Niebla mental 1
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El pasillo se congeló, pero no por el frío. Tampoco por el arma que Jorge sostenía con la misma naturalidad con la que otros sostienen un vaso de whisky. Sino por ella, María Ortega.

Mi María. La mujer que había sido mi jefa, mi aliada durante mucho tiempo, la que me escuchó cuando todo el mundo me dio la espalda me animó a seguir cuando estaba perdido .

T ambi é n la que me invit ó a irme del hospital cuando quería cambiar las cosas .

A hí tenía la explicación, se había vendido, y con é l nos había vendido a todos.

Estaba de pie junto a Jorge, tranquila, segura, como si siempre hubiera pertenecido a su lado.

—Aquí tienes otra sorpresita, Daniel.

Su voz goteaba burla, pero yo ya no lo escuchaba, porque todo lo que tenía delante era una mentira desmoronándose .

M i mirada se clavó en María, esperando que dijera algo, que lo negara, que me dijera que era una trampa, que Jorge la obligó, que esto no era lo que parecía.

Pero lo único que hizo fue cruzarse de brazos y mirarme como si yo fuera el idiota del momento.

—¿Tú? —mi voz salió rota, incrédula.

María ni siquiera pestañeó.

—¿De verdad pensaste que todo esto era casualidad?

Cada músculo de mi cuerpo se tensó, sentí la sangre hervir en mis venas, porque lo entendí todo. María Ortega nunca estuvo de mi lado. Todo este tiempo, cada conversación, cada gesto de apoyo, cada palabra de consuelo… Era una mentira y Jorge, el bastardo, era el artífice de todo, siempre Jorge.

Jorge rió, relajado, disfrutando del momento. Giró la pistola en su mano, jugando con ella como si fuera una extensión de su voluntad.

—A y , Daniel —negó con la cabeza, divertido— , t ienes la maldita manía de confiar en la gente equivocada.

Mi mandíbula se tensó. Mis puños se cerraron hasta que los nudillos crujieron, porque tenía razón, otra vez.

Porque yo, con mi maldita esperanza, con mi estúpida necesidad de creer en la gente, había vuelto a ser el idiota del tablero y Jorge no dejaba que sus idiotas se fueran sin pagar el precio .

A puntó el arma directamente a mi pecho.

—Buen o —ladeó la cabeza, con una sonrisa de depredador— , ¿ q ué hacemos ahora?

Nadie respiraba, nadie hablaba. Macarena y Laura estaban a mi lado, inmóviles, esperando que yo hiciera algo, que tomara una decisión, que salvara el maldito juego . Y entonces, lo sentí, algo cambió en mí. La rabia ardía en mi pecho, sí, pero había algo más.

—Dímelo a la cara, dime que todo ha sido una mentira.

Mi voz sonó más firme de lo que esperaba, no tembló, no se rompió .

P ero dentro de mí, todo se estaba desmoronando.

María me sostuvo la mirada , i mpasible, fría, como si nuestra relación nunca hubiera existido.

Como si no hubiéramos compartido horas de conversaciones, de confesiones, de momentos en los que pensé que podía confiar en ella.

—Dímelo, Ortega —repetí, con los dientes apretados—. Todo este tiempo… ¿has estado con él?

María suspiró. No porque estuviera nerviosa. No porque sintiera culpa. Sino porque parecía aburrida de mi pregunta.

—Daniel —su tono fue casi condescendiente— , n o hagas esto más difícil de lo que ya es.

Sentí un latigazo de furia en mi pecho.Porque ahí estaba , l a confirmación . N o lo negaba, no intentaba justificarlo, no había espacio para dudas o segundas oportunidades.

— Esto es oro puro —murmuró Jorge, apoyándose contra la pared con la pistola aún en la mano—. Nada como una buena traición para hacer la vida más interesante.

Mi mirada siguió clavada en María. Porque necesitaba entender, mi cerebro se negaba a aceptar lo que mi instinto ya sabía.

— ¿Desde cuándo?

Ella alzó una ceja.

—¿Desde cuándo qué?

—¿Desde cuándo trabajas para él? —escupí.

No me contestó de inmediato porque sabía que su silencio me iba a destrozar más que cualquier palabra. Jorge sonrió de nuevo.

