Niebla mental Daniel
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Daniel

El pitido monótono del monitor fue mi primer contacto con la realidad al despertar de aquel letargo de meses.

Por segunda vez en mi vida, abría los ojos en una habitación aséptica, envuelto en una ausencia que pesaba más que las contusiones de mi cuerpo.

La enfermera me explicó que me habían encontrado inconsciente tras la emboscada; sin embargo, no había rastro de Macarena.

El pánico se mezcló con un dolor sordo: el mundo que conocía se había detenido en seco mientras yo dormía, y la niebla del hospital parecía ser el único hogar que me quedaba.

Fue en ese limbo donde la desilusión con el sistema tradicional terminó de fraguarse.

Mi formación médica me había enseñado a tratar síntomas, a seguir protocolos rígidos que ignoraban la raíz del problema.

Pero el aislamiento forzado por la pandemia y el vacío dejado por Laura —quien se alejó bajo la sombra de un virus que congeló el mundo— me empujaron a buscar respuestas en la nutrición y el biohacking.

Entendí que la verdadera medicina no estaba en las pastillas de Baner, sino en recuperar el control sobre nuestra propia biología celular.

En ese silencio hospitalario, rodeado de luces fluorescentes, nació Zero y mi determinación de destapar la farsa en la que todos vivíamos sumergidos.

Me incorporé bruscamente en la cama, ignorando la punzada que me atravesó las costillas. Recorrí la estancia con la mirada, buscando respuestas en medio del caos que era mi cabeza.

—Macarena… —murmuré, con la garganta seca.

Una enfermera entró de inmediato al notar mi agitación en el monitor.

—¡Tranquilo, por favor! —dijo con firmeza serena, apoyando una mano en mi hombro—. Tuvo mucha suerte de que lo encontraran a tiempo.

La miré, aturdido, tratando de encajar las piezas.

—¿Dó… dónde estoy? —pregunté, aunque el olor a desinfectante ya me daba la respuesta.

—En el hospital. Lo encontraron inconsciente en la calle hace casi un día —explicó mientras ajustaba el goteo del suero—. Tiene varias contusiones y traumatismos. Nada irreparable, pero unos minutos más y no lo cuenta.

El pánico me recorrió la espina dorsal como una descarga.

—¿Y la mujer que estaba conmigo? ¿Dónde está Macarena?

La enfermera me miró sin comprender.

—No sabemos de quién habla, señor. Cuando llegó la ambulancia, usted estaba solo.

Por segunda vez en mi vida, despertaba en una habitación de hospital rodeado únicamente por el eco de una ausencia.

El zumbido de las máquinas llenaba el silencio; el aire se volvía espeso, asfixiante, como si una losa me aplastara el pecho.

El dolor no era solo físico: la niebla volvía a cerrarse sobre mí.

El chasquido metálico de la puerta me sacó del letargo.

Era Zero.

Al fin una cara conocida. Sin embargo, en su expresión habitual de cinismo calculado no había rastro de burla; solo una sombra de tensión que jamás le había visto.

—¿Cómo estás? —preguntó en un susurro, cerrando tras de sí.

—¿Qué ha pasado? —intenté hablar con firmeza, pero la voz se me quebró. Tragué saliva antes de insistir—: ¿Dónde está Maca?

Zero tardó un segundo de más en responder, calculando cada palabra. Lo que callaba resultaba evidente en su mirada.

—No te engañes, Daniel —dijo acercándose a la cama—. Ya no hay vuelta atrás. Todo lo que conocías y todo lo que creías está a punto de venirse abajo. Pero todavía podemos actuar.

—¿Qué sabes, Zero? ¿Cómo la encontramos?

Él levantó una mano, cortándome en seco.

—No hay tiempo para debates existenciales. Macarena está en sus manos y cada segundo cuenta. Estoy rastreando la señal residual del anillo, pero esta gente no es aficionada; cambian de frecuencia y se mueven rápido.

Intenté incorporarme de nuevo, pero el dolor me obligó a apoyar la espalda en el cabecero.

—¿Sabes quiénes son? —mascullé apretando los dientes.

—No con exactitud, pero cometieron un error: subestimaron los protocolos del propio anillo. Puedo triangularlos, pero necesito tiempo.

Apreté los puños hasta clavarme las uñas en las palmas.

