9
Cuando Macarena volvió a las instalaciones , fui yo quien la recibió personalmente. Nadie más. Nada de intermediarios, ni supervisores, ni técnicos. Era un momento que había estado esperando, planeando. Tenía que ser yo quien le diera la bienvenida, quien marcara el tono de su regreso.
Por supuesto, su cara lo decía todo. Me reconoció al instante, aunque era la primera vez que me veía en el contexto del estudio.
Esa mezcla de sorpresa, desconfianza y miedo contenido.
Lo adoré. Macarena era lista, eso ya lo sabía, pero verla procesar en tiempo real lo que significaba que yo estuviera allí fue como presenciar una obra maestra.
— Bienvenida de nuevo, Macarena — le dije con mi mejor sonrisa de tiburón, esa que he perfeccionado en juntas con accionistas , que no deja claro si estoy contento de verte o a punto de devorarte.
Ella no respondió de inmediato, claro. Solo me miró, sus ojos oscilando entre intentar mantener la calma y calcular sus próximos pasos. Era fascinante.
— No esperaba que el mismísimo Jorge Venados tuviera tiempo para recibirme — dijo al fin, con ese tono suyo, mitad sarcasmo, mitad desafío.
Esa mujer sabía cómo manejarse, pero también sabía que estaba fuera de su terreno.
— Oh, créeme, esto es personal, Macarena .
L o dejé caer como quien deja un anzuelo.
Sabía que eso la descolocaría. ¿Qué es tan personal?
¿Por qué? Esas preguntas quedarían suspendidas en el aire, como una amenaza velada.
La conduje hacia el interior, paso a paso, disfrutando de cada segundo.
Ella estaba de vuelta, pero esta vez bajo mis términos.
— ¿Y ahora qué? — preguntó finalmente, con ese tono seco, como si quisiera demostrarme que no estaba rota.
Pero yo sabía que lo estaba. Quizá no por completo, pero sí lo suficiente. El tiempo fuera de mis instalaciones, fuera de mi control, habría hecho mella.
— Ahora volvemos al principio. Tú y yo, Macarena —m e detuve frente a la puerta que daba al ala principal del estudio, esa que nunca había visto —. Creo que es momento de que entiendas realmente dónde estás y qué papel juegas aquí.
Abrí la puerta con un gesto teatral, dejando que se enfrentara a la inmensidad de lo que había construido.
Baner en su máxima expresión: laboratorios, salas de control, tecnología que superaba cualquier cosa que hubiera imaginado.
Quería que entendiera que no se trataba solo de un estudio experimental.
Esto era mucho más grande. Y yo era el cerebro detrás de todo.
Cerré la puerta de mi despacho con un clic seco, el sonido resonando como un eco que me confirmó lo que siempre había sabido: en este espacio, tenía el control absoluto.
Macarena, sentada frente a mí, no intentó disimular el nerviosismo.
Sus dedos tamborileaban sobre el reposabrazos de la silla, un tic que recordaba haber visto hace años en el colegio, cuando ponía a prueba su siguiente dardo de burla.
Ahora, en esta oficina, los papeles estaban invertidos.
Y, por supuesto, yo iba a disfrutar cada segundo.
Dejé que mis palabras flotaran entre nosotros, observando cómo se removía en su asiento.
Había algo deliciosamente irónico en verla aquí, atrapada en mi red.
Durante años me había imaginado este momento, aunque no con este matiz.
Ella no lo sabía, pero Macarena no solo había sido la causa de mi tormento en la escuela, también había sido mi primer amor.
—¿Sabes? He esperado mucho tiempo esta conversación —le dije, mi tono pasando de casual a intenso,sus ojos se estrecharon.
—¿Qué conversación?
Me incliné hacia adelante, apoyando los codos en el escritorio.
—La que nunca tuvimos en el colegio. ¿Alguna vez te preguntaste por qué siempre eras mi blanco?
Ella pareció desconcertada, como si esa pregunta la hubiera tomado completamente desprevenida.
—¿Mi blanco? —repitió, incrédula.
—Sí, tu blanco — a sentí, dejando que el peso de mis palabras la golpeara sonr iendo amargamente—. Porque eras mi mundo.
Macarena parpadeó, confundida.
—¿Qué estás diciendo?
—Que estaba loco por ti. Que cada burla tuya, cada mirada despectiva, solo alimentaba un fuego que no sabía cómo apagar. ¿Sabes lo que es tener 13 años y estar enamorado de la persona que más te humilla frente a los demás?
Su expresión cambió. Por un instante, dejó de parecer aterrada y mostró algo que casi parecía compasión. Pero solo por un instante.
—Jorge, eso no tiene sentido... —balbuceó.
—¡Claro que lo tiene! —exclamé, mi voz subiendo un tono.
