1
La estructura era vieja, con paredes de metal desgastadas y ventanas rotas que no dejaban ver el interior. Sin embargo, la luz tenue de una linterna que se movía en la distancia revelaba que no estaba tan abandonado como parecía.
Zero estaba junto a m í , con una t ablet en la mano y un pequeño dispositivo que parecía un híbrido entre un dron y una cámara espía. Se lo ajustó al cinturón como si fuera parte de un uniforme improvisado.
—Bueno, ¿cuál es el plan? —pregunt é tratando de mantener un tono calmado, aunque la impaciencia era evidente en mi voz.
Zero suspiró, pasando una mano por su cabello desordenado.
—Vale, escúchame. Esto es lo que vamos a hacer. Primero, necesito infiltrar este bichito —señaló el dron que tenía en la mano— por la ventilación. Si hay cámaras de seguridad internas, quiero saber dónde están.
—¿Y mientras tú juegas con tu dron? —interrumpí, con los brazos cruzados.
—Mientras yo hago eso, tú te quedas aquí, quieto —Zero me miró con seriedad—. Lo último que necesitamos es que entres ahí como un elefante en una chatarrería y actives algún tipo de alarma .
L o fulmin é con la mirada.
—No vine aquí para quedarme de brazos cruzados mientras tú juegas a ser espía.
Zero levantó una mano, deteniéndome.
—Lo sé, lo sé. Escucha, este lugar está lleno de sensores. Si Jorge sigue siendo tan paranoico como siempre, seguro que tiene trampas preparadas. Necesitamos saber dónde están antes de movernos. Una vez que tengamos el mapa del interior, avanzamos.
Respiré hondo, tratando de contener mi frustración.
—¿Y después?
Zero sonrió, aunque no había humor en su expresión.
—Después, entramos —Zero señaló una pequeña puerta lateral apenas visible entre la maleza que crecía junto a la pared del almacén—.
Esa es nuestra mejor opción. Según el plano, está conectada a un pasillo que lleva directamente a las oficinas.
Si Macarena está aquí, lo más probable es que esté retenida en una de esas habitaciones.
Lo observ é , buscando señales de duda, pero Zero parecía extrañamente confiado.
—¿Y si hay guardias?
Zero se encogió de hombros.
—Entonces improvisamos. Pero, Daniel, no podemos hacer ruido. Jorge no es tonto, y si descubre que estamos aquí, no dudará en usar a Macarena como escudo o, peor, en desaparecer con ella.
La mención de Jorge hizo que un escalofrío recorriera mi cuerpo . R ecordé la última vez que lo enfrenté: su sonrisa arrogante, esa mirada calculadora, siempre un paso por delante.
—¿Estás seguro de que ella está aquí? —pregunté, intentando que mi voz no temblara.
Zero asintió.
—Las señales del GPS del anillo que lleva indican que está en este almacén. No me preguntes cómo, pero lo configuraron para transmitir datos cada cierto tiempo. Es intermitente, probablemente para evitar ser detectado, pero he podido rastrear la última emisión.
Apreté los puños.
—Entonces no hay tiempo que perder.
Zero levantó la mano de nuevo.
—Espera. Antes de que te emociones, tenemos que pensar en el peor escenario — s e inclinó hacia m í , mirándome directamente a los ojos—. Si Jorge está aquí, no va a ceder fácilmente. Él no solo quiere a Macarena por lo que sabe. Quiere controlarla.
—¿Por qué? —Fruncí el ceño.
Zero bajó la voz.
—Porque ella es el rostro de todo lo que él odia. Ella lo humilló, lo hizo sentir insignificante en el pasado. Para él, tenerla aquí no es solo un juego de poder; es personal.
La rabia se encendió en mi pecho, pero traté de calmarme. Necesitaba estar en mi mejor estado mental para lo que estaba por venir .
—¿Tienes alguna idea de cómo detenerlo?
Zero sonrió de lado, sacando un pequeño dispositivo del bolsillo.
—Digamos que soy solo un experto en tecnología. Este aparatito puede sobrecargar cualquier sistema eléctrico en un radio de cincuenta metros. Las luces, cámaras, cerraduras electrónicas... todo se apaga.
—¿Y eso cuánto tiempo nos da?
—Unos cinco minutos, si tenemos suerte. Así que, una vez que lo active, tenemos que movernos rápido.
Asentí.
—Entonces hagámoslo.
Zero lanzó el dron hacia una rejilla de ventilación cercana, y el pequeño aparato desapareció en el interior del edificio. Mientras revisaba las imágenes en su tablet, no podía quitarme de la cabeza la idea de Macarena atrapada dentro, quizás asustada, quizás lastimada. Zero rompió el silencio.
—Por cierto, ¿qué harás si Jorge está ahí?
Lo miré, mi expresión se endureci ó .
—Lo que sea necesario.
Zero soltó un silbido bajo.
