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Me empujaron hacia una habitación oscura, y el golpe me hizo perder el equilibrio.
Caí de rodillas sobre el suelo frío y húmedo.
Traté de mantener la compostura mientras escuchaba el sonido de la puerta cerrándose detrás de mí, un ruido metálico que retumbó en mis oídos y se convirtió en un eco interminable en mi mente.
El silencio se rompió cuando escuché un ruido fuera de la habitación.
Voces, primero lejanas, luego cada vez más cercanas.
Intenté aguzar el oído, pero el miedo me impedía concentrarme.
Pateé el suelo con frustración, tratando de canalizar la rabia y el pánico.
No podía quedarme allí, esperando a que ellos decidieran mi destino. Tenía que hacer algo.
No había ventanas,ni había relojes, nada que me indicara cuánto tiempo llevaba a ll í dentro .
T odo lo que sabía era que la luz de la lámpara sobre mi cabeza que nunca se apagaba, el aire olía a madera vieja y a perfume caro y que cada vez que escuchaba pasos acercándose al otro lado de la puerta, mi estómago se encogía como un animal acorralado.
La manija giró con lentitud, con esa calma aterradora que solo tienen los que saben que ya han ganado, y entonces lo vi.
Todo lo que ocurrió después prefiero no recordarlo, se cobró su venganza con creces y me dej ó una marca que nunca podré borrar, cicatrices que me acompañaran el resto de mi vida.