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La noche era tan densa que parecía haberse tragado la ciudad, me encerré en el despacho con el teléfono móvil desechab le que acababa de conseguir, saque la tarjeta que me había entregado. La llamé. Tres tonos. Una voz encriptada por la calma.
—¿Ya has tomado una decisión?
—Lo vamos a hacer —dije sin rodeos—. Pero hay una condición.
Silencio al otro lado, podía escuchar su respiración contenida, la misma que se tiene cuando uno presiente que algo grande está a punto de pasar.
—Tú serás el cebo.
La pausa fue más larga esta vez, lo suficiente para que me planteara si había cortado, pero no. Lo siguiente que escuché fue una carcajada baja, amarga, casi condescendiente.
—¿Quieres poner a la persona más buscada por Jorge como anzuelo en su propia trampa? —respondió con tono irónico—. Vaya, oficial Gutiérrez... al final tienes más agallas de lo que pensaba.
—Tú misma dijiste que quieres terminar con esto . E sta es tu oportunidad de redención, hazlo por los que aún pueden salvarse. Por Daniel. Por Macarena. Por ti. Tardó unos segundos más. Luego, con esa firmeza suya que parecía una mezcla de rabia y resignación, dijo:
—Dame una hora. Tengo algo que ponerme.
Colgué y miré a Ram í rez, que me observaba desde la puerta con los brazos cruzados.
—¿Le has dicho que va a ser el cebo?
Asentí.
—¿Y qué ha dicho?
—Que se va a vestir para la ocasión.
Ramirez chasqueó la lengua, se ajustó la chaqueta y soltó una risa tensa.
—Esto va a ser histórico… o una monumental cagada.
Cuando llegamos al punto marcado por Deep Code, aún con las ruedas del coche humeando por la frenada, supe que no era un sitio cualquiera. Era el tipo de lugar en el que algo importante iba a pasa r.
Ramírez bajó primero, revisando los alrededores con la mano ya en el arma. Yo lo seguí, sin decir nada. No hacía falta: el aire lo decía todo. Había tensión. Una electricidad rara, de esas que te erizan la nuca antes de que suene el primer disparo.
Allí estaba Deep Code, esperándonos.
—¿Estás preparada? —le pregunté.
Ella me sostuvo la mirada . P or primera vez sin máscara. Sin doble fondo. Solo verdad. Asintió.
—Solo haz tu parte, Ramirez .
Le coloqué el micro en el cuello, justo bajo el cabello recogido. Luego el chaleco antibalas, ajustado bajo la chaqueta. El clic del velcro fue como el de una cuenta atrás.
—¿Te duele? —le pregunté al ajustarlo.
—Lo que duele es no hacer nada —respondió.
Gutierrez nos interrumpió desde el coche.
—Las unidades ya están en posición. Solo falta tu orden, inspector.
—Mi socio ya está dentro —dijo Deep Code señalando una pantalla que parecía mostrar el interior de la nave en la que estábamos a punto de entrar.
J orge caminaba de un lado a otro, con la pistola en la mano. Macarena y Daniel a pocos pasos . No podíamos esperar más.
Me puse el auricular. Hablé firme:
—Iniciamos el operativo. Que nadie dispare sin mi señal. Esta vez no hay margen para errores.
El dron zumbó en la distancia, como una avispa invisible. La cacería había comenzado.