Me levanté y comencé a caminar por la habitación, incapaz de contener toda la energía contenida dentro de mí.
—Lo que no tiene sentido —continué— es que tú nunca lo supieras . Q ue después de todos estos años, yo siga pensando en ti como aquella niña cruel que destruyó mi autoestima pero que a la vez era todo lo que deseaba.
El silencio llenó la habitación. Podía ver que estaba procesando lo que acababa de confesarle, intentando descifrar si hablaba en serio o si esto era solo un juego más en una larga lista de manipulaciones.
—Mira, no sé qué esperas que diga a eso —dijo finalmente, su tono más bajo, más vulnerable—. Si es verdad , lo siento. Pero eso no cambia lo que estás haciendo aquí.
—¿Ah, no? — l evanté una ceja, mi sonrisa volviendo a ser fría— Tal vez no. Pero, Macarena, lo que tú no entiendes es que este lugar, este estudio, este momento... no es solo mi venganza. Es mi redención.
Me acerqué lentamente, inclinándome sobre la mesa para que nuestros rostros quedaran a unos centímetros de distancia.
—Y tú, Macarena, eres la clave de todo.
Ella no dijo nada, pero el brillo de desafío en sus ojos comenzaba a apagarse.
—Esto no es un juego, Jorge —murmuró, rompiendo el silencio—. Lo que estás haciendo no va a llenarte. Y lo sabes.
La tensión en la sala era casi insoportable. Algo dentro de mí, un vestigio de humanidad que había olvidado que tenía, me hizo retroceder un paso.
—Quizás tengas razón —admití, con una sonrisa amarga—. Pero eso no significa que vaya a detenerme.
Me detuve en la puerta del despacho, mi mano ya en el picaporte.
Pero no llegué a salir. No iba a dejarla así, con esa mezcla de desafío y vulnerabilidad que parecía gritar mi nombre.
Algo en ella siempre había tenido el poder de arrastrarme, incluso ahora, cuando debería ser yo quien tuviera el control.
Giré lentamente sobre mis talones. Ella seguía allí, inmóvil, con los brazos cruzados, mirándome con odio.
Me dirigí al escritorio con pasos deliberados, dejando que el silencio fuera mi aliado.
Ella lo llenaba todo con su respiración contenida, con sus manos crispadas contra el respaldo de la silla en la que se había sentado sin que yo se lo indicara.
Eso era interesante. A pesar del miedo, aún tenía esa chispa de orgullo que la hacía adelantarse, como si quisiese demostrar que no estaba allí por mi voluntad, sino por su decisión.
— ¿Sabes, Macarena? Hay lecciones en la vida que no se aprenden en la escuela, ni en los libros, ni siquiera en la experiencia —l e dije mientras la rodeaba , dejando que la luz fría del despacho acentuara mi expresión impenetrable.
Ella no respondió. Me miró fijamente, con los labios apretados y los hombros tensos, como una cuerda a punto de romperse. Perfecto.
— Lo que va a pasar en este despacho, Macarena, solo lo vamos a saber tú y yo —m i voz era baja, controlada, pero con la suficiente fuerza para que cada palabra la golpeara como un mazo.
Se removió en su asiento, un movimiento apenas perceptible, pero que me confirmó lo que ya sabía : tenía su atención, y tenía su miedo.
— ¿Sabes por qué estás aquí? — pregunté, aunque no esperaba una respuesta.
— Porque tú me trajiste — replicó, forzando un tono que intentaba sonar seguro.
Sonreí, esa sonrisa que hace que la gente se pregunte si estás a punto de felicitarlos o de condenarlos.
— No, Macarena. Estás aquí porque te creíste más lista que yo. Porque pensaste que podías salirte con la tuya y que nadie notaría tu ausencia. Porque olvidaste que todo lo que pasa aquí pasa bajo mi supervisión.
Ella tragó saliva, pero no desvió la mirada. Había que reconocerlo, tenía agallas. Quizás demasiadas para su propio bien.
Me levanté lentamente, caminando alrededor del escritorio hasta quedar justo a su lado. Su postura se tensó aún más, como si esperara que la gravedad de mis palabras fuese a manifestarse de forma física.
— Esto no es una reprimenda, Macarena. Esto es una lección —s usurré mientras me inclinaba ligeramente hacia ella, dejando que mi proximidad añadiera peso a cada palabra —.
P orque créeme, no te conviene volver a las andadas.
La próxima vez que intentes algo como esto…
bueno, digamos que el resultado no será tan educado como esta conversación.
Ella mantuvo su mirada fija en la mía, pero sus ojos delataban el torrente de pensamientos que se acumulaban detrás de su aparente fachada de valentía. La lucha interna era evidente: orgullo contra supervivencia.