Niebla mental 8
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Me puse a ver otro de esos episodios de Daniel, e sta vez, hablaba del debate eterno: v egetarianos vs. carnívoros. El episodio comenzaba con su clásico estilo directo:

—Nos han hecho creer que hay un solo camino hacia la salud, cuando en realidad nos han metido en una guerra absurda —s ubí el volumen, porque si algo tenía Daniel era la capacidad de hacer que cualquier tema sonara más interesante de lo que parecía — .

¿Vegetarianos? ¿Carnívoros? Al final, la pregunta no es qué comes, sino qué tan manipulado está lo que comes.

Ahí fue cuando me enganchó ,porque eso, de alguna manera, conectaba con lo que yo estaba descubriendo sobre Baner. Daniel seguía hablando :

—El problema no es la carne, no son las verduras , e s el sistema que decide cómo llegan a ti. P orque, al final, a nadie le importa tu salud, solo les importa que sigas comprando lo que ellos quieren venderte.

Sentí un escalofrío . J oder, sonaba demasiado parecido a lo que ya estaba viendo en los informes secretos de Baner. Demasiado parecido a lo que Jorge intentaba ocultar. A hí supe algo con certeza : este e ra de los nuestros, y ten ía que hacer lo posible porque se un iera a mi equipo.

Estaba tan absorto en el podcast que no escuché la puerta abrirse. Lo siguiente que supe fue que Laura estaba de pie en el umbral, mirándome con el ceño fruncido, mientras la voz de Daniel retumbaba en la habitación .

Mi instinto de supervivencia entró en modo adolescente en apuros. Cerré el portátil de golpe, como si eso fuera a borrar lo que acababa de pasar . L ógicamente, no funcionó. Laura cruzó los brazos y alzó una ceja, en ese clásico gesto de te acabo de pillar y quiero saber qué narices estás ocultando.

—¿Qué estabas viendo?

—Nada.

—¿Nada?

—Un vídeo.

—¿Un vídeo de qué?

—De… nutrición.

—¿Nutrición?

—Sí.

Silencio.

Laura me miró como si acabara de decirle que estaba viendo documentales sobre cómo criar alpacas en el desierto. Luego señaló el portátil cerrado.

—¿Y por qué lo cerraste como si estuvieras viendo algo que quieres ocultarme?

—Porque… porque…

No tenía una buena respuesta. Laura suspiró y se dejó caer en el sofá.

—César, cuando te conocí eras un crío con más curiosidad que sentido común. Veinte años después, sigues igual .

No lo negué,porque, sinceramente, tenía razón. Lo malo es que esta vez, mi curiosidad no era solo un problema mío , e ra un problema de todos.

Laura seguía mirándome con esa mezcla de sospecha y paciencia que tienen los adultos cuando pillan a un niño en plena travesura y esperan a que se quiebre solo. Yo mantuve la boca cerrada, pero Laura me conocía demasiado bien.

—César, si de verdad estuvieras viendo un vídeo de nutrición sin importancia no habrías cerrado el portátil como si acabara de entrar tu madre en la habitación.

—Igual tengo reflejos rápidos, ¿qué quieres que te diga?

—Quiero que me digas qué está pasando.

Me hundí en el sofá, no podía decirle todo pero tampoco podía seguir esquivándola, porque si había algo que Laura odiaba más que los ultraprocesados, era que le ocultaran información .

A sí que decidí soltar un pedazo de verdad, uno lo suficientemente convincente como para calmar su curiosidad, pero no tanto como para meterla de lleno en el lío en el que me estaba metiendo yo.

—Escucho a este tipo desde hace un tiempo. Es un médico que habla de la industria alimentaria y el sistema de salud. Tiene ideas bastante interesantes.

Laura frunció el ceño.

—¿Y qué tiene que ver eso contigo?

—Nada. Solo me interesa lo que dice.

Ella me miró en silencio,sabía que no le estaba contando todo, pero también sabía que, si insistía demasiado, yo me cerraría más. Finalmente, suspiró.

— Q uiero verlo . A m í también me vendrá bien desconectar un rato.

No est oy seguro de por qué lo hice . T al vez porque quería ver su reacción, tal vez porque ya estaba cansado de esconder cosas. Le di play.

El rostro de Daniel Miralles apareció en la pantalla.