—Bien. Porque este no será un enfrentamiento fácil.
Ambos permanecimos en silencio mientras esperábamos que el dron completara su exploración. Afuera, la noche parecía contener el aliento, preparándose para el inevitable choque que estaba por venir.
Zero observó la pantalla con atención, sus dedos moviéndose rápidamente sobre la tablet para ajustar la visualización.
—Tenemos un problema —murmuró.
Me incliné hacia él, tratando de ver lo que mostraba la cámara del dron. Las imágenes mostraban un pasillo estrecho, mal iluminado, y al fondo, dos hombres armados custodiando una puerta metálica.
—¿Guardias? —pregunte, tensando los hombros.
—Y bien armados. No será tan fácil como abrir la puerta y sacar a Macarena
—Zero suspiró y se pasó una mano por el cabello—. Pero tengo una idea.
Arqueé una ceja.
—¿Por qué siento que no me va a gustar?
Zero sonrió con un toque de nerviosismo.
—Porque probablemente no te guste. Mira, uno de nosotros tiene que distraerlos. Crear una distracción lo suficientemente grande para alejarlos de esa puerta, mientras el otro entra y saca a Macarena.
—¿Y quién crees que va a ser la distracción? —pregunté, cruzándome de brazos. Zero levantó ambas manos en gesto de rendición.
—Tranquilo, no soy tan suicida. Lo haré yo. Soy rápido y sé cómo manejar este tipo de situaciones. Tú te concentras en Macarena.
—No me gusta. Es demasiado arriesgado.
—¿Arriesgado? —Zero rió entre dientes—. Todo esto es arriesgado. Estamos a punto de enfrentarnos a un tipo que podría hacer desaparecer a Macarena con solo una llamada. Si queremos sacarla, necesitamos tomar riesgos.
Exhalé profundamente, sabiendo que no había tiempo para discutir.
—Está bien, pero en cuanto escuches un disparo o algo que parezca salir mal, te largas. No quiero que termines siendo otro problema más que resolver.
Zero asintió, con una expresión más seria.
—Descuida, soy mejor corriendo que peleando.
Ajust é el auricular que llevaba, conectándome al dron.
—¿Qué más ves?
—La oficina principal está justo detrás de la puerta que custodian.
Tiene una pequeña ventana lateral. No podemos entrar por ahí, pero parece que Macarena está en algún lugar de ese espacio —Zero pausó el video, señalando una sombra que se movía al otro lado de la ventana, difuminada por el cristal y la penumbra —. Esa debe ser ella.
Mi corazón latía con fuerza al ver la figura. Por un momento, todo el peligro, el miedo y la incertidumbre desaparecieron, reemplazados por una sola certeza: tenía que sacarla de ahí.
Zero se levantó, estirándose como si estuviera a punto de correr un maratón.
—Bien, listo para esto — s u tono era despreocupado, pero sus ojos revelaban una chispa de adrenalina contenida—. En cuanto salga corriendo y los distraiga, el campo estará despejado. Tienes cinco minutos para entrar, sacarla y salir.
L o detuv e , poniéndole una mano en el hombro.
—Ten cuidado.
Zero sonrió.
—Siempre.
Sin más palabras, Zero salió disparado hacia el otro lado del edificio, gritando algo incomprensible que captó la atención de los guardias. Desde su posición,observé cómo ambos hombres se volteaban, confundidos, antes de comenzar a perseguir al intruso. Era el momento.
Respirando profundamente, me acerqu é a la puerta metálica, deslizándome con cuidado. La adrenalina corría por mis venas mientras sacaba las herramientas que Zero me había dado. La cerradura era más complicada de lo que esperaba, pero me concentr é , recordando las instrucciones.
Click.
La puerta se abrió, revelando el interior de la oficina. Allí estaba Macarena, sentada en una esquina, encadenada a una silla. Su rostro se iluminó al verme, aunque el miedo seguía presente en sus ojos.
—Daniel …
—Tranquila, estoy aquí. Vamos a sacarte de este infierno.
No teníamos tiempo de explicaciones, tocaba correr, el tiempo corría, y Jorge podría aparecer en cualquier momento.
Avance rápidamente hacia Macarena, con pasos silenciosos pero cargados de urgencia.
Ella me miraba, sorprendida, como si no pudiera creer que estuviera allí, parecía medio drogada, adormecida, como si algo hubiera pasado que fuera a recordar de por vida, una cicatriz que le quedaría plasmada para siempre.
—¿Cómo...? —comenzó a decir, pero la interrumpí, cortando la cadena con un cortador que Zero me había dado.
—No hay tiempo para explicaciones —dije, con la voz grave pero cálida—. ¿Estás bien?
Macarena asintió, aunque sus ojos estaban vidriosos y su cuerpo temblaba. Sus muñecas estaban marcadas por la presión de las esposas, la cogí de las manos por un instante, como si el contacto fuera suficiente para asegurarme que todo iba a estar bien.
