Niebla mental Macarena
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Macarena

Desperté con un dolor punzante en la cabeza.

Todo a mi alrededor estaba borroso y tardé unos segundos en entender lo que estaba pasando.

Intenté moverme, pero algo mantenía mis brazos sujetos, algo frío y metálico que me lastimaba las muñecas.

El zumbido de un motor y el movimiento constante me dieron una pista: estaba dentro de un vehículo en movimiento.

Abrí los ojos del todo, parpadeando rápidamente para enfocar.

Una furgoneta. La misma que había aparecido de la nada y me había asaltado, mientras veía a Daniel luchando y cayendo al suelo.

El recuerdo de él recibiendo los golpes me hizo estremecer.

No sabía si estaría bien, si habría logrado sobrevivir. Solo sabía que me habían atrapado.

La oscuridad dentro del vehículo era abrumadora, y el frío del metal se filtraba a través de mi ropa, helándome hasta los huesos.

Podía escuchar las voces de mi s captores delante, en la cabina del conductor, aunque no lograba entender lo que decían.

Mi respiración se aceleró, el pánico amenazando con apoderarse de mi.

« Tengo que mantenerme calmada » , me dije a mí misma, intentando estabilizar mi respiración.

Daniel y Zero habían intentado advertirme algo sobre el anillo, pero no había tenido tiempo de procesarlo antes de que todo se volviera un caos.

¿Era posible que el anillo fuera la razón por la que me habían encontrado?

Un nudo se formó en mi estómago al pensar que, de alguna manera, yo misma había p rovocado que esto sucediera.

Cerré los ojos un segundo, tratando de concentrarme. Tenía que salir de allí. Daniel estaba herido, pero confiaba en que él hiciera algo, en que no se rindiera conmigo. Y yo también debía mantenerme fuerte. No podía caer en la desesperación, no ahora.

Cerré los ojos con fuerza y de repente, como un torrente incontrolable, los recuerdos del secuestro comenzaron a regresar. La claridad de aquellos momentos terribles se abría paso, y pude ver cada detalle con dolorosa nitidez.

Recordé la luz cegadora de los faros de la furgoneta cuando apareció de la nada, interrumpiendo el silencio de la calle desierta.

Daniel y yo estábamos caminando cuando nos asaltaron.

Q uizás nunca deberíamos haber sabido la información que nos dio Zero, a lo mejor nos metimos en la boca del lobo y Zero forma parte también de ese clan .

E ste chico es el mismo que estaba con Laura planeando mi plan de fuga, ¿y si ellos dos estaban dentro de toda esta conspiración ?

P ero ha bía algo a lo que no conseguía encontrar el sentido : si me ayudaron a escapar, ¿ p or qué ahora iban a ayudarles a secuestrarme?

El chirrido de las ruedas al frenar en seco fue lo primero que oímos antes de sentir el pánico en mi piel. Daniel me empujó hacia atrás, instintivamente protegiéndome, pero entonces la puerta lateral de la furgoneta se abrió y dos figuras encapuchadas saltaron hacia nosotros.

Grité, pero mi voz se perdió en el bullicio del momento.

Vi cómo Daniel lanzaba un golpe, un intento desesperado por defenderse, pero fue en vano.

Los hombres eran demasiado fuertes, demasiado rápidos.

Daniel recibió un golpe en la cabeza que lo dejó aturdido, y en ese instante, s entí cómo unas manos me agarraban por la espalda, inmovilizándome.

Intenté patear y forcejear, pero el hombre que me sujetaba tenía un agarre de hierro.

Noté cómo me levantaban y me empujaban hacia la furgoneta, mientras el mundo a mi alrededor se volvía borroso y frenético.

Los latidos de mi corazón se aceleraban, cada uno más fuerte que el anterior, mientras veía a Daniel caer al suelo, sin poder levantarse.

—¡Daniel! —grité, mi voz llena de pánico y desesperación.

Quise extender la mano hacia él, pero ya me estaban metiendo dentro del vehículo. El sonido de un portazo resonó en mis oídos, y la oscuridad me envolvió.

El olor a gasolina dentro de la furgoneta era sofocante, se mezclaba con el sabor metálico de la sangre en mi boca. Intenté moverme, pero todo mi cuerpo estaba débil. El miedo me inmovilizaba tanto como las esposas.

