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Cuando entré en la habitación y vi a César viendo los vídeos de Daniel, me dio un vuelco al corazón .
P or un momento sentí que el suelo bajo mis pies desaparecía .
N o me lo podía creer , a hí estaba él , Daniel.
Su voz llenaba la habitación, con ese tono firme y seguro, desmontando verdades oficiales como si fueran castillos de naipes .
S eguía igual, pero también diferente . N o era el hombre que dejé en una cama de hospital, era alguien renovado, m á s fuerte y valiente, como si no tuviera miedo a las consecuencias y buscara siempre la verdad .
César me vio en la puerta y reaccionó como un adolescente pillado viendo algo que no debía . Le dio un manotazo al teclado y cerró la pantalla del portátil de golpe . M ala idea, porque si hay algo que despierta la curiosidad de una persona, es ver a otra intentando ocultar algo. Fruncí el ceño.
—¿Qué estabas viendo?
—Nada.
—César.
—No es importante.
—Si no es importante, ábrelo.
Su silencio fue la confirmación que necesitaba. Pasé junto a él, abrí el portátil y ahí estaba la prueba: u n vídeo de Daniel. Reproducción pausada en el minuto 12:46. Le di al play.
— Nos han hecho creer que el control sobre nuestra salud está en nuestras manos, cuando en realidad siempre ha estado en las suyas .. .
Tuve que agarrarme al escritorio porque, por un segundo, me sentí mareada . C omo si todo mi pasado estuviera de vuelta para asfixiarme
César me miró con esa intensidad suya, como si ya hubiera decidido que esto iba a pasar con o sin mi aprobación.
—¿Y si conseguimos sacar a Macarena del proyecto y la juntamos con Daniel para que entre los dos destapen la verdad?
Fue en ese momento cuando lo vi claro . E ra brillante, lógico, pero peligrosísimo.
Por primera vez en mucho tiempo, sentí algo que había olvidado: esperanza.
Porque Jorge tenía el control , Baner tenía los recursos, pero nosotros teníamos a Daniel y el poder de la verdad.
Solo había un problema,uno enorme, algo que yo no podía permitir:
—Daniel nunca debe saber que yo estoy detrás de esto, es mas tiene que seguir viviendo como si yo no existiera
César frunció el ceño.
—¿Por qué?
Tragué saliva. Porque si Daniel descubría la verdad , s i alguna vez se enteraba de que yo había estado aquí, en las sombras, manejando los hilos… Nunca me lo perdonaría. Jamás.
—Porque él debe luchar contra Baner, no contra su pasado.
César me miró en silencio, sopesando mis palabras
—O sea, me estás diciendo que vamos a sacar a Macarena de un proyecto ultrasecreto, a juntarla con Daniel para que destroce Baner desde fuera… pero él nunca debe saber que tú estás detrás.
—Exacto.
César se pasó una mano por la cara.
—Dios, eres imposible.
—Soy precavida.
—Eres una cobarde.
Lo miré con frialdad.
—No se trata de cobardía. Se trata de que si Daniel descubre que estuve aquí todo este tiempo, se olvidará de Baner y solo pensará en lo que le oculté. Y no puedo permitirlo.
César negó con la cabeza, pero no discutió . P orque sabía que tenía razón, sabía que Daniel no era un hombre que se quedara con la versión superficial de las cosas . S i me encontraba, haría preguntas, si hacía preguntas, encontraría respuestas. Y el plan p odría venirse abajo.
—Vale —dijo finalmente—. Eres Deep Code. Pero si en algún momento Daniel empieza a sospechar, vamos a necesitar una historia sólida para justificar quién eres.
Asentí.
—Déjamelo a mí.
Porque Deep Code no era solo un alias. Era mi escudo, mi barrera entre mi pasado y la guerra que estábamos a punto de iniciar y Daniel Miralles nunca debía saber la verdad .
N unca . Y o desaparecí de su vida el día en el que elegí dejarle tirado en aquella habitación, no se merece remover el pasado ahora que ha conseguido salir adelante y pasar página.
L a verdadera prueba llegó cuando César comenzó a escuchar los murmullos sobre Macarena.
Al principio eran menciones vagas, como si ella fuera solo una pieza más en el tablero.
Pero, a medida que pasaban las semanas, se dio cuenta de que Macarena no era cualquier pieza.
El destino de Macarena y, probablemente, de muchos otros, estaba en nuestras manos.
César se convirtió en una extensión del propio Jorge, algo que no era sencillo.
Jorge no confiaba en nadie plenamente, pero César tenía una habilidad que pocos poseen: sabía cuándo hablar y cuándo callar.
Su aparente docilidad lo hacía indispensable.
Jorge empezó a compartir detalles, pequeños al principio, pero suficientes para que César y yo comenzáramos a entender la magnitud de lo que teníamos entre manos.
César, empezó a preocuparse por algo más. Jorge estaba intensificando su vigilancia sobre Macarena. No era solo un experimento para él , era una especie de prueba personal, casi espiritual.
— Si logro perfeccionar esto — había dicho Jorge en una reunión a puerta cerrada a la que César asistió — , seré el hombre que redefina la existencia humana. No habrá límites.
Esa declaración fue suficiente para que supiéramos que el tiempo se nos agotaba.
— César, tenemos que acelerar el plan — le dije una noche — . Jorge está a punto de dar un paso que no podemos permitir. ¿Sabes dónde tiene a Macarena?
— No exactamente — confesó César, frustrado — . Es como si se hubiera asegurado de que incluso yo no pudiera llegar a ella. Pero hay algo que podría funcionar.
— ¿Qué? — pregunté con el corazón en un puño.
— Un acceso remoto — respondió con cautela — . Jorge guarda todo en servidores privados. Si logro entrar, podríamos saber dónde la tiene y qué planea hacer con ella.
— Es peligroso, César — advertí — . Si te descubren, no tendremos forma de protegerte.
— Lo sé — dijo con una firmeza que me recordó a su madre — . Pero no voy a quedarme de brazos cruzados. No después de todo lo que hemos hecho.
El día siguiente fue decisivo. César aprovechó un momento en el que Jorge estaba distraído para acceder a su terminal principal. Lo que encontró ahí nos dejó helados. Jorge no solo estaba vigilando a Macarena , tenía un cronograma detallado de experimentos que incluían intervenciones más invasivas.
Su confianza era contagiosa, pero también aterradora. Sabía lo que estaba en juego. No era solo Macarena, ni siquiera el futuro de César. Era algo mucho más grande: la posibilidad de devolverle a la gente la libertad que ni siquiera sabían que habían perdido.
El plan estaba en marcha y mientras repasábamos una vez más los pasos a seguir, no podía evitar pensar que estábamos al borde de un abismo. La diferencia entre caer o cruzar al otro lado estaba en nuestra capacidad para mantenernos firmes.
Convencer a Macarena fue complicado, pero finalmente aceptó.
C é sar se encargaría de llevarla a su casa y allí le contaría los siguientes pasos . Era necesario que no hubiera errores, cualquier pequeño detalle nos dejaría pendientes de un hilo, sino lo est á bamos ya.