Niebla mental 8
81%

8

Al caer la noche, solo en mi despacho, dejé que mi mente divagara .

Recordé los días en los que todo parecía simple.

Cuando no tenía que preocuparme por topos, ni Macarenas escapando .

« ¿En qué momento se volvió todo tan complicado? »

pensé, mirando las luces de la ciudad desde la ventana.

Pero la nostalgia no iba a resolver nada.

Lo primero era encontrar a Maca , y lo iba a lograr. Porque si algo tenía claro en la vida, es que nada ni nadie se interponía en mi camino sin pagar las consecuencias.

—Prepárate, Maca —murmuré, con una sonrisa que ni yo mismo entendí del todo—. El juego apenas acaba de comenzar.

Era como si todo estuviera colapsando al mismo tiempo.

Mi red de control, mi dominio absoluto, estaba en peligro y , por si fuera poco, las sospechas empezaron a girar hacia mí.

Claro, porque cuando algo falla, todos miran al líder.

Pero eso no era lo peor. Lo peor era esa sensación en mi estómago, esa voz interna que me susurraba: Jorge, te subestimaron.

Mi ego me impedía pensar que alguien cercano pudiera traicionarme.

El topo debía ser alguien insignificante, un eslabón débil que aún no había identificado.

Mientras tanto, los rumores corrían. Mis empleados sabían que algo no estaba bien, pero ninguno se atrevía a preguntar.

Yo no daba explicaciones, nunca lo hice.

Esa era mi regla de oro. Mantenerlos en la oscuridad los hacía más fáciles de manejar.

Pero el reloj seguía avanzando, y yo sabía que, cuanto más tardará en resolver este problema, más vulnerable me volvía. El éxito del proyecto estaba en juego, sí, pero también mi reputación y eso era innegociable.

Entonces ocurrió algo inesperado: encontré una pista.

Algo insignificante, pero suficiente para darme esperanza.

Una conversación interceptada, un detalle que indicaba que Macarena no estaba sola.

Alguien la estaba ayudando, protegiéndola, y eso significaba que todavía había tiempo para revertir la situació n.

No importaba cuánto costara, a cuántos tuviera que sacrificar en el camino.

Macarena iba a regresar, y el topo iba a caer .

Conseguimos traer a Macarena de vuelta, pero no sin dejar rastro .

E se fue nuestr o principal error, subestimar a ese pobre acompañante al que dejamos tirado en la calle, aquel hombre que resurgió de sus cenizas como el ave fénix .

O tra vez el mismo, parec ía que no tenía nada mejor que hacer que interponerse en mi camino.