—¿Quieres saber la verdad, Daniel? —dijo con tono teatral—. Desde el principio.

Mi respiración se volvió errática.

—Eso no puede ser cierto.

Pero María solo se cruzó de brazos.

—¿Por qué no?

Jorge soltó una carcajada.

—Ay, Daniel —negó con la cabeza—. Eres como un niño que todavía cree en los Reyes Magos. ¿De verdad pensaste que todo esto fue un golpe de suerte? ¿Qu e encontraste una aliada en el momento justo por puro azar?

Mi estómago se revolvió. No. No podía ser verdad, no podía haber sido tan idiota . P ero la forma en que María me miraba, sin una pizca de emoción… l o confirmó todo.

—Bienvenido a la realidad —dijo.

Lo único que se me ocurrió fue calentar a Jorge, ver si se ponía nervioso, si conseguía que su maldita sonrisa se torciera, aunque solo fuera un milímetro .

E l problema era que Jorge no era de los que perdían el control fácilmente.

Sostenía la pistola con la misma seguridad con la que sostenía su propia arrogancia.

— ¿ Te crees listo, Daniel? —dijo con esa voz cargada de veneno disfrazado de cortesía— ¿Crees que puedes jugar conmigo?

Le sostuve la mirada. No respondí enseguida, dejé que el silencio se extendiera, que se hiciera incómodo y entonces, sonreí.

—No lo creo, Jorge.

Incliné un poco la cabeza, como si estuviera analizando un animal raro en una vitrina.

—Lo sé.

Macarena me miró de reojo, nerviosa. Laura, aún tambaleante, intentó apoyarse en la pared, su respiración entrecortada, pero yo no podía pensar en eso ahora. Tenía que hacer que Jorge reaccionara . A sí que di un paso más, hacia él, hacia la pistola, hacia el infierno si era necesario.

—Te das demasiado crédito, Jorge. Crees que controlas todo, pero en el fondo... eres solo un hombre con miedo. Un niño que necesita un arma para sentirse poderoso.

Él ni siquiera pestañeó, pero vi algo en su mandíbula, una tensión mínima. Lo tenía.

—¿Sabes qué es lo peor? —proseguí, casi en un susurro— Que ni siquiera eres el villano de esta historia. Eres solo un peón que cree ser el rey.

La pistola se movió medio centímetro h acia mí . P erfecto. Me incliné un poco más, hasta que solo un par de centímetros nos separaban.

—Si vas a disparar, hazlo bien. A la cabeza. Porque si me dejas vivo, Jorge… te juro que vas a desear no haber nacido.

— ¿Te hace gracia, Daniel? —preguntó él.

Negué con la cabeza, aún con una sonrisa amarga.

—No es gracioso, Jorge… Es que por primera vez, veo lo patético que eres.

Macarena me miró de reojo. Laura se tensó a mi lado. Jorge ladeó la cabeza, su sonrisa volvió, pero ya no era de diversión. Era de advertencia.

—Explícate.

Lo hice, porque si me iba a matar, al menos me iba a escuchar.

—Todo este tiempo, has jugado con nosotros como si fuéramos tus piezas. Crees que tienes el control, que todo el mundo te obedece porque te teme… Pero en realidad, no eres más que un niño que necesita trucos baratos para sentirse poderoso.

Se hizo el silencio, uno denso, casi mortal. Jorge no reaccionó enseguida, no se movió. Pero sus ojos se oscurecieron con algo peligroso, y yo supe que acababa de hacer algo que nadie en esta habitación había hecho antes. Lo había cabreado de verdad.

María miró a Jorge de reojo, como si estuviera evaluando su siguiente movimiento. Pero él no necesitó pensarlo mucho. Levantó la pistola y sin previo aviso, disparó. El estruendo fue ensordecedor y el impacto… no fue en mí. Fue en Laura .

M i corazón se detuvo . P orque ella se tambaleó, porque su boca se abrió en un jadeo mudo, la sangre comenzó a empapar su camisa y porque lo primero que hizo no fue gritar fue mirarme a los ojos, como si me estuviera pidiendo que no la dejara morir . Y entonces todo se fue al carajo.