Laura
Me llamo Laura Fernandez , pero para muchos simplemente soy Deep Code .
S uena a hacker clandestina, ¿no? Supongo que tiene su punto de verdad, pero mi especialidad no es romper sistemas, sino entenderlos, reprogramarlos y, en el proceso, ayudar a quienes lo necesitan , aunque a veces implique dejar partes de mi vida atrás.
A veces pienso que, si alguien me mirara desde fuera, diría que soy la persona más segura del mundo.
La experta en biohacking, la mujer que siempre parece tener las respuestas.
Pero la verdad es otra , si algo sé es que no he llegado hasta aquí sin mirar demasiado atrás, con decisiones que me pesan en el alma y que, aún hoy, dudo que fueran las correctas.
De pequeña, siempre tuve curiosidad por entender cómo funcionábamos .
M ientras mis amigas soñaban con ser astronautas o actrices, yo estaba pegada a cualquier libro de biología que cayera en mis manos.
La mente y el cuerpo humano siempre me parecieron un rompecabezas, uno que podía resolverse con las piezas adecuadas .
L os ordenadores y las nuevas tecnologías siempre han sido mi pasión.
Por eso terminé como neurocientífica, porque allí encontré la conexión entre todo: cuerpo, mente y entorno.
El biohacking no es solo mi trabajo, es mi forma de vida.
Me he volcado en ello como quien se aferra a una balsa en medio del naufragio.
Me obsesiona entender cómo cada pequeña acción puede marcar la diferencia en nuestro cuerpo,cómo los grandes cambios empiezan por decisiones simples: lo que comes, cómo respiras, cuándo duermes.
Pero no siempre fui esta Laura. Hubo una época en la que soñaba con cosas mucho más simples.
Antes de los laboratorios, antes de Jorge, antes de todo.
Tocaba el piano, no de forma brillante, pero sí con el corazón.
Mi madre siempre decía que mi manera de interpretar a Chopin tenía más sentimiento que técnica, y creo que tenía razón.
Hoy apenas toco, aunque de vez en cuando me dejo llevar por las notas de Beethoven o Rachmaninoff.
Es mi refugio secreto, mi manera de desconectar de este mundo tan controlado.
Cuando estoy sola, escucho música. No solo clásica, también Adele o Jamie Cullum. Hay algo en esas baladas suaves que me recuerda que soy humana, que tengo derecho a sentirme vulnerable, incluso si el mundo espera de mí otra cosa.
Mi vida cambió radicalmente aquel día del accidente.
Daniel estaba conmigo, ¿sabes? Íbamos a empezar una nueva etapa juntos, llena de ilusiones, y de repente todo se rompió.
Verlo en coma fue como si me arrancaran una parte de mí.
Intenté ser fuerte, esperé seis largos meses, pero cuando los médicos me dijeron que no despertaría, que su estado era irreversible, tuve que tomar la decisión más difícil de mi vida .
A demás se añadi ó ese dichoso virus K19 , y con é l, los miedos.
Y, por supuesto, ese embarazo tan que llegaba en el momento m á s inoportuno .
N o podía esperar más. Desaparecí. No por cobardía, o tal vez sí, pero lo hice para sobrevivir, ahora tenía alguien más en quien pensar.