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Debo decir que mi oficina de esquina con vistas panorámicas al skyline de la ciudad era todo lo que había imaginado y más .
Claro, también tenía una cafetera de última generación que preparaba un espresso digno de un emperador.
Porque, ¿de qué sirve dominar el mundo farmacéutico si no tienes un buen café para sostenerte?
Pronto me di cuenta de que ser jefe no significaba hacerlo todo. Era el momento de delegar más, de rodearme de mentes brillantes que hicieran el trabajo sucio mientras yo recogía los laureles. Porque, seamos honestos, ¿qué es un líder sin un buen equipo? Nada más que un burócrata con estrés crónico.
Así que empecé a buscar un asesor. No cualquiera, claro .
Alguien con suficiente inteligencia como para resolver problemas imposibles, pero también con la humildad para no robarme el protagonismo.
Una tarea complicada, debo decir. En el mundo corporativo, encontrar lealtad genuina es como buscar un unicornio en un bosque de lobos.
Las primeras entrevistas fueron.. desastrosas.
Había candidatos que parecían más interesados en la cafetera de mi despacho que en los desafíos del puesto.
Uno de ellos incluso me sugirió que reemplazáramos a los investigadores humanos por una IA, porque “las máquinas no piden aumentos”.
Ingenioso, sí, pero un poco aterrador, aunque visto lo visto quien me dice a mi que en unos años esto sea una realidad .
De repente, apareció aquel chaval. Un joven con una pinta de desarmar cualquier aparato electrónico a su paso y dejarlo como un rompecabezas incompleto. Pelo despeinado, ojos inquietos y una camiseta que parecía haber sido arrancada del último festival de informática de la comarca.
—¿Quién demonios eres tú? —le pregunté, dejando caer la pluma con la que estaba firmando un contrato.
—César —dijo, como si con ese nombre bastara para presentarse al mundo entero. Luego añadió, sin darle mucha importancia—. Soy tu nuevo asistente personal.
¿Un asistente? Ese crío parec ía más un hacker de garaje que un científico de laboratorio, pero algo en su mirada me hizo callarme.
Ten ía esa chispa, esa seguridad silenciosa que te dice que esa persona sabe mucho más de lo que aparenta , además había sido capaz de hackear nuestro sistema y salir de el como si nada.
Era evidente que César por alguna razón divina, o que se yo, había aparecido en el momento adecuado y en el lugar adecuado, y también que no tenía intención de darme demasiadas explicaciones.
Se limitó a presentarse, como si fuera lo más natural del mundo, un chaval que parecía haber salido de un episodio de The Big Bang Theory .
E ra perfecto para el toque moderno que quería darle a la empresa, otro punto de vista diferente al mío.
A regañadientes acepté su presencia. No porque confiara en él, sino porque confiaba en m í, y mi instinto nunca falla.
Aunque, si soy sincero, había algo en César que me inquietaba.
Siempre estaba un paso por delante, observando más de lo que hablaba, como si estuviera recolectando datos en lugar de participar en las conversaciones.
Y esas manos... siempre haciendo algo con ellas.
Si no estaba desmontando un teléfono, estaba garabateando esquemas incomprensibles en servilletas.
César no estaba ahí para ganar amigos, eso estaba claro.
No era muy bueno con las relaciones sociales, por no decir que era completamente asocial .
Estaba ahí para cumplir con lo que se le pedía, y lo hacía con una precisión inquietante.
Con el tiempo, incluso yo tuve que admitir que había algo extraordinario en él.
Lo que no sabía en ese momento era que su llegada no era una coincidencia, sino parte de un plan mucho más grande.
Uno que, como descubriría después, iba a cambiarlo todo.
P oco después de su incorporación decidí ascenderlo: César iba a ser mi nuevo asesor .
¿Un riesgo? Claro que lo era. Pero también tenía algo que otros no: un cerebro que parecía haber sido diseñado para anticiparse a los problemas y encontrar soluciones antes de que el resto siquiera se diera cuenta de que el problema existía.
La decisión no fue fácil. Imagínate, el CEO de uno de los laboratorios más importantes del país confiándole un puesto clave a un chaval que parecía más cómodo con un ordenador que con una conversación humana.
Pero había algo en su actitud que me recordaba a mí mismo años atrás: esa ambición silenciosa, ese aire de saber que era mejor que los demás, aunque no lo dijera en voz alta.
Lo anuncié en la siguiente reunión del comité ejecutivo. Las miradas lo decían todo. Algunos de mis colegas casi se atragantan con su café. Otros intentaron ocultar la sorpresa con sonrisas incómodas, y alguno que otro directamente cuestionó mi decisión.