—No tenemos tiempo. A estas horas, Maca podría estar…

—Lo sé —me interrumpió, clavando sus ojos en los míos—. Pero si entramos en pánico, no solo la perderemos a ella; nos hundiremos todos. Déjame hacer mi trabajo. Tú concéntrate en ponerte en pie. Cuando tenga las coordenadas, iremos a por ellos. Juntos.

Cerré los ojos, tragándome la rabia.

—Es culpa mía —susurré—. No debí permitir que se la llevaran.

Zero se inclinó hacia mí, implacable.

—Guárdate la autocompasión para luego, Daniel. Con eso no rescatamos a nadie, y Macarena necesita que mantengas la cabeza fría.

Asentí lentamente. Tenía razón. Mientras Zero salía de la habitación con el sigilo de una sombra, me quedé mirando las luces fluorescentes del techo, tratando de controlar el pulso.

Apenas habían pasado unos minutos cuando la puerta volvió a abrirse, esta vez con un golpe seco y autoritario. Entraron dos policías de uniforme oscuro. El más corpulento llevaba una libreta en la mano; el más joven se quedó junto al marco, observando la estancia con cautela profesional.

—Señor Miralles —dijo el primero—. Soy el inspector Ramírez y este es el oficial Gutiérrez. Queremos hacerle unas preguntas sobre lo sucedido anoche.

Me enderecé despacio, soportando el dolor en las costillas.

—¿Han encontrado a Macarena? —pregunté de golpe.

Ramírez frunció el ceño, bolígrafo en mano.

—¿Macarena? ¿Podría decirnos quién es exactamente?

Tomé aire y les resumí lo ocurrido en el aparcamiento: la emboscada de la furgoneta negra, los golpes, el secuestro de Maca y cómo me habían dejado tirado en el asfalto.

—Se la llevaron a la fuerza —concluí, con la impotencia quemándome la voz—. Necesitan emitir una alerta ya.

Gutiérrez levantó la vista de sus notas con evidente escepticismo.

—¿Tiene matrícula de la furgoneta? ¿Pudo ver el rostro de alguno de los agresores?

Apreté la mandíbula. Mis recuerdos eran ráfagas caóticas: sombras, impactos, el chirrido de los neumáticos.

—Fue cuestión de segundos. Solo sé que era una furgoneta negra.

Ramírez asintió con una lentitud que denotaba desconfianza.

—¿Y por qué cree que se la llevaron a ella y a usted solo lo golpearon? ¿Qué relación tienen?

Tragué saliva. No podía mencionar a Baner, ni el foro clandestino, ni el chip biométrico; si abría esa puerta sin pruebas, nos pondría a todos en el punto de mira.

—Ella es periodista de investigación —respondí midiendo cada sílaba—. Estaba destapando irregularidades en un programa experimental de salud. Tocó donde no debía.

Los dos agentes intercambiaron una mirada cargada de recelo.

—Mire, Miralles —dijo Ramírez apoyando los brazos en la barandilla de la cama—, no tenemos llamadas al 112 denunciando un secuestro, no hay testigos en el aparcamiento y no consta ninguna denuncia por desaparición a nombre de esa mujer. Solo tenemos su versión.

—¡No me lo estoy inventando! —alcé la voz, incorporándome pese al dolor—. ¡Revisen las cámaras del centro comercial o el registro de geolocalización!

—No hay cámaras operativas en esa planta del aparcamiento, señor Miralles —intervino Gutiérrez con tono condescendiente—. Y según el parte médico, usted sufrió un traumatismo craneoencefálico importante. En estas situaciones, el cerebro suele rellenar lagunas con escenarios confusos.

La rabia me encendió la sangre.

—¡No estoy delirando! Sé perfectamente lo que vi.

—Por ahora descanse —zanjó Ramírez guardando la libreta—. Abriremos una diligencia informativa, pero le aconsejo que no invente historias sin fundamento; podría incurrir en una falta por simulación de delito.

Se dieron la vuelta y salieron, cerrando la puerta tras de sí.

El silencio volvió a caer sobre la habitación, roto únicamente por el pitido rítmico del monitor. Me dejé caer contra la almohada con el corazón desbocado. Nadie me creía. No había pruebas oficiales, ni testigos, ni rastro alguno.

Pero yo no iba a quedarme esperando en una cama mientras ellos experimentaban con Macarena. Me arranqué la vía del suero del dorso de la mano y apoyé los pies descalzos sobre el suelo frío. El cuerpo me dolía entero, pero la determinación era más fuerte que cualquier fractura. Iba a salir de allí.