sería decir «babor y estribor», como en un barco. Le pareció que no.

Entonces lo oyó. Una voz, baja y desesperada.

Las palabras eran en hausa, quizá. O en árabe.

Costaba oírlas por encima del rugido de los motores.

Los ojos de Fuller se dirigieron hacia la cola del avión.

Con aquella luz mortecina era difícil ver.

La zona de carga estaba abarrotada de suministros médicos de ayuda humanitaria que iban a distribuirse entre los hospitales de Lagos.

Unos pasos más y Fuller vio el origen de los susurros.

Un oficial de la NIA estaba agachado junto a un palé de carga, en el rincón más alejado de la bodega, medio oculto tras una pila de cajas cubiertas con lona.

Se mecía adelante y atrás como quien reza, con los labios moviéndose deprisa mientras las lágrimas le trazaban surcos silenciosos por las mejillas.

Acunaba una granada entre las manos.

El tiempo se ralentizó. Fuller la reconoció al instante: una granada antipersona M67.

Fabricación estadounidense, esférica. Conocida por generaciones de militares norteamericanos como «granada de béisbol».

Diseñada para imitar el tamaño y la forma de un objeto que casi cualquier soldado sabría lanzar.

Fuller no sabía si en Nigeria se jugaba siquiera al béisbol; tampoco es que importara en ese momento.

Al hombre le temblaban los dedos alrededor de la palanca de seguridad.

Peor aún: la anilla estaba fuera. Fuller la vio en el suelo, delante de él.

Un espasmo y la cuchara saltaría y armaría la granada.

Un descuido y toda la cola del avión desaparecería.

—Eh —dijo Fuller. Su voz sonó baja, tranquila, controlada.

El hombre no reaccionó.

Fuller dio un paso adelante, luego otro. Aunque llevaba la Glock 19 reglamentaria de la Agencia enfundada bajo la chaqueta, allí no le servía de nada. Mantuvo las manos a la vista, con las palmas hacia arriba.

—Eh —repitió—. Me llamo Zach. Soy de la CIA. Hablemos.

El oficial nigeriano parpadeó al mirarle. Tenía la cara de ébano empapada en sudor, los labios agrietados, los ojos muy abiertos por el pánico puro.

—Tienen a mis hijos —susurró en inglés—. Tienen a mi mujer. En nuestra casa de Maiduguri. Dicen que, si no completo la tarea, los matarán. Decapitarán a mi hijo. Violarán a mi mujer y a mi hija de seis años. Me obligarán a mirar.

—No tienes por qué hacer esto —dijo Fuller, acercándose poco a poco—. Podemos ayudarte. La Agencia puede ayudarte. Los encontraremos. Rescataremos a tu familia. Los sacaremos de allí.

—Han dicho que debo hacerlo antes de que el avión aterrice —sollozó el hombre—. Tengo que obedecer. Sarkin Duhu lo sabe todo. Observa desde las sombras.

Fuller se tensó. No sabía quién ni qué era Sarkin Duhu. Pero no sonaba nada bien.

—Te lo juro —dijo Fuller—, el presidente ni siquiera va a bordo. Va en otro vuelo. Si lo que intentas es matarle, ya has fracasado.

El hombre se estremeció como si le hubieran golpeado.

—¿Qué? —dijo, conteniendo las lágrimas—. Usted miente.

—No, no miento. Jonathan no está en este avión —repitió Fuller—. El presidente salió de Abuja en otro aparato. No está aquí.

Los labios del hombre se entreabrieron. Luego se cerraron. Por un segundo, algo parecido a la esperanza le brilló en los ojos. Después se apagó con la misma rapidez.

—Sarkin Duhu lo sabrá. Ve a través de las mentiras. Oye cada palabra. Si no obedezco, si fracaso, mi familia morirá entre gritos.

—Te estoy diciendo la verdad. Déjame ayudarte. No estás solo.

—Ya estoy muerto —susurró el hombre, con la voz apenas audible mientras se tragaba las lágrimas.

—No, no lo estás —dijo Fuller en voz baja, dando otro paso lento hacia delante—. No lo estás. No lo estamos.

El hombre cerró los ojos y empezó a murmurar una oración.

Fuller no pensó. Se movió. Una descarga de adrenalina le recorrió las venas cuando se lanzó hacia delante y salvó la distancia en una fracción de segundo.

Chocó con fuerza contra el hombre y le empujó de espaldas contra las cajas.

La mano izquierda le salió disparada y se cerró sobre la granada, apretando la palanca contra la palma del nigeriano.

Notó el metal frío de la granada y olió el sudor y el terror puro que desprendía la piel de aquel hombre.

El nigeriano gritó, más de miedo que de dolor, y se revolvió con violencia. Cayeron a la cubierta, con las extremidades enredadas y las rodillas resbalando sobre el suelo de acero. Los dos forcejeaban por hacerse con el control de la granada.

