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Conocí a Jorge Venados hace años. Un hombre que, en un principio, parecía tener respuestas para todo. Un visionario, pensé. Pero no tardé en darme cuenta de que era un vendedor de humo, un fanático que usaba su carisma para disfrazar su falta de escrúpulos y lo supe de la peor manera.
Hubo un momento de debilidad, una sola noche en la que me dejé envolver por su falsa cercanía; un error garrafal del que me arrepentiría cada segundo de mi vida, sobre todo porque ocurrió apenas unas semanas antes del accidente de Daniel.
Esa culpa me abrió los ojos y me empujó a mirar más allá de la fachada de Jorge, descubriendo la red de mentiras y experimentos turbios que manejaba en la sombra.
Jorge Venados. Su nombre me pes aba en la cabeza como una nube que nunca se disipaba.
E ra un hombre magnético, no se p odía negar.
Tenía una habilidad especial para leer a las personas y encontrar sus debilidades .
E ra mi mentor, mi apoyo, me hacía sentir qu e lo que hacía importaba, q ue mi trabajo tenía valor, que yo tenía valor .
Y ahora, viéndolo en retrospectiva, no sé siquiera si alguna vez me tuvo algo de aprecio o si todo fue parte de su estrategia.
Jorge tenía un don . S abía exactamente qué decir para que creyeras en él . Era capaz de leer a las personas y darles justo lo que necesitaban para caer en su red . A mí me vio joven, brillante y con hambre de cambiar el mundo, así que me alimentó con promesas .
L o creí . P orque, en ese momento, Jorge era el único que me hacía sentir que estaba haciendo algo grande .
Q ue no era una científica más en un laboratorio cualquiera, sino alguien destinada a marcar la diferencia.
¿Cómo no iba a caer en su red? Jorge sabía cómo hacer que me sintiera imprescindible.
Hablaba de sus planes, sus estudios, su visión de un mundo más saludable, más controlado.
Pero detrás de esas palabras había algo que no vi al principio: un ansia de poder que disfrazaba de altruismo.
No puedo decir que todo lo que prometía fuera falso.
Tenía ideas brillantes, sí, pero siempre había una letra pequeña, un precio a pagar.
Fue César quien me hizo abrir los ojos, aunque nunca se lo dije.
Mi sobrino tenía una manera especial de observar, de cuestionar.
Quizás porque creció viendo a una madre que intentaba controlar cada aspecto de su vida, que le enseñó a no aceptar nada sin cuestionarlo, as í era mi hermana.
Cuando comenzó a trabajar para Jorge, fue como si algo en él despertara.
Recuerdo la primera vez que vi las notas sobre la Paciente 0 .
Estaban escritas con una precisión obsesiva, casi maniática.
Macarena Banderas, su nombre estaba subrayado, rodeado de círculos y flechas.
Había diagramas, líneas de tiempo, referencias a experimentos.
Jorge estaba obsesionado con ella, decía que era la clave, la pieza que faltaba para demostrar su teoría: que el cuerpo humano podía ser moldeado a voluntad, que el azúcar y el placer podían convertirse en herramientas para el control masivo.
A hí comprendí que tenía que actuar . N o podía permitir que Macarena quedara atrapada en esa red, ni que Jorge destruyera más vidas.
Pero trabajar con Jorge era como caminar por un campo minado.
Sabía que tarde o temprano se daría cuenta de que algo no cuadraba.
Y así fue. Noté su desconfianza, sus preguntas veladas.
Me miraba como si intentara leer mi mente.
César y yo éramos cuidadosos, pero sabía que no podríamos mantener la fachada para siempre.