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Todo se volvió un borrón . Laura cayó, su cuerpo chocó contra el suelo con un golpe seco .
E l tipo de sonido que sabes que no trae nada bueno.
Macarena gritó y yo reaccioné sin pensar .
C uando Jorge giró la pistola hacia ella, mi cuerpo se movió solo, como si una fuerza ajena me empujara hacia adelante.
Me puse entre el arma y ella y ahí nos quedamos.
Jorge, con el dedo sobre el gatillo, disfrutando cada maldito segundo de su juego enfermo. Macarena, temblando detrás de mí, con la respiración cortada y yo, con el corazón martilleándome el pecho, sin saber si en los próximos segundos una bala me atravesaría.
—Qué bonito, Daniel. Qué heroico —Jorge ladeó la cabeza, con esa sonrisa de serpiente que me revolvía el estómago—. Casi me haces llorar.
Mis ojos se desviaron un segundo hacia Laura. Su pecho subía y bajaba con dificultad, pero seguía viva . N o s abía por cuánto tiempo si no salíamos de ahí.
—Déjala ir, Jorge — m i voz sonaba más firme de lo que me sentía—. Esto no tiene por qué terminar así.
Su sonrisa se ensanchó.
—¿Y cómo se supone que debe terminar, Daniel? — l evantó un poco la pistola, apuntando ahora directamente a mi frente— ¿Con un final feliz?
El aire en la habitación se volvió irrespirable. Jorge no parpadeaba, yo tampoco. La pistola seguía en alto, el cañón fijo en mi frente como si fuera una extensión de su brazo y entonces Macarena habló.
—Jorge… no tienes que hacer esto.
Su voz sonaba distinta, como si hubiera cambiado de registro. Suave. Persuasiva . Jorge ni siquiera giró la cabeza.
—¿Ah, no? —preguntó con sorna, sin apartar la vista de mí.
—No —Macarena dio un paso adelante y me dio un vuelco el estómago—. Piensa. Esto no te conviene. Todo el trabajo que has hecho, todo lo que has construido… ¿vas a tirarlo por la borda así?
Jorge arrugó la frente. Macarena había captado su atención y ahora solo quedaba ver si jugaba bien sus cartas.
—Matarme a mí, a Daniel, a Laura… ¿qué te da eso, Jorge? — s u tono cambió, casi sonaba comprensiva— ¿Una satisfacción momentánea? ¿Una venganza efímera?
—¿Venganza? — é l soltó una carcajada seca— Esto no es venganza, Macarena. Esto es limpieza.
—No lo es.
Ella avanzó otro paso. Demasiado cerca. Yo sentía cómo el sudor me resbalaba por la espalda.
—Tú eres más listo —prosiguió— . Si nos matas ahora, ¿qué sigue? ¿De verdad crees que te dejarán salir t e con la tuya? No puedes borrar esto como si nada. Demasiada gente sabe lo que está pasando.
Jorge entrecerró los ojos . Y o reconocí esa mirada, estaba calculando. Macarena estaba dándole algo más importante que la vida o la muerte . Le estaba dando una salida, y parecía que él quería escucharla.
—Déjanos ir, Jorge — s u voz sonó como un susurro—. Acabar con nosotros solo te traerá problemas .
Jorge apretó los labios y se quedó ahí, con el dedo sobre el gatillo, dudando. S onrió con crueldad, inclinando la cabeza mientras nos observaba con aire satisfecho, como un depredador que disfruta viendo a su presa retorcerse.
Sentí cómo el cuerpo de Macarena se tensaba a mi lado, como si las palabras de Jorge la hubieran golpeado con la fuerza de una bala.
Su respiración se aceleró y, aunque intentó disimularlo, el temblor en sus manos la delató.
Yo, en cambio, vi rojo. Un fuego primitivo me estalló en el pecho, arrasando con cualquier atisbo de cordura.
Si no hubiera tenido una pistola apuntándome al rostro, habría saltado sobre él sin pensarlo dos veces.
—Eres un maldito enfermo… —escupí entre dientes, con un desprecio que ni siquiera intenté disimular.
Jorge rió. Una risa hueca, carente de cualquier atisbo de humanidad.
—Oh, vamos, Daniel — s e encogió de hombros—. No te pongas celoso. Al fin y al cabo, ella y yo ya teníamos historia de mucho antes.
Macarena apretó los puños y, por un segundo, temí que se lanzara sobre él. Pero en su lugar, levantó la barbilla con orgullo y lo miró con un desprecio que habría reducido a cenizas a cualquiera con un mínimo de conciencia.
—Si piensas que con esto vas a desestabilizarnos, Jorge, vas a tener que poner más empeño .
Jorge chasqueó la lengua y ladeó la cabeza, divertido.
—Oh, Maca… Siempre tan valiente. Siempre tan estúpida — g iró levemente la pistola en su mano—. ¿De verdad crees que tienes el control aquí?
El sudor frío me resbaló por la espalda. La situación se estaba volviendo insostenible. Jorge no iba a detenerse. Y yo no iba a dejar que Macarena pagara por esto.