—¡No! —bramó Fuller—. ¡Podemos parar esto! ¡Podemos encontrar a tu familia!

Pero la desesperación del hombre se había convertido en pánico ciego. El nigeriano liberó la mano de un tirón. El agarre de Fuller cedió. Vio saltar la cuchara y dar vueltas en el aire. Cayó al suelo con un tintineo sordo.

Cuatro segundos.

Fuller gritó y le arrancó la granada de la mano. En un movimiento desesperado, la lanzó a un hueco estrecho entre dos palés de carga apilados con cajas macizas. Esperaba, contra todo pronóstico, contener la explosión lo suficiente para evitar daños críticos en el avión.

No funcionó.

La granada estalló. Al principio, más luz que sonido. Un fogonazo blanco y cegador, seguido de una onda expansiva que levantó a Fuller de la cubierta como a un muñeco de trapo y le lanzó hacia atrás. Cayó con fuerza contra un montante de acero que sostenía un tabique interior de la cabina.

Todo se volvió rojo. Luego negro. Después llegó el ruido. Gritos, alarmas, el chirrido metálico del acero desgarrándose.

La granada había detonado cerca del mamparo del lado izquierdo, justo detrás de la zona principal de asientos.

La explosión atravesó la cabina como una guadaña.

La metralla segó a los oficiales de la NIA más cercanos.

A uno le reventó el pecho de dentro afuera.

Otro cayó gritando, con las piernas destrozadas, aferrado al muñón donde antes tenía la mano izquierda.

La onda de presión arrancó dos filas de asientos y desgarró los anclajes del suelo. Las cajas de carga reventaron y desparramaron su contenido por la bodega. Un agujero del tamaño de una mesa de reuniones se abrió en el fuselaje y succionó restos y cuerpos hacia el vacío y el aire libre.

El avión dio un bandazo violento hacia la izquierda.

Las mascarillas de oxígeno cayeron de los paneles superiores y se agitaron en el aire como serpientes.

La gente gritaba en varios idiomas. Las alarmas aullaban en protesta electrónica.

Las luces de alarma bañaban el interior de un rojo palpitante.

Un segundo quejido, más profundo, llegó desde abajo.

Metal que protestaba bajo tensión. Sistemas que fallaban uno tras otro en rápida sucesión.

En la cabina de vuelo, los pilotos luchaban por recuperar el control del aparato dañado. —¡Mayday, mayday, mayday! Aquí Lion Cinco-Siete. Hemos sufrido una brecha en el fuselaje y pérdida de presurización. ¡Iniciamos descenso de emergencia!

El morro del avión dañado se inclinó hacia abajo en un picado que revolvía las tripas.

Fuller despertó parpadeando, desplomado contra la pared, con un oído pitándole y el otro húmedo de sangre.

Aunque había sido el más cercano a la explosión, el pesado palé de carga le había protegido de gran parte de la onda expansiva.

Tenía el hombro izquierdo dislocado o roto, no sabía cuál.

La pierna izquierda le quedaba en un ángulo extraño.

La sangre se encharcaba debajo de él y veía el hueso asomando por un desgarrón del pantalón del traje.

El humo espesaba el aire, amargo y químico, cargado de queroseno y nailon quemado.

A su alrededor reinaba el caos.

Los miembros supervivientes del Servicio de Protección del Director arrastraban al DCI hacia la cabina de vuelo, escudándole con sus propios cuerpos, en un intento inútil de escapar a lo inevitable.

Un funcionario de la embajada yacía boca abajo en el pasillo, inmóvil.

Un oficial nigeriano, con el uniforme empapado en sangre, intentaba aplicar un torniquete en el muslo destrozado de un compañero.

Otro hombre se sujetaba la cara, tratando en vano de volver a meterse el ojo derecho en la cuenca.

El viento rugía por el boquete del fuselaje y convertía la bodega de carga en un túnel improvisado.

Volaban papeles. La sangre se pulverizaba.

Una mujer gritó mientras el viento la arrastraba fuera del aparato dañado.

Fuller se recostó y pensó en su familia.

En su preciosa mujer y en sus dos hijos gemelos de cinco años.

Se había criado como hijo de un pastor y era un hombre de fe.

Creía en el cielo y en la gloria de Dios.

En su corazón, sabía que algún día volvería a ver a los suyos.

Con una última mirada alrededor, supo que no había nada que hacer para salvar el avión.

Iban a estrellarse. Antes de que ocurriera, quedaba una última cosa que tenía que hacer para poder descansar.

Metió la mano en la chaqueta del traje y sacó un bolígrafo.

En la cabina, la tripulación siguió peleando con los mandos, que no respondían, durante todo el descenso.

El piloto viró con fuerza, intentando en vano evitar una loma que se acercaba a toda velocidad.

El primer impacto arrancó el ala izquierda.

El segundo partió la cola en dos. El resto del fuselaje se deshizo como un melón demasiado maduro y derramó carga, cuerpos, restos y fuego mientras rodaba por la llanura africana.