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Al principio no le di demasiada importancia .
P ensaba que después de tanto tiempo en coma, su cuerpo no sería el mismo, su mente tardaría en reconectar con la realidad, sus recuerdos estarían fragmentados, su voluntad quebrada, que despertaría más débil de lo que era antes,
con el mundo moviéndose a su alrededor demasiado rápido para que pudiera alcanzarlo .
P ero lo que no supe prever fue que, a pesar de todo, seguiría siendo él.
El mismo hombre que nunca creyó en mis palabras, e l que me observaba como si supiera que detrás de cada frase había algo oculto , e l que nunca aceptó la versión oficial de nada.
No importaba que hubiera pasado un año, que todo en su vida se hubiera desmoronado mientras él dormía, que hubiera despertado sin nada, en mitad de una pandemia mundial .
P orque si Daniel Miralles tenía algo, era esa maldita capacidad de seguir adelante, de reconstruirse, de encontrar un motivo para seguir luchando cuando el resto ya habría tirado la toalla.
Lo que más me jodió, lo que realmente hizo que me diera cuenta de que esto no había terminado, fue que en cuanto pudo ponerse en pie, en cuanto logró juntar todas las piezas de su destrozada vida, en cuanto entendió lo que había ocurrido a su alrededor en su ausencia,
hizo exactamente lo que más temía.
Empezó a hacer preguntas y a encontrar respuestas.
El problema con los hombres como Daniel no es solo que sean persistentes, es que arrastran a otros con ellos .
L o había hecho antes, con sus ideas revolucionarias, con su manera de desmontar los cimientos del sistema médico sin miedo a enfrentarse a nadie, con sus discursos en los que lograba hacer que la gente creyera en algo más grande que ellos mismos y ahora lo estaba haciendo de nuevo .
N o tardó en encontrar aliados, en hacerse preguntas y seguro que no tardaría en cruzarse con Macarena .
N o lo podía permitir, tenía que hacer algo.
Aunque aún no lo sabe, aunque todavía no ha llegado a la verdad, aunque sigue atando cabos en la oscuridad sin saber exactamente qué busca, el solo hecho de que se esté moviendo, de que esté avanzando, de que se esté acercando a la respuesta, me pone de los nervios.
Cuando tomé la decisión de sacarlo del camino, c alculando cada variable y asegurándome de que todo saliera a la perfección, jamás imaginé que este chico fuera a despertar .
Y mucho menos que, a los pocos días, decidiera incorporarse al trabajo en el hospital como si nada hubiera pasado, como si no hubiera estado un año entero en coma .
A hora le había dado por ser divulgador, con esos podcast que escuchan cuatro taraos, esa era mi baza para sacarle del sistema, tenía que conseguir que renunciará a su puesto en el hospital no podía tenerle cerca,
en el mismo hospital en el que acababa de cerrar un contrato millonario donde iba a exponer mi obra maestra.
No p odía permitirme errores, ni dejar que sig uiera avanzando . Tampoco era una opción sentarme a esperar a que los recuerdos regresasen a su cabeza . Tenía que actuar antes de que fuera demasiado tarde.
Solo había una persona que pudiera ayudarme a borrar a Daniel del mapa.
La cité en mi despacho, un lugar donde siempre le gustaba sentirse en control, aunque ambos sabíamos que era yo quien manejaba los hilos.
Se acomodó en la silla con esa elegancia ensayada que usaba cuando intentaba demostrar que estaba a mi altura.
Yo ni siquiera me molesté en adornar la propuesta.
—Necesito que convenzas a Daniel de que renuncie al hospital.
Ella arqueó una ceja, divertida.
—¿Y qué te hace pensar que me va a escuchar?
—Porque tú eres el tipo de mujer que sabe cómo hacer que un hombre crea que la decisión fue suya.
S oltó una carcajada , pero no lo negó. Sabía que tenía razón.
María tenía la habilidad de meterse en la mente de la gente y plantar ideas sin que se dieran cuenta.
Podía hacer que alguien cambiara de opinión sin que jamás sospechara que había sido influenciado, y eso era exactamente lo que necesitaba de ella ahora . A dem á s, era su jefa directa.
—Hazle creer que necesita un año sabático —continué—. Dile que su cuerpo aún no está listo, que no tiene nada que demostrar, que debería aprovechar esta segunda oportunidad para hacer algo distinto con su vida, que se centre en los postcast esos que no escucha nadie.
María me miró con una sonrisa calculadora.
—¿Y si se lo toma demasiado en serio y se convierte en un monje budista?