Su voz llenó la habitación, segura y firme, desmontando con datos cada mentira que nos habían vendido sobre la salud y la alimentación.

Pero en lo único que pude centrarme fue en Laura .

E n cómo, de repente, su expresión cambió, sus ojos se abrieron y su respiración se detuvo por un segundo.

Pasados unos segundos y c asi en un susurro, dijo:

— ¿Que pasa? Parece que hayas visto un fantasma

— Ese es Daniel….

Silencio . Y o me quedé helado, porque no esperaba esa reacción . N o esperaba que conociera a Miralles y, definitivamente, no esperaba que fuera su Daniel.

Las piezas empezaron a encajar en mi cabeza a una velocidad aterradora. Laura,el Proyecto Libertad, Jorge, Daniel Miralles, todo estaba conectado. Y yo, sin quererlo, acababa de tirar de un hilo que podía hacer que todo se viniera abajo.

El aire en la habitación había cambiado . Laura seguía mirando la pantalla como si lo que viera no pudiera ser real . Y o la miraba a ella, esperando que dijera algo más . P ero no lo hizo, así que lo hice yo.

—¿Tu Daniel?

Ella parpadeó, como si acabara de darse cuenta de que había hablado en voz alta.

—No… no puede ser.

—No puede ser qué, Laura?

Se pasó una mano por la cara y negó con la cabeza.

—Pensaba que nunca despertaría . M e alej é de é l por que los médicos no me daban esperanzas, por el bebe . Pero, ¿qu é he hecho? ¿Qué clase de persona soy?

—¿Estamos hablando de t u Daniel?

¿Cómo no había caído? ¿Cómo h abía podido ser tan idiota de enseñar l e la imagen de su prometido viv o al que abandon ó ?

Bueno, en mi defensa he de decir que yo nunca h abía visto a ese hombre antes .

Pero bueno, esto es una cagada monumental.

Laura soltó un suspiro, se dejó caer en la silla y se pasó una mano por el pelo.

—Me alejé de Daniel para proteger al beb é.

Le dej é en el hospital con las expectativas nulas de los médicos de que nunca despertaría .

Me dio muchísimo miedo , pero tenía que pensar en nuestro futuro bebé .

N o podía construir su vida junto a una cama de hospital esperando a un padre que nunca despertaría.

Mi mente iba a mil por hora, intentando encajar las piezas . Daniel Miralles no solo era un médico rebelde con un micrófono y demasiadas verdades incómodas, era el padre del hijo de Laura. Me pasé una mano por la cara, intentando no perder la calma.

Laura no reaccionó enseguida . S e quedó mirando la pantalla, congelada, como si su cerebro no pudiera procesar lo que estaba viendo .

C omo si la imagen de Daniel Miralles, ahí delante, hablándole al mundo con una seguridad arrolladora, fuera demasiado para ella .

Y o la observé en silencio, nunca la había visto así .

P asaron segundos, tal vez minutos, y ella seguía sin decir nada. Entonces, en un susurro, lo soltó:

—No puedo verlo.

—Laura, ¿qué dices?

Se llevó las manos a la cara, como si quisiera taparse los ojos, como si pudiera borrar lo que acababa de ver.

—No puedo verlo así. No puedo…

Su voz se quebró y ahí lo entendí . Daniel no solo estaba vivo, estaba renacido .

N o era el hombre que ella dejó en una cama de hospital, atrapado entre la vida y la muerte .

E ra alguien nuevo, fuerte y seguro de sí mismo, más vivo que nunca.

Lo que m á s le dolía era que esa versión de Daniel ya no le pertenecía .

P orque si alguna vez existió la posibilidad de volver, desapareció el día que tomó la decisión de irse sin dejar una explicación.

Se limpió las lágrimas rápido, como si le doliera que yo la viera así y entonces lo dijo. La sentencia.

—Nunca podré volver a verle.

Mi estómago se encogió.

—Laura…

Ella negó con la cabeza, tajante.

—No podría perdonarme, César. Nunca .

Lo peor era que yo sabía que tenía razón .

¿C ómo le explicas a un hombre que resurge de sus cenizas que le abandonaste en un hospital, que tiraste la toalla, que decidiste hacer tu vida, pensando que era lo mejor?

Laura se quedó en silencio