—Baja eso, Jorge. No tienes que hacer esto —dije, con voz firme, aunque en mi interior sabía que Jorge no era alguien que se rendía con facilidad.
—Oh, claro que tengo que hacerlo. Esto no es solo un juego, Daniel. Es un mensaje . A lguien tiene que pagar .
Su dedo índice temblaba apenas sobre el gatillo, pero en sus ojos no había rastro de duda. La mueca de triunfo que dibujaba su rostro me revolvía el estómago, mientras yo intentaba ganar segundos para pensar en algo. Cualquier cosa.
De repente, un hombre apareció de la nada y le puso una pistola en la sien.
—Ni lo intentes, Venados. Baja es e arma o te juro que no vivirás para arrepentirte.
El alivio y la sorpresa me golpearon a la vez. De entre las sombras del almacén emergió una figura imponente, como un depredador que ha estado acechando pacientemente a su presa. Gutiérrez.
El inspector llevaba su arma desenfundada, apuntando directamente a la sien de Jorge. Su expresión era de hierro, sin un ápice de vacilación. La calma antes de la tormenta.
Jorge giró apenas la cabeza, el sudor perlándo l e la frente. Intentó esbozar una sonrisa, pero su máscara de control se estaba desmoronando.
—Gutiérrez, siempre tan puntual. ¿Qué te trae por aquí? —intentó sonar casual, pero su voz traicionó un ligero temblor.
—La justicia, Venados . T u tiempo se acabó —replicó el inspector con l la mirada fija como un puntero .
El tiempo pareció detenerse. Por un instante, todo quedó en suspenso: el dedo de Jorge en el gatillo, mi respiración contenida, el murmullo inquietante del viento colándose por las grietas del almacén … E ntonces ocurrió. Un estruendo ensordecedor quebró la calma.
No fue un disparo, sino el estrépito de una puerta metálica siendo derribada . A los pocos segundos, las luces azules invadieron el lugar, desterrando las sombras. Una docena de agentes de la policía irrumpieron en el almacén, gritando órdenes, armados hasta los dientes.
—¡Policía! ¡Todos al suelo! ¡Las manos donde podamos verlas!
Jorge parpadeó, aturdido, mientras un torrente de agentes se abalanzaba sobre él.
Por un instante, su máscara de arrogancia se desmoronó por completo, dejando al descubierto el rostro de un hombre derrotado.
En un último intento de resistencia, levantó el arma hacia Gutiérrez, pero este se movió como un rayo.
—Ni lo pienses — c on un golpe certero, el inspector le desarmó, y el arma cayó al suelo con un estrépito metálico.
Jorge Venados, el hombre que había manipulado, mentido y destruido vidas, fue reducido de manera humillante, esposado mientras gritaba insultos y amenazas vacías.
Yo apenas podía procesar lo que estaba viendo. La tensión de los últimos minutos, el peligro que había estado a punto de consumirnos, ahora se desmoronaba como un castillo de naipes. Sentí la mano de Macarena agarrar la mía con fuerza. Miré hacia ella y vi algo que no había visto en días: esperanza.
Gutiérrez, sin perder su postura imponente, se giró hacia nosotros y asintió.
—Ya no tienen nada que temer. Todo esto se acabó.
Vi cómo los servicios sanitarios se llevaban a Laura, medio inconsciente, con la vida colgando de un hilo. Su rostro, pálido, apenas reflejaba expresión alguna, pero sus ojos, entrecerrados por el dolor, parecían buscar respuestas que ninguno de nosotros podía darle en ese momento.
No entendía nada o mejor dicho, no entendía lo suficiente. P orque había una parte de mí que intuía que todo esto tenía sentido, que cada pieza estaba colocada de manera estratégica en un tablero que yo aún no lograba ver con claridad.
Había pasado demasiado rápido. El disparo, la caída de Laura, la sangre extendiéndose en su camisa como una maldita metáfora.
Jorge ya sin la pistola en la mano, no parecía tan seguro.
Su actitud fanfarrona se había convertido en algo más frío, más calculador.
Sabía que estaba perdiendo el control de la situación.
El caos se había desatado en cuestión de segundos . Macarena intentaba contener su furia, y yo estaba demasiado ocupado asegurándome de cuidar su estado de ansiedad provocado por la tensión del momento. Pero María… María había desaparecido.
¿Cómo demonios había logrado escabullirse?
La última vez que la vi estaba junto a Jorge, con esa expresión de calculadora neutralidad que tan bien dominaba.
No había intentado detenerlo, tampoco había reaccionado con horror cuando le disparó a Laura.
Solo estaba allí, observando y ahora… ahora no estaba en ninguna parte.
Jorge debió leer mi confusión en mi cara, porque su sonrisa se ensanchó.
—Vaya, parece que te has dado cuenta de que tu otra amiguita os ha abandonado. Qué poco le ha durado la lealtad, ¿eh?
Macarena frunció el ceño, como si acabara de procesar su ausencia.