—¿Un asistente como asesor? —me preguntó uno de los directores, con una mezcla de incredulidad y desdén.
—Un asistente, no. Un genio en bruto, que es justo lo que necesitamos —respondí, con ese tono que utilizo cuando quiero dejar claro que la discusión ha terminado.
César no dijo nada, como siempre . Se limitó a observar, analizando a cada persona en la sala como si estuviera escaneando su relevancia. Al final, asentí y volví a tomar la palabra .
—Bien, señores, a partir de ahora César será mi asesor personal . L es sugiero que no subestimen su capacidad p orque, a diferencia de algunos, él entiende que el futuro no espera a nadie.
Fue un movimiento arriesgado, sí, pero funcionó . En pocas semanas, César se había ganado un lugar en Baner . Con su lógica despiadada y su habilidad para reducir los problemas más complejos a una serie de pasos claros, logró impresionar incluso a los más escépticos.
L o que no les dije , y lo que ni siquiera César sabía en ese momento , era que mi decisión no solo tenía que ver con su talento.
Había algo más. Una conexión que no entendía del todo, pero que intuía.
Porque, si algo he aprendido en esta vida, es que las piezas importantes siempre llegan a ti por una razón.
¿Por qué César? ¿Por qué ahora? No tenía las respuestas, pero estaba decidido a averiguarlo.
Las primeras semanas con César fueron… curiosas, por decir algo.
El chaval tenía una forma peculiar de ver el mundo.
No era del tipo que te sonríe para caer bien o que busca halagos por sus logros.
No, César era pura lógica, y a veces me hacía sentir que estaba trabajando con una inteligencia artificial en lugar de un ser humano.
—Jorge, si seguimos usando estos protocolos, en menos de seis meses vamos a perder más dinero que el PIB de Portugal—me soltó un día, revisando los informes de los laboratorios sin levantar la vista del ordenador.
—¿ E stás sugiriendo que cambiemos todo? —le respondí, intentando no sonar irritado.
—No. Estoy sugiriendo que dejemos de hacer estupideces.
Directo y sin filtros. Podría haberme molestado, pero lo cierto es que estaba en lo correcto. César tenía esa habilidad molesta de señalar lo que nadie más se atrevía a decir, y eso, aunque irritante, era precisamente lo que necesitaba.
Lo curioso es que, a pesar de ser un genio en lo suyo, tenía un punto raro. A veces lo pillaba en los laboratorios toqueteando equipos, desmontando cosas que costaban más que mi coche, o encerrado en una sala con luces apagadas, concentrado en alguna especie de código que yo ni siquiera entendía.
—¿Qué haces ahora? —le pregunté una vez, después de encontrarlo tecleando como un poseso.
—Arreglando un problema que ni siquiera sabes que tienes —respondió, como si fuera lo más normal del mundo.
Y ese era César. Un enigma envuelto en un aura de genio, con un toque de arrogancia que, sorprendentemente, no te daba ganas de pegarle. Bueno, no siempre.
Sin embargo, lo que más me intrigaba de él no era su inteligencia, sino su lealtad. No entendía por qué, pero parecía dispuesto a dejarlo todo por Baner… o por mí. Había algo más ahí, algo que aún no había descifrado.
Un día, mientras revisábamos un proyecto, hizo una pausa, me miró fijamente y soltó:
—¿Por qué confías tanto en mí?
Me quedé en silencio un momento. No sabía qué responder. ¿Era por su talento? ¿Por esa intuición que me decía que él era una pieza clave en algo mucho más grande? Al final, le dije lo único que podía:
—Porque creo que, a pesar de todo, estás aquí por una razón.
Él no respondió, solo asintió y volvió al trabajo . Pero esa fue la primera vez que sentí que César y yo compartíamos algo más que una relación laboral.
Por supuesto, no todo era trabajo. A César también le gustaba hablar de cosas ajenas al laboratorio, aunque no lo pareciera. Descubrí que tenía un humor seco que podía descolocarte si no estabas preparado. Una vez, durante una pausa, me dijo:
—¿Sabías que la probabilidad de que tu café tenga más bacterias que un inodoro público es altísimo?
—Gracias, César, justo lo que necesitaba para disfrutar mi espresso.
A pesar de nuestras diferencias, formamos un equipo sólido. Pero lo que ninguno de los dos sabía en ese momento era que el destino tenía planes más grandes para nosotros