Niebla mental 3
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Volvimos a comisaría bajo el cielo encapotado de una madrugada que no parecía tener fin .

E l silencio en el coche patrulla era espeso, apenas roto por el murmullo de las ruedas sobre el asfalto mojado.

Ram í rez me miraba de reojo cada tanto, como si no terminara de creer lo que acababa de oír .

O tal vez era porque, por primera vez desde que me conoce, me vio dudar.

—Entonces… ¿me estás diciendo que la ex de Daniel, que también fue la directora del Proyecto Libertad, y que además estaba dada por desaparecida, ahora es una especie de hacker en la sombra con nombre de supervillano?

Asentí sin mirarlo, con el USB entre los dedos. No había dejado de girarlo una y otra vez desde que salimos de aquel lugar. Tenía la sensación de que ese pequeño objeto era como una llave... o una bomba.

—Y que Jorge, el intocable, el jefe de prácticamente todo, el tipo que da los buenos días como si te hiciera un favor , está metido hasta el cuello en un experimento encubierto que, según tú, ha destrozado vidas y manipulado expedientes médicos ?

—No lo digo yo, lo dice esto —le respondí alzando el pincho—.

—¿Y tú te crees todo eso?

Le lancé una mirada seca, sin perder el rumbo de la carretera.

—¿Acaso tenemos algo mejor que hacer esta noche?

Ram í rez soltó una risa nerviosa y negó con la cabeza.

—Nada más interesante, desde luego.

En cuanto llegamos, bajamos a mi despacho y pedí un terminal seguro, uno sin conexión a red, completamente aislado, como dictaba el protocolo en estos casos.

No podíamos permitirnos que el contenido se filtrara o que activara algún sistema de rastreo.

El pincho parecía dormido sobre el escritorio, pero en mi cabeza lo oía latir como un corazón encendido.

Lo inserté y l a pantalla parpadeó . U n archivo, solo uno, sin nombre. Lo abrí.

Al principio, todo parecía incoherente: gráficos médicos, transcripciones de sesiones psicológicas, grabaciones con códigos numéricos en el nombre, partes de vigilancia, informes clínicos manipulados.

Pero al ir bajando, la historia empezó a hilvanarse sola, como si alguien lo hubiera diseñado todo para que entendiéramos exactamente lo que estaba en juego.

—Santo cielo… —murmuró Ram í rez mientras leía a mi lado— ¿Esto es real?

Un documento en particular me heló la sangre: un informe de seguimiento a un sujeto identificado como “Paciente Alfa”. La foto adjunta no dejaba lugar a dudas. Era Daniel. En una cama de hospital. Intubado. Inconsciente.

Fecha: una semana después del accidente. Comentario del médico al pie del informe: "No se notificará a familiares hasta nuevo aviso. Instrucciones del supervisor directo: J.V."

—Ram í rez… esto no es un caso. Es una maldita conspiración.

Cerré el documento, me recosté hacia atrás y respiré hondo. Habíamos abierto la caja de Pandora. Y lo peor no era lo que habíamos visto. Lo peor… era todo lo que aún quedaba por descubrir.

Me levanté de la silla, apagando la pantalla del ordenador y dejando que el cansancio me golpeara. El aire en la comisaría estaba cargado, como si el lugar supiera lo que estaba a punto de suceder.

Sabía que hacer un trato con alguien que tenía tanto que perder como que ganar. Pero si había una oportunidad de encontrar a Macarena, tenía que tomarla.

Daniel había regresado del infierno. Pero ahora me preguntaba si sería capaz de volver a enfrentarse a los fantasmas que había dejado atrás.

Las piezas empezaban a encajar, pero a un ritmo que daba más miedo que claridad.

Si Deep Code estaba implicada en todo esto, y si Venados estaba detrás de lo que le pasó a Macarena, entonces el asunto no era solo un secuestro o un caso de conspiración.

Esto era una venganza que qui é n sabe dónde iba a terminar.