Niebla mental 10
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Jorge no era tonto. Su obsesión con controlar cada aspecto del experimento y de los participantes lo hacía extremadamente meticuloso, casi paranoico. Pero incluso las mentes más calculadoras cometen errores cuando la confianza los traiciona.

—Algo no encaja —lo escuché murmurar un día, mientras revisaba los informes de seguridad en su despacho con esa mirada fija, penetrante, que usaba cuando su instinto le decía que había un problema—.

Hay alguien aquí dentro que sabe más de lo que debería.

No puede ser coincidencia que ciertas cosas se hayan desmoronado justo cuando estábamos tan cerca del objetivo.

Me quedé congelada. Él no sabía quién era el topo, pero estaba seguro de que había uno. El problema es que Jorge era metódico, y no tardaría en seguir las pistas. Cada palabra, cada gesto, cada movimiento podía delatarnos.

César, por su parte, mantenía la compostura, aunque yo sabía que estaba bajo presión. Jorge lo observaba de cerca, poniendo a prueba su lealtad con preguntas capciosas y tareas imposibles.

—¿Sabes qué es lo que más odio? —le dijo Jorge una tarde mientras revisaban los reportes juntos—. La traición. No hay nada peor que tener a una serpiente en el jardín y no saber dónde está escondida.

César apenas reaccionó.

—Lo sé, señor. Pero estoy aquí para lo que necesite. Si hay algo que quiera que investigue, solo dígamelo.

Esa respuesta lo salvó, al menos por el momento.

—Alguien la ayudó —dijo al fin, con un tono tan bajo que tuve que esforzarme para escucharlo.

No era una pregunta, era una afirmación. La habitación se llenó de un silencio opresivo. Nadie se atrevía a hablar. Jorge comenzó a caminar, despacio, como un depredador acechando a su presa, sus ojos afilados escudriñando cada rostro.

—Tenemos un topo —continuó, más para sí mismo que para nosotros—. Macarena no se ha esfumado sola. Alguien la sacó, alguien que sabe exactamente lo que estamos haciendo aquí.

Por dentro, mi corazón se aceleró, pero me forcé a mantenerme calmada.

Habíamos sido cuidadosos, César y yo. Habíamos planeado cada movimiento para que pareciera una simple grieta en el sistema, un error técnico.

Sin embargo, conocer a Jorge significaba saber que no se detendría hasta descubrir la verdad.

—Quiero cámaras, registros —ordenó con una calma escalofriante, mientras sus ojos brillaban con rabia —, cualquier cosa que me diga quién está detrás de esto. No me importa cuánto tarde ni cuántos recursos tengamos que usar. Encontraré a Macarena. Y al traidor.

Su obsesión, que ya antes me parecía peligrosa, había alcanzado un nuevo nivel. No era solo que Macarena representara su experimento más ambicioso. Ahora, era una cuestión de ego, de control, de no permitir que nadie se interpusiera en su camino.

Una noche, lo escuché hablando por teléfono en su despacho, su voz llena de furia contenida.

—No, no voy a tolerar fallos. Si alguien más sabe algo, lo quiero ahora. Esto no es un juego. Macarena es la clave, y no voy a permitir que desaparezca.

Fue en ese momento cuando comprendí la magnitud de lo que habíamos hecho. Jorge no iba a detenerse. Para él, no existían límites, ni morales ni éticos, cuando se trataba de cumplir con su objetivo. A hora, ese objetivo éramos nosotros.

La cacería había comenzado, y estábamos en el centro de su punto de mira .

A fortunadamente de momento no dudaba de nosotros, pero no tardaría en conectar las piezas.

Sabía que el tiempo estaba en nuestra contra y que su sombra nos alcanzaría tarde o temprano.

Pero lo que él nunca entendió, lo que jamás pudo prever, era que su propio control absoluto sería su mayor debilidad.

El centro estaba patas arriba. Sus gritos resonaban en los pasillos como ecos de una tormenta que nadie podía detener.

Todo el personal caminaba de puntillas, aterrorizado de cometer un error que los convirtiera en sospechosos.

Y mientras Jorge desataba su furia, Macarena estaba lejos, viva, libre... por ahora.

Jorge había activado cada recurso, cada contacto, cada herramienta. Sabía que era cuestión de tiempo antes de que se acercara más de lo que podíamos manejar.