—¿Puedes caminar? —l e pregunté.
—Sí, creo que sí — s u voz era un susurro, pero había una determinación que brillaba en sus palabras.
La ayudé a ponerse de pie, sujetándola por la cintura para estabilizarla. Su proximidad era un recordatorio de lo mucho que significaba este momento, de lo que estaban arriesgando.
—Escucha, tenemos que salir de aquí rápido. Zero está creando una distracción, pero no sabemos cuánto tiempo tendremos antes de que vuelvan.
Ella asintió de nuevo, dejando que la guiara hacia la puerta. Sin embargo, justo cuando estábamos a punto de cruzarla, un ruido nos detuvo. Pasos. Me qued é helado, mis sentidos en alerta máxima, mir é a Macarena y le susurr é :
—Quédate detrás de mí.
La puerta principal del pasillo se abrió de golpe, con un fuerte chirrido , dejando al descubierto la silueta inconfundible de Jorge.
Su presencia llenó el espacio con un aire pesado, casi opresivo, mientras sus pasos resonaban como un metrónomo delator en la estancia.
Macarena se tensó al instante, y yo la sujeté del brazo con fuerza, instintivamente colocándome entre ella y Jorge.
—Vaya, vaya... Daniel Miralles —la voz de Jorge era como un bisturí, afilada y precisa, cargada de un veneno que ponía en evidencia que había estado esperando este momento—. ¿Qué tenemos aquí? ¿ O tra vez tú?
Macarena tragó saliva, sintiendo cómo su corazón martilleaba en su pecho, cada latido un recordatorio de que estaban atrapados. Jorge se acercó un par de pasos más, hasta quedar bajo la única luz parpadeante de la sala, iluminando su expresión triunfal.
—¿Qué pasa, Macarena? —continuó Jorge, clavando en ella una mirada que era una mezcla de burla y crueldad—. ¿No le has contado a tu querido caballero de brillante armadura lo bien que lo hemos pasado ante s ?
Soltó una carcajada estruendosa, casi teatral, que reverberó en las paredes desnudas del almacén. Apreté los dientes, y mis puños se cerraron con tal fuerza que los nudillos se me pusieron blancos.
—Cállate, Jorge —gruñ í , dando un paso al frente , mi voz estaba cargada de una ira contenida, como un volcán a punto de estallar—. Ni un paso más.
Jorge alzó las manos en un gesto fingido de rendición, su sonrisa burlona aún dibujada en el rostro.
—¿Qué pasa, doctor? ¿Te he tocado una fibra sensible? —preguntó, con un tono que era puro veneno—. Oh, claro, tú no estabas aquí para ver cómo esta... encantadora señorita —hizo una pausa para mirar a Macarena de arriba abajo con desdén— vino corriendo a mí como una gatita asustada.
Macarena tembló detrás de mí y noté como su piel empezaba a arder. Di otro paso al frente, dejando claro que no estaba dispuesto a soportar más provocaciones.
—Dímelo otra vez, Jorge, y te juro que esta vez no voy a contenerme —espet é , con voz baja pero cargada de amenaza.
Jorge dio un paso hacia atrás, fingiendo miedo, pero la sonrisa nunca desapareció de su rostro.
—Tranquilo, héroe. Yo solo digo la verdad —dijo, levantando las cejas con falsa inocencia—.
Pero, por favor, no dejes que te interrumpa.
Si quieres llevártela , adelante. Aunque, siendo sinceros —Jorge inclinó la cabeza hacia Macarena, sus ojos oscuros como pozos sin fondo— , c reo que ella sabe perfectamente que siempre hay un precio que pagar por la libertad.
—Os voy a presentar a mi principal colaboradora…
La voz de Jorge resonó en la habitación con esa arrogancia calculada que tanto odiaba. El tipo disfrutaba con estas cosas, con la incertidumbre, con el control absoluto de la situación, con ver nuestras caras cuando soltaba la bomba.
—Seguro que os suena la cara…
Pausó un instante. Solo para saborear el momento y luego, con una mirada directa hacia m í , añadió:
—Sobre todo a ti.
El aire se espesó. Pude sentir cómo Macarena se tensaba a mi lado, cómo su mandíbula se endurecía, cómo su respiración se volvía más pesada. Porque yo ya lo sabía o al menos, mi instinto lo supo antes de que mi mente pudiera procesarlo.
Entonces, la puerta se abrió. Y cuando la vi, cuando sus ojos se cruzaron con los míos y luego con los de Macarena, todo encajó de golpe . P orque no era una desconocida, no era una extraña … era Laura.
La mujer de la que no había vuelto a saber nada desde que desperté del coma, la mujer que me había abandonado en mi peor momento, algo no me cuadraba, tenía que ser un error o una broma. Macarena, que había estado paralizada hasta ese momento, reunió el valor para hablar.
— Dra. Fernández , ¿eres t ú ?