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Si alguien me hubiera dicho hace años que mi vida terminaría convertida en lo que es ahora, le habría respondido que leyera menos ciencia ficción .
Y o no quería ser Deep Code, no nací para moverme en la sombra ni soñaba con esconderme detrás de nombres falsos y dispositivos cifrados .
P ero cuando la vida te empuja contra una pared, solo tienes dos opciones: d ejar que te aplaste o convertirte en alguien que pueda pelear.
Antes de todo esto, antes de Baner , antes del Proyecto Libertad , yo era una neurocientífica con un futuro prometedor .
P asé años estudiando el cerebro, obsesionada con entender cómo funcionaba .
P orque el cerebro no es solo una máquina biológica, es un código, un programa, y cada cosa que hacemos, cada hábito, cada decisión, cada miedo, está escrito en él de alguna manera.
Si puedes entender el código, puedes reescribirlo .
E se era mi objetivo. Nunca quise curar síntomas, quería hackear la mente humana.
Reprogramar lo que nos limita, eliminar lo que nos hace débiles, descifrar los patrones que nos hacen tomar decisiones que nos destruyen y, justo cuando creía que estaba cerca de algo grande, a pareció Jorge.
Jorge no vino a mí con promesas vacías, n i me vendió un sueño utópico .
M e dio justo lo que quería : recursos, pasar a formar parte del mejor laboratorio del país y tener vía libre para investigar todo lo que la mente humana puede llegar a alcanzar.
Era algo que no podía rechazar y, por supuesto, no lo hice.
Todo para un solo objetivo: empujar los límites de la neurociencia.
Dijo todas las palabras correctas : que íbamos a cambiar la forma en que los humanos aprend ía mos , que podíamos mejorar la memoria, la inteligencia, incluso la personalidad .
Y l e creí. Porque cuando crees que puedes cambiar el mundo y te dan los recursos para ello no ves las grietas en la historia h asta que es demasiado tarde .
Entonces te das cuenta de que no estás cambiando vidas, estás jugando con ellas .
C uando finalmente lo entendí, ya no había salida.
Ya no era Laura, la científica brillante .
E ra Laura, la pieza de un experimento mucho más grande de lo que podía imaginar.
No fue un momento, ni una revelación cinematográfica donde todo encajó de golpe .
F ue un goteo, pequeñas señales, datos que no cuadraban, sujetos de prueba que desaparecían sin explicación, resultados que parecían demasiado perfectos y, sobre todo, el creciente nudo en mi estómago que me decía que algo no estaba bien .
D espués llegó Macarena, ella lo cambió todo.
Al principio, me convencí de que era paranoia, que estaba viendo cosas donde no las había, pero la ciencia no miente y cuando empecé a revisar mis propios informes, los números me gritaron la verdad en la cara. No estábamos optimizando la mente humana, la estábamos manipulando, a nuestro antojo.