—¿Dónde está?
Jorge se encogió de hombros con fingida indiferencia.
—¿Quién sabe? A lo mejor fue a pedir refuerzos. O a lo mejor decidió que no le convenía seguir atada a un barco que se está hundiendo. La verdad es que no me sorprendería, nunca ha sido de las que se quedan hasta el final.
Mi mandíbula se tensó. Algo no encajaba. María no era de las que huyen sin más, y mucho menos sin asegurarse de que la balanza caía de su lado. Si había desaparecido, tenía que haber una razón. Y no sabía si eso era bueno o malo para nosotros.
Ramirez
Cuando eres policía, aprendes a distinguir las mentiras de las verdades a medias.
No porque seas un experto en psicología ni porque hayas desarrollado un sexto sentido sobrenatural, sino porque las mentiras tienen un patrón, un ritmo.
Por eso aquel día, cuando entré en el hospital y me tope con Daniel Miralles, su historia no encajaba en ninguno de mis moldes habituales.
Era tan absurda que rozaba la autenticidad.
—Entonces, déjame aclarar esto — dije, sacando mi libreta y dejando que mi voz sonara tan incrédula como me sentía. ¿Te dieron una paliza por defender a una mujer... que no existe?
Daniel, tumbado en aquella cama, con un ojo hinchado y un labio partido, levantó la mirada con la cara desencajada y muestras de agotamiento.
—No dije que no exista, dije que nadie la ha visto porque la han secuestrado.
A mi lado, mi compañero Ramírez soltó un suspiro . E se tipo de resoplido que se usa cuando ya estás convencido de que acabas de perder media mañana.
—Mira, Daniel — intervino, cruzándose de brazos — . Necesitamos hechos. Testigos. Algo más que tu palabra.
—No tengo testigos. ¿Qué queréis que os diga? ¿Que traiga al secuestrador y haga vuestro trabajo?
—¿ Pretendes decirnos que alguien te dio una paliza y se llevó a tu amante, o lo que quiera que sea esa chica imaginaria, por quién sabe qué razón ? —d ijo con su prepotencia que le caracteriza.
Daniel asintió, apretando los dientes.
—Sí, más o menos, estábamos investigando algo . A lgo que no quieren que saquemos a la luz, y entonces me atacaron. P orque nos estábamos acercando demasiado . Y debido al anillo que tiene Maca la descubrieron , la encontraron y se la llevaron — dijo Daniel aturdido.
La verdad que sonaba descabellado pero había algo en ese hombre que me hacía creerle.
—¿Algo como qué? —pregunté, inclinándome un poco hacia adelante.
—A Macarena.
—¿Macarena?
—Banderas. Es periodista. Estaba investigando un estudio experimental . M e encontré con ella por casualidad, porque yo estaba investigando lo mismo, desde entonces no pararon de seguirnos . Hasta que se la llevaron. F ue todo muy rápido.
Había algo en su tono, en la forma en que decía su nombre, que hizo que mi estómago se revolviera . N o era solo preocupación lo que veía en él , era algo más profundo, algo más personal. Pero, por más que quisiera creerle, no tenía nada con lo que trabajar.
—¿Tienes alguna prueba? ¿Algo que demuestre que esa mujer siquiera existe?
Daniel se levantó de golpe, tambaleándose por el dolor en las costillas, y caminó hasta una mesa cercana. Cogió su móvil y, tras unos segundos, me mostró una fotografía. Una mujer de cabello castaño, con ojos intensos y una sonrisa cargada de misterio.
—Ella es Macarena . N o sé dónde está, pero os juro que voy a encontrarla . Y si no me ayudáis, lo haré solo.
Ramírez me lanzó una mirada que decía claramente: e sto es una pérdida de tiempo.
—Mira, Miralles — dijo con un tono de impaciencia — . Sin pruebas, sin testigos, no podemos hacer nada, necesitamos algo de lo que tirar, si consigues algo nos llamas.
Yo no dije nada . S implemente observé a Daniel, su mirada llena de rabia y desesperación. Había algo en su historia que no cuadraba, pero también algo que me decía que no estaba mintiendo.
Cuando salimos de la habitación, Ramírez encendió un cigarrillo y soltó un resoplido.
—¿En serio vamos a perder más tiempo con este tipo? Está loco.
No respondí . M i mente seguía atrapada en la posible imagen de esa mujer. Macarena Banderas,algo en su historia me había inquietado.
—Gutiérrez —i nsistió — . No me digas que vas a investigar est o. No tenemos nada, ni una pista.
—Tal vez no — respondí, encendiéndome un cigarro también —, p ero tengo una corazonada.
Ramírez rió, una carcajada corta y burlona.
—Las corazonadas no pagan las facturas, amigo . H azme caso, pasa página.
Pero no pude. Esa misma noche, volví a la comisaría y empecé a buscar e studios experimentales . Y lo que encontré no fue precisamente tranquilizador. Sabía que me estaba metiendo en algo más grande de lo que podía manejar. Pero no podía ignorarlo.