Los golpes amortiguados y la imagen de Daniel en el suelo se quedaron grabados en mi mente mientras el vehículo arrancaba.

Lo último que alcancé a ver fue la figura de Daniel tirada en el asfalto, rodeado por sombras, sin señales de movimiento.

El miedo se transformó en un terror absoluto, un sentimiento que lo llenaba por completo mientras la furgoneta aceleraba y se alejaba a toda velocidad.

Sentí el vehículo desacelerar. Abrí los ojos y, por un momento, vi las luces de la ciudad a través de una rendija de la furgoneta.

Era cercana y, a la vez, inalcanzable. Todo lo que alguna vez conocí estaba ahí fuera, pero ahora estaba atrapada en un mundo que no entendía.

Me pregunté si Daniel estaba en algún hospital, si había logrado sobrevivir .

S i alguna vez volvería a ver las calles de la ciudad desde una perspectiva que no fuera la de una prisionera.

El vehículo se detuvo por completo, y el pánico regresó a mí como una ola.

Escuché el sonido de la puerta deslizante y, antes de que pudiera siquiera prepararme, unos brazos fuertes me agarraron de nuevo.

Me arrastraron fuera de la furgoneta, y sentí el viento frío golpear mi cara.

Me obligaron a caminar hacia un edificio en ruinas que apenas podía distinguir en la oscuridad, mi respiración entrecortada resonando en el silencio de la noche.

Volví al presente, respirando agitadamente. Los recuerdos eran como un cuchillo afilado, cada imagen más dolorosa que la anterior. Las manos aún me temblaban, y el miedo se aferraba a mi garganta. Pero había algo más: una chispa de rabia creciendo dentro de m í .

« No me van a doblegar » , me prometí a m í misma.

Sentí el frío del metal en mis muñecas, las esposas ajustadas, cortándome la circulación.

Tenía los ojos cerrados, intentando calmarme, pero las imágenes del secuestro seguían regresando.

Cada detalle vívido, cada sensación tan real como si estuviera ocurriendo de nuevo.

Recordé el pánico al sentir cómo me arrastraban hacia la furgoneta, mi cuerpo incapaz de moverse con la rapidez que necesitaba.

La fuerza de las manos que me sujetaban, tan brutales, tan despiadadas.

Intenté gritar, pero me habían cubierto la boca con un paño áspero que olía a algo químico, algo que me mareaba.

Por un segundo pensé que todo se iba a apagar, que me iba a desmayar, y sentí el temor de que no despertaría jamás.

Escuché los susurros de los hombres que estaban al frente.

Hablaban en voz baja, pero pude distinguir algunas palabras sueltas: “entrega”, “cuidado”, “la hora”.

Mi cabeza estaba llena de preguntas. ¿Entrega a quién?

¿Qué hora? ¿Cuánto tiempo pasaría antes de que alguien se diera cuenta de que yo ya no estaba?

Pero había algo más profundo, algo que también me corroía por dentro: sabía que había sido un objetivo fácil.

Mi necesidad de demostrarme o demostrarles a todos que podía ser brillante, me había cegado.

Quería el éxito, necesitaba la sensación de estar en la cima porque era lo único que me quedaba cuando todo lo demás se había desmoronado.

La carrera era mi refugio, lo único que me hacía sentir que valía algo, que podía escapar de los errores del pasado, de mi ex pareja, de la promesa rota de un futuro mejor.

Las lágrimas se me acumularon en los ojos, y aunque intenté contenerlas, una se escapó y rodó por mi mejilla, mezclándose con la sangre que aún se secaba en mi piel.

No quería llorar, no quería mostrar debilidad, no ahora que estaba en manos de esas personas.

Pero el dolor, la rabia y el miedo se entrelazaban en mi pecho, formando una masa que apenas podía controlar.

Cada paso era una tortura, el suelo irregular lastimaba mis pies, y las esposas se apretaban más y más con cada movimiento.

No sabía a dónde me llevaban ni qué iban a hacer conmigo, pero una cosa era segura: tenía que sobrevivir.

Tenía que encontrar una manera de escapar. No podía permitir que ellos ganaran.

Con cada segundo que pasaba, con cada metro que avanzaba hacia el interior de aquel edificio oscuro, me repetía esas palabras, como un mantra: sobrevive, resiste, escapa.