—Mientras no esté en el hospital, no me importa en qué se convierta.
Ella tomó aire y me sostuvo la mirada.
—¿Y qué gano yo?
— ¿ Te parezco poco premio ?
María sonrió . S abía que no iba a funcionar con ella, ella no hacía favores, solo cerraba tratos.
—Mientras que est és a mi lado no te faltará nada . S olo dime que quieres y lo tendrás.
María siempre disfrutaba de una buena negociación.
Le gustaba estirar el trato, hacerlo durar, saborear el momento en el que el otro lado cedía .
Y o lo sabía y ella sabía que yo lo sabía .
P or eso, cuando se levantó lentamente de su asiento y se acercó a mí con esa mirada entre diversión y desafío, supe que aún no había terminado de jugar.
—Así que quieres que manipule a tu pequeño enemigo por ti —s e apoyó en el escritorio, cruzando las piernas con elegancia — .
Que me meta en su cabeza, que le haga creer que retirarse es la mejor decisión de su vida —s e inclinó ligeramente hacia mí, con esa sonrisa que conocía demasiado bien — .
Dime, Jorge… ¿Por qué no te encargas tú mismo?
La miré sin inmutarme.
—Porque yo no soy él , si le digo lo que quiero, va a hacer justo lo contrario —t omé su muñeca con calma y la atraje hacia mí —. Y porque hay cosas que tú haces mucho mejor que yo.
Ella se mordió el labio, sin apartar la mirada.
—¿Eso crees?
—Eso sé.
Su perfume me envolvió cuando se inclinó sobre mí, apoyando una mano en mi pecho.
—Me encanta cuando eres práctico, Jorge. Pero —p asó un dedo por el borde de mi camisa, despacio, como si estuviera midiendo cuánto más podía tensar la cuerda —, s i quieres que haga esto bien, quiero algo más que una promesa.
Desabrochó el primer botón con una lentitud exasperante.
—Quiero garantías.
Sonreí.
—Y yo quiero resultados.
Atraje su cuerpo contra el mío, sintiendo su respiración acelerarse, sus manos explorando mi cuello, sus labios apenas rozando los míos antes de alejarse con un brillo triunfal en los ojos.
—Entonces hagamos un trato —m e susurró en el oído, su aliento cálido encendiendo cada célula de mi piel — . Tú te aseguras de que tendré sitio en Baner cuando todo esto termine… y yo me aseguro de que Daniel Miralles desaparezca del mapa sin que tengas que mover un dedo.
No lo dudé, ni parpadeé.
—Hecho.
Y sellamos el trato de la única manera en que dos personas como nosotros sabían hacerlo.
Ser pareja de la directora del hospital más importante del país no era un título cualquiera, era una llave que abría puertas que para otros estaban cerradas, que te daba acceso a información que nadie más podía conseguir .
Y yo era de esos que sabían aprovechar las oportunidades. Siempre lo había sido.
La diferencia entre los que llegan lejos y los que se quedan atrás no está en el talento ni en el esfuerzo, está en saber cuándo moverse y cuándo quedarse quieto, cuándo atacar y cuándo esperar . E ncontrar el momento para empujar a alguien a tomar una decisión y hacerle creer que la ha tomado solo.
Con María a mi lado, el camino fue más fácil de lo que esperaba, porque ella tenía el prestigio en un mundo en el que yo aún era muy nuevo.
A través de ella, tuve acceso a los datos que necesitaba : historias clínicas, informes confidenciales, expedientes que nadie más podía leer .
A veces me preguntaba si ella era consciente del poder que me estaba dando, si en algún rincón de su mente sabía que, en el momento en que dejara de ser útil, desaparecería como tantos otros.
Pero María no era estúpida, sabía perfectamente el juego en el que estaba metida y, como siempre, mientras creyera que estaba ganando, no haría preguntas.
Así que yo me aseguraba de que pensara eso, de que se sintiera intocable, indispensable, irreemplazable.
Porque en el momento en que bajara la guardia e l hospital más importante del país tendría un nuevo nombre en su dirección. Y entonces, nadie podría tocarme.
Ahora solo quedaba esperar a que María hiciera su trabajo, que sus palabras se infiltraran en la mente de Daniel, como veneno de acción lenta.
Esperar a que, con un poco de suerte, Daniel decidiera alejarse por voluntad propia .
P orque si lo lograba, no tendría que ensuciarme las manos otra vez.
Y si no… b ueno , s iempre hay formas de hacer que la gente desaparezca.