8
Nunca supe si Jorge actuó con mala intención o si, en su mente retorcida, realmente creía que me estaba ayudando.
Porque fue él quien me sostuvo cuando me temblaban las piernas en la sala de espera del hospital.
Q uien se encargó de que los mejores médicos atendieran a Daniel.
El que me susurró: « Laura, tienes que ser fuerte. Tienes que seguir adelante » .
Pero lo que más me duele ahora es p lantearme si en realidad quería ayudarme o si , por el contrario, s olo quería asegurar s e de tenerme dentro de su red .
Porque después de que Daniel entrara en coma, Jorge se convirtió en mi único apoyo.
El único que estuvo ahí cuando todos los demás desaparecieron o, más bien, cuando yo me alejé de todos.
Porque la culpa es una prisión que construyes alrededor de ti mismo y yo no dejé que nadie entrara, hasta que apareció César y me salv ó sin saberlo.
Cuando lo vi, parado frente a mí, con esa mirada entre desafío y miedo, supe que no podía darle la espalda .
N o porque quisiera, sino porque, de alguna manera, él también había sido un superviviente y no tenía culpa de los errores cometidos por su madre.
Él también estaba solo, y poco a poco me dí cuenta de que lo había estado toda la vida .
A unque no lo admití en ese momento, César llegó justo cuando más lo necesitaba.
Lleg ó el embarazo y cambi ó las reglas del juego .
N o fue solo el hecho de que estuviera esperando un hijo de un hombre que estaba en coma, fue la sensación de que, desde ese momento, ya no estaba tomando decisiones solo para mí.
T odo lo que hiciera, todo lo que eligiera , afectaría a alguien más y eso me aterraba más que cualquier experimento de Baner .
P or el contrario , Jorge estaba encantado .
P orque Jorge Venados nunca dejaba que una oportunidad se le escapara y mi embarazo fue su momento perfecto .
S e mantuvo cerca, no demasiado, solo lo suficiente para recordarme que estaba ahí, que tenía poder, que podía ayudarme y , cuando estuvo seguro de que me tenía donde quería , l anzó su oferta.
Fue poco después del nacimiento del bebé .
E staba agotada, no dormía más de dos horas seguidas, mi vida era un torbellino de pañales, biberones y un llanto que me hacía sentir que estaba fallando desde el primer día .
J usto ahí, cuando estaba más vulnerable, Jorge apareció con su voz tranquila y su sonrisa calculada.
—Laura, sé que necesitas estabilidad. Sé que necesitas apoyo. Y sé que no puedes hacerlo sola —m e miró con la confianza de alguien que ya sabía que yo iba a aceptar , y sostuvo el silencio unos segundos antes de continuar—. Quiero que dirijas el Proyecto Libertad.
No fue una propuesta, fue una jugada maestra . P orque no me estaba ofreciendo un trabajo, me estaba dando un propósito, un lugar donde poner mi mente agotada, un sitio donde volver a sentirme útil, una razón para no sentirme una carga y, sobre todo, me estaba haciendo creer que era mi elección.
El día que mi cerebro hizo clic fue un jueves, estábamos en la sala de reuniones de Baner, revisando avances del Proyecto Libertad.
Jorge entró con su sonrisa de siempre, esa sonrisa que usaba como un arma.
El equipo estaba repasando datos de los sujetos de prueba cuando alguien, un investigador nuevo, levantó la mano y preguntó:
—Señor Venados, ¿cuál es el criterio para determinar qué voluntarios avanzan a la siguiente fase?
Una pregunta simple. Una pregunta normal.
Pero Jorge no respondió de inmediato, se quedó en silencio un segundo más de lo necesario y cuando habló, no contestó la pregunta.
Dio vueltas, usó palabras técnicas, pero no dijo nada, ahí me saltó la alarma, porque Jorge siempre tenía una respuesta. Siempre.
Por primera vez, tuve la sensación de que Jorge no era solo mi mentor, era algo peligroso.
Desde ese día, empecé a fijarme más en los detalles, en los nombres que desaparecían de los registros, en las reuniones a las que no todos eran invitados, en la manera en que Jorge cambiaba de tema cada vez que alguien hacía las preguntas equivocadas y entonces, finalmente, lo vi, la P aciente 0 .
Macarena Banderas la P aciente 0 del Proyecto Libertad y la mujer que lo cambió todo.
Desde el principio, su expediente me llamó la atención, no porque fuera el caso más complejo, sino porque era el único que no tenía sentido .
S us resultados eran demasiado perfectos, su evolución demasiado rápida y, lo más inquietante de todo, su historial médico anterior estaba incompleto.
Intenté hacer preguntas, pero nadie me dio respuestas.
—No te preocupes por eso, Laura. Enfócate en los avances.
Pero yo no podía dejarlo pasar, por primera vez, vi la grieta en la fachada del p royecto y , cuando empiezas a ver las grietas , y a no puedes dejar de mirar.
Al principio, me resistí . N o porque la idea no fuera interesante, sino porque Jorge parecía más interesado en resultados que en ética.
Lo que proponía era un experimento radical, y yo sabía que pisaríamos terrenos m uy oscuros .
Pero al mismo tiempo, su visión me fascinaba.
Jorge hablaba de un estudio que no solo prometía cambios individuales, sino una transformación social completa.
—Si supi é ramos quiénes somos como sociedad, podríamos cambiarlo todo en menos de una década. Pero eso no interesa —me dijo una noche durante la cena.
Habíamos empezado a trabajar en los primeros borradores de lo que él llamaba “el estudio perfecto”.
—¿Por qué no interesa? —pregunté, sabiendo que la respuesta sería amarga.
—Porque vivimos profundamente por debajo de nuestras posibilidades, y eso les conviene a gente como nosotros que manejamos los hilos.
Sus palabras resonaron en mí. Por más que intentara resistirme, había algo en su manera de ver el mundo que tocaba una fibra profunda.
Jorge no era un científico tradicional; era un estratega, alguien que entendía cómo mover piezas en un tablero global y aunque no lo admitiera, también era un hombre desesperado por dejar un legado.
No imaginaba cómo su ambición terminaría cruzándose con mi pasado, con Daniel y, eventualmente, con César.
El estudio que Jorge y yo diseñamos juntos no era solo una prueba para los participantes , también sería la prueba definitiva para mí.
Y como todas las pruebas, esta traería consecuencias que jamás habría podido prever.
Era convincente, magnético. Podía vender arena en el desierto, y yo, ingenua, compré cada palabra .
É l sabía cómo mezclar hechos reales con teorías disruptivas, envolviéndolo todo en un halo de revolución científica que me atrapó.
Cuando hablaba, era imposible no sentirse parte de algo grande, algo que podría marcar la diferencia.
Lo que no vi fue la obsesión que latía detrás de sus ideas. La necesidad insaciable de demostrar que tenía razón cueste lo que cueste, esa ceguera que lo llevaba a ignorar cualquier ética, cualquier límite.
Pero lo más doloroso de todo fue darme cuenta de que, mientras yo creía estar construyendo algo positivo, Jorge tenía otros planes. Su interés en mí nunca fue puramente profesional. Yo era una pieza más en su tablero, y él, el único ganador.