Niebla mental 2
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Esa noche, mientras revisaba los informes en mi apartamento, recibí un mensaje encriptado de Deep Code . L o descifré con el software que ella misma me había indicado usar.

“ Tienes razón, oficial. Esto es más grande de lo que imaginas. Si estás listo para saber la verdad, te mando ubicación y mañana podrás abrir los ojos. Pero recuerda, no hay marcha atrás ” .

El mensaje incluía una dirección . U na zona industrial abandonada en las afueras de la ciudad. El lugar perfecto para un encuentro clandestino.

Sabía que era un riesgo, pero no tenía otra opción . Daniel tenía razón en algo: el tiempo corría, y cada segundo que pasaba era un paso más hacia el olvido para Macarena.

Nunca me gust ó ir por libre, pero me fiaba de muy pocas personas . P or eso habl é con Gutierrez, que me esperar ía al final de la calle. Y a llí estaba yo, con el viento de la madrugada acariciándome la cara, y una figura de espaldas que parecía haber salido de una película de espías.

—Pensé que no ibas a venir —le dije, sin sacar las manos de los bolsillos.

La silueta se giró con lentitud, el rostro permanecía parcialmente oculto bajo una capucha oscura, pero su voz... su voz era inconfundible. Metálica, medida, como si cada palabra hubiese sido ensayada mil veces.

— Ramirez , tú y yo tenemos más en común de lo que crees.

Me crucé de brazos, midiendo el terreno.

—¿Tú eres Deep Code? ¿Así es como te haces llamar?

Asintió una vez.

—Ese nombre lo escogió alguien más por mí. Yo sólo me aseguré de que nunca lo olvidaran.

—¿Y qué hago yo aquí? —pregunté, aunque ya sabía la respuesta.

Deep Code caminó despacio hacia mí , contemplando la ciudad como si fuera su tablero de ajedrez.

—Porque tú puedes acabar con él . Te hemos estado observando, eres la única persona que cree que hay algo raro aquí, que has seguido investigando, el único que realmente cree que Macarena existe, nadie m á s la está buscando.

—Y, sin embargo, tú también estás aquí —le dije, cruzándome de brazos, todavía procesando lo que acababa de oír— . ¿Por qué arriesgarte?

Deep Code me sostuvo la mirada. Tenía los ojos de alguien que ya lo había perdido todo.

—Porque si no hago esto ahora, mañana seré historia...

y no precisamente una con final feliz — hi zo una pausa breve, cargada de resignación—.

Jorge es un genio, no puedo negarlo . C onstruyó un sistema tan perfecto que podría desaparecer hoy mismo y seguiría funcionando sin él durante años .

P or eso yo tenía que ocupar su lugar. Él lo sabía, me empujó a hacerlo, me metió hasta el fondo.

Yo firmé cada informe, cada autorización, seleccioné a cada sujeto, mandé incluso borrar los rastros de Macarena .

Y sí, fui yo quien la ayudó a escapar. El día que se entere Jorge será mi sentencia de muerte.

Tuve que respirar hondo . T odo mi instinto policial me gritaba que la detuviera en ese instante, pero sabía que si lo hacía jamás llegaríamos al fondo del pozo.

—¿Y ahora qué quieres ?

—No. Quiero justicia . P ero no una justicia cualquiera. No la que aparece en los titulares de prensa durante dos semanas y luego se olvida , n o . Q uiero una justicia que tumbe el sistema entero. Que obligue a mirar al monstruo a los ojos . Y tú, puedes hacerlo.

—¿Y Daniel?

—Daniel es la grieta —dijo, como si lo supiera desde hacía tiempo—.

Él no debería estar aquí . E ra una variable eliminada.

Jorge lo quería muerto, y yo… —bajó la mirada, quizá por primera vez en toda la conversación— P ero despertó y ahora está más vivo que todos nosotros .

P or eso Jorge no sabe qué hacer con él.

Porque no lo puede controlar y tú tampoco deberías intentar controlarlo, solo acompáñalo , síguelo, y cuando te lleve hasta Jorge lo tendrás en bandeja, podrás verlo con tus propios ojos.

—¿Qué necesitas de mí? —pregunté, al fin.

Deep Code me sonrió . N o fue una sonrisa amable, fue la sonrisa de alguien que ya no tiene vuelta atrás.

—Necesito que estés. Ayúdanos a pararlo antes de que convierta al mundo en un experimento sin salida . A ntes de que Daniel se meta en una ratonera y también caiga en sus redes . Antes de que sea demasiado tarde para todos.

Entonces, m e metió en el bolsillo interior de la chaqueta un pequeño pincho USB.

—Aquí tienes todo lo que necesitas para tumbar a Jorge —dijo con una voz tan suave como mortal.

El dispositivo no parecía gran cosa: metálico, sin marcas, de esos que uno pierde en el fondo de un cajón sin darse cuenta .

P ero su peso me quemaba como si estuviera hecho de plomo.

Algo me decía que lo que contenía no era solo información: era dinamita.

Luego sacó una tarjeta blanca sin ningún logo ni nombre, solo una cadena de números en tinta negra.

—Este es mi único canal seguro . S i decides seguir adelante, usa esta secuencia desde un terminal limpio . N o intentes buscarme, no intentes rastrearme , y si no me contactas… entenderé que esto fue demasiado para ti.

—¿Qué pasa s i, sí te contacto?

—Entonces te enseñaré hasta qué punto llega esta niebla.

Y sin más, se giró y se perdió entre las sombras como si fuera parte de ellas. La seguí con la mirada hasta que desapareció por completo . N o hubo ruido de puerta, ni pasos alejándose. Solo viento y silencio.

Me quedé solo con el pincho en una mano, la tarjeta en la otra y el peso del mundo cayéndome encima. Sabía que no podía deshacer ese momento, que ahora estaba dentro . P ero también sabía algo más, tenía que investigar a Jorge y hacerle pagar por todos sus pecados.