Niebla mental 2
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Me qued é sola, ahogada en mi pena, pensando en si realmente fui tan mala en el pasado y merecía todo esto.

Cuando Jorge salió del despacho, el silencio se sintió ensordecedor.

Todo estaba en calma, salvo mi interior.

Me quedé allí, de pie, apoyada contra la pared como si me hubieran clavado.

Mi respiración era entrecortada, como si acabara de correr una maratón sin moverme un centímetro.

Me pasé las manos por el rostro, intentando borrar la sensación de su presencia, de sus manos sujetándome. Pero no había forma de hacerlo desaparecer. Era como si hubiera dejado una marca que no podía ver, pero que ardía bajo mi piel.

« ¿Qué acaba de pasar? » , me pregunté, aunque la respuesta era tan clara como el vacío en la habitación. Había pasado algo que no estaba bien, algo que me había dejado temblando.

Me dejé caer en la silla frente al escritorio. Estaba helada, me llevé las manos al cabello, intentando calmar los pensamientos que se atropellaban en mi cabeza. ¿Cómo habíamos llegado hasta esto? ¿En qué momento mi vida, que ya era un desastre, había cruzado esta línea?

Me odié por lo que sentía en ese momento. No era rabia, ni solo miedo, era algo más profundo, algo que me hacía cuestionarme si algún día iba a poder mirarme al espejo sin ver a la mujer que había estado en este despacho.

Era como si Jorge hubiera tomado algo que no tenía derecho a tocar, algo que yo ni siquiera sabía que estaba tan expuesto y ahora estaba ahí, rota en un lugar que él ni siquiera iba a mirar dos veces.

Respiré hondo, intentando calmar la ola de emociones que amenazaba con arrastrarme, cerré los ojos y me obligué a pensar en otra cosa, en cualquier cosa.

Pero todo volvía a lo mismo: esa puerta cerrándose tras él, el eco de sus pasos alejándose mientras yo me quedaba allí, atrapada en un momento que no sabía si iba a poder superar.

Miré la puerta cerrada, y una nueva duda creció dentro de mí. Podían pensar que tenían el control, pero yo no me iba a rendir fácilmente Tenía que encontrar la manera de salir de allí, de desentrañar qué se escondía detrás de todo esto, y de alguna manera, volver a ser dueña de mi vida.

Daniel

Me puse en marcha de inmediato. El viejo coche chirriaba al acelerar por las calles vacías, y el aire frío de la noche se filtraba por las ventanas.

Sabía que ir solo era una locura, sabía que las posibilidades de salir ileso eran mínimas.

Pero eso no me importaba. Lo único que importaba era encontrar a Macarena y sacarla de donde fuera que estuviera.

Al acercarme a las coordenadas, el paisaje comenzó a cambiar.

Las luces de la ciudad quedaron atrás, y lo que quedaba era un vasto terreno oscuro, con algunas edificaciones abandonadas y poco más.

Un viejo almacén apareció a lo lejos, con las ventanas rotas y la puerta medio colgando. Era ahí, tenía que ser ahí.

Aparqué el coche a cierta distancia y bajé con cuidado.

Todo parecía demasiado tranquilo, demasiado silencioso.

Mi corazón latía con fuerza mientras avanzaba, cada paso un recordatorio de lo que estaba en juego.

Podía sentir la adrenalina correr por mis venas, pero también una determinación férrea. Si Macarena estaba aquí, iba a sacarla.

Llegué a una ventana rota y me asomé. Podía ver sombras moviéndose en el interior, figuras que parecían estar ocupadas con algo. Y algo, o alguien, atado a una silla. No podía ver bien, pero todo dentro de mí me decía que era ella.

El ruido de unos pasos detrás de mí me hizo girar rápidamente.

Alguien estaba acercándose, y me agaché detrás de un barril oxidado, respirando con dificultad.

No podía arriesgarme a que me vieran. Tenía que encontrar otra forma de entrar, algún lugar donde pudiera ver mejor, alguna oportunidad para actuar.

De repente, escuché una voz desde el interior del almacén. Un tono autoritario, casi frío. No pude distinguir todas las palabras, pero hubo una frase que se me quedó grabada:

— Asegúrate de que nadie sepa lo que hemos hecho aquí.

