Macarena
Mi cerebro tardó un segundo de más en procesarlo y mi corazón latía con fuerza en mis sienes, como si intentara advertirme de algo que aún no alcanzaba a entender.
—Doctora Fern á ndez …
— Laura …—escuché decir a Daniel en un susurro.
—Laura… —mi voz salió quebrada, incrédula, demasiado baja para la tormenta que se desataba en mi cabeza—. ¿Tú?
Ella me sostuvo la mirada, pero no dijo nada y eso fue peor que cualquier explicación. Jorge sonrió con suficiencia.
—Vaya, parece que alguien no leyó bien el guión .
Pero yo ya no lo escuchaba, solo podía mirar a Laura, a la mujer que me había ayudado a escapar, a la que me dijo que tenía que exponer la verdad, la que ahora estaba de pie junto a mi peor enemigo.
—¿Estás implicada en todo esto ? —pregunté, con el estómago revuelto, con el mundo tambaleándose bajo mis pies— ¿ Me mentiste?
Mi voz se rompió en la última palabra, porque si la respuesta era sí…
Si Laura había estado jugando conmigo desde el principio , e ntonces nunca había estado a salvo.
Laura no negó nada, no intentó justificar se , no me miró con culpa ni con lástima, solo suspiró.
Como si mi pregunta no tuviera sentido, como si la respuesta ya fuera obvia.
—Las cosas no son tan simples, Macarena.
—¿No son tan simples? —mi voz se elevó, cargada de furia y traición— Tú me sacaste de ahí. Me dijiste que esto era un infierno. Me hiciste confiar en ti —m i respiración era errática, mis manos temblaban de pura impotencia— ¿Por qué me ayudaste a escapar?
Y Laura, por fin, respondió.
—Porque tenía que hacerlo.
Sus palabras fueron un puñal frío. No eran una disculpa, no eran una excusa, eran una sentencia y en ese instante, lo entendí todo.
Entonces me hizo una señal y me di cuenta de que acababa de meter la pata .
P ero ya era demasiado tarde, Jorge se acababa de enterar de todo.
Pude notar el momento exacto en que la expresión de su rostro cambió, cuando su sonrisa dejó de ser burlona y se convirtió en algo mucho más peligroso.
Su mirada se deslizó lentamente hacia Laura y entonces lo entendió, lo entendimos todos.
Laura ya no era su aliada. Laura estaba en su contra.
El aire se volvió denso, cargado de una electricidad invisible que erizaba la piel, intent é abrir la boca para arreglarlo, pero ya era tarde.
Jorge me ignor aba por completo. Toda su atención estaba en Laura ahora.
—Interesante —murmuró, cruzándose de brazos con la calma de un depredador antes del ataque—. Muy interesante.
Laura no se movió, no habló, pero su mandíbula se endureció, sus dedos se cerraron en puños y Jorge, el maldito bastardo, sonrió.
—Así que… —su voz era casi un susurro, pero cada palabra tenía el peso de una sentencia— la mujer en la que más confiaba me ha estado apuñalando por la espalda.
Nadie respiraba. Daniel y yo intercambiamos una mirada rápida, porque sabíamos lo que venía después. Sabíamos que Jorge no era un hombre que perdonara y ahora, Laura estaba en su lista. En lo más alto de su lista.
D aniel
No había nada más aterrador que un silencio de Jorge .
N unca se iba sin más. Jorge planeaba, jugaba al ajedrez mientras el resto de nosotros aún intentábamos entender las reglas.
Pero esta vez, por primera vez, desapareció .
S in una amenaza, sin una advertencia, sin un maldito ruido y eso solo significaba una cosa: estábamos jodidos.
Fui el primero en reaccionar.
—Nos largamos de aquí. Ahora.
No hubo dudas, no hubo preguntas, solo movimiento. Laura y Macarena me siguieron, ya habría tiempo para hablar c o n Laura y pedirl e explicaciones, pero ahora solo podíamos intentar huir antes de que fuera demasiado tarde . No había necesidad de ponernos de acuerdo.
S abíamos que si Jorge había desaparecido, no era porque nos h ubiera dejado ganar. Era porque estaba preparando su siguiente jugada y, si queríamos seguir respirando, teníamos que ir un paso por delante.
Salimos con el corazón golpeando contra el pecho, los pasos silenciosos, las respiraciones contenidas .
E l pasillo estaba vacío, demasiado vacío.
El eco de nuestras pisadas era lo único que llenaba el aire, y cada puerta cerrada a nuestro alrededor parecía un recordatorio de que este lugar no nos iba a dejar salir tan fácil.
—Por aquí —susurró Laura, guiándonos por una ruta alternativa.
No confiaba en ella, no después de todo esto, pero ahora mismo no teníamos otra opción .
Y o iba justo detr á s de ella con los puños apretados, con la mirada fija en el final del pasillo .
M e temía que algo iba a pasar en cualquier momento.
Cada paso que dábamos hacia la salida se sentía como una sentencia, sabíamos que Jorge nunca deja escapar a sus piezas tan fácilmente y , justo cuando cruzamos la última puerta , l o supimos. Jorge no había desaparecido.