Esa era la confirmación. Macarena estaba dentro, y no había tiempo que perder.

Tenía que pensar rápido, tenía que encontrar una manera de distraer a los guardias, de crear una oportunidad para entrar y sacarla.

Podía sentir la presión en cada fibra de mi ser, pero también una nueva oleada de fuerza.

Cada vez estaba más cerca de encontrarla, y no iba a dejar que nada, ni nadie, me detuviera.

Miré hacia el almacén una vez más, apretando los puños. Podía sentir que la hora de actuar estaba llegando. Había llegado demasiado lejos como para detenerme ahora. Por Macarena, por la verdad, y por todo lo que nos habían arrebatado.

—Aguanta un poco más, Maca —murmuré para mí mismo, mientras me preparaba para el siguiente movimiento—. Estoy cada vez más cerca.

Me deslicé cuidadosamente por el perímetro del almacén, buscando una entrada menos obvia, un acceso que no estuviera bajo vigilancia directa.

Las sombras se movían entre las estructuras oxidadas, y me concentré en cada sonido a mi alrededor.

Un crujido en la distancia, una puerta golpeando con el viento , cualquier cosa que pudiera delatar mi posición era un riesgo que no podía permitirme.

De repente, el sonido de un motor interrumpió el silencio opresivo del lugar.

Un coche negro apareció en el horizonte, acercándose lentamente.

El vehículo se detuvo frente a mí, y vi a Zero bajar con esa calma que a veces me desconcertaba.

Cerró la puerta tras de sí y se quedó mirando, como si calculase cada palabra que iba a decir antes de que saliera de su boca.

Sin embargo, lo que me desconcertó no fue él, sino la mujer que estaba sentada en el asiento del copiloto.

No le veía la cara, pero h abía algo en su figura, en la manera en que apartaba la mirada, que me resultaba terriblemente familiar.

No sabía de dónde, pero mi instinto me decía que no era una coincidencia.

—¿Quién es ella? —pregunté a Zero, intentando que mi voz no temblara, aunque la pregunta estaba cargada de tensión.

Zero ladeó la cabeza, esbozando una leve sonrisa que no llegaba a sus ojos.

—Alguien que no debería preocuparte todavía —respondió enigmático, como si disfrutara de mi desconcierto.

« ¿Todavía? » p ensé, y un escalofrío recorrió mi espalda. Había algo en su tono, en la tranquilidad con la que lo dijo, que me hizo sentir como si todos estuvieran jugando un juego cuyo tablero yo apenas comenzaba a entender.

Zero, como si nada, se acercó y me indicó que fuéramos a un sitio m á s apartado.

—Tenemos cosas que discutir —añadió, pero mi mente estaba lejos de centrarse en sus palabras. La imagen de la mujer alejándose estaba grabada en mi memoria. ¿Por qué sentía que la conocía? ¿Por qué su presencia parecía más una advertencia que un misterio?

Mientras nos alejamos, no pude evitar mirar m á s all á , como si esperara que ella se girara, que me diera alguna señal. Pero no lo hizo. Simplemente desapareció entre las sombras de la calle.

Zero mantenía la vista fija en el paisaje, su expresión impasible, mientras yo trataba de ordenar los pensamientos que zumbaban en mi cabeza.

No podía sacarme a esa mujer de la mente.

Había algo en la curva de su cuello, en el movimiento de sus manos al ajustarse la chaqueta, que resonaba en mi memoria como una canción que hacía tiempo había olvidado.

—¿No vas a decirme quién es? —rompí el silencio, mirando de reojo a Zero.

—Ya te dije, no importa ahora — s u respuesta fue rápida, como si la tuviera preparada.

—Eso no es una respuesta. Si no importa, ¿por qué estaba aquí? ¿Por qué tenía que desaparecer tan rápido?

Zero soltó un leve suspiro, ese tipo de suspiro que los adultos hacen cuando un niño insiste demasiado en algo.

— Esa mujer se hace llamar Deep Code y es mi tía , ¿contento?

Me qued é inmóvil, como si las palabras de Zero hubieran detenido el tiempo. El nombre resonó en mi mente, desconectándo me por completo del caos que nos rodeaba.

—¿Deep Code? —pregunt é , con la voz apenas un susurro—. ¿Tu tía ?

Zero asintió, aunque su mirada evitaba cruzarse con la m í a.

—Sí, ella... ella se hace llamar así ahora. Pero es más de lo que aparenta. Mucho más.

—Zero —intent é mantener la calma, pero mi voz me traicionaba—. ¿Por qué no me lo dijiste antes?

Zero finalmente levantó la mirada. Había algo en sus ojos, una mezcla de rabia contenida y culpa que hizo que me sintiera más incómodo que nunca.

—¿Crees que es fácil? ¿Que un día despiertas y dices: "Ah, por cierto, mi tía tiene un alias, porque nos gusta jugar a los espías "—replicó Zero, con una risa amarga—. No sabía cómo decírtelo. Y además, no sabía si podía confiar en ti.

Sent í un golpe en el estómago. Las palabras de Zero eran un reflejo de las grietas que siempre habían existido entre nosotros, una barrera invisible pero sólida.

—¿Y ahora? —pregunt é , intentando recuperar el control de la situación—. ¿Qué cambió?

Zero miró hacia el almacén en ruinas, su mandíbula tensándose .

—Ella sabe dónde está Macarena. Siempre lo ha sabido. Y si alguien puede detener lo que está pasando aquí, eres tú, Daniel. Pero necesitas saber la verdad. Toda la verdad.

—De acuerdo —dije finalmente, mi voz cargada de descontento—. Hablaremos de esto, pero primero, tenemos que salvar a Macarena.

Zero asintió, y por primera vez, note un destello de confianza en su mirada.

—Entonces sigamos adelante. Pero prepárate, porque lo que estás a punto de descubrir no te va a gustar.

Con esas palabras resonando en el aire, ambos nos dirigimos hacia el coche, dejando atrás las ruinas del almacén. El camino que teníamos por delante estaba lleno de incógnitas, pero sabíamos que no podíamos detenernos.

—Daniel, no puedo contarte todo de golpe. Algunas cosas necesitas descubrirlas por ti mismo.

—¿Por mí mismo? ¿Estamos en un escape room ahora? —espeté, con un sarcasmo que apenas ocultaba mi frustración—. Solo dime si ella es parte del problema o parte de la solución. ¿Es mucho pedir?

—Depende de cómo lo veas — s us ojos se clavaron en mí por un breve segundo antes de volver al paisaje.

Mi paciencia se agotaba, pero sabía que insistir no iba a funcionar.

Zero era como un muro: cuanto más intentabas atravesarlo, más firme se volvía.

Así que me acomod é en el asiento, crucé los brazos y miré por la ventan illa , dejando que el paisaje borroso pasara ante mis ojos.

Sin embargo, mi mente seguía atrapada en la misma imagen.

La tensión en mi creció por momentos, por fin, cuando no pude más, hablé:

—¿Crees que soy idiota? —pregunté, girándome hacia él.

Zero arqueó una ceja, divertido.

—Para nada. Por eso estás aquí.

—Entonces, si no soy idiota, no me trates como tal, sé que esa mujer es importante, que sabe algo que yo no. Así que, o me lo dices ahora, o me voy yo solo a seguir con mi plan.

Zero me miró fijamente, y mi cuerpo se inclinó hacia adelante por la inercia:

—Estoy aquí para ayudarte y hacerte las cosas fáciles. Si quieres respuestas, tendrás que esperar .

Su tono era frío, calculador, por primera vez desde que lo conocí sentí un pequeño destello de miedo. Había algo en sus ojos, una sensación implacable, que me hizo entender que Zero jugaba a un nivel muy por encima del mío.

—Entonces dame una pista, al menos — m i voz salió más débil de lo que esperaba.

—Bien —dijo, inclinándose ligeramente hacia mí, con esa sonrisa enigmática que empezaba a detestar—. Te diré esto: no confíes en las primeras impresiones. Las personas no siempre son lo que parecen.

Y con eso, siguió mirando al horizonte dejándome con más preguntas que respuestas y una certeza: quienquiera que fuera esa mujer, estaba profundamente involucrada en este caos en el que mi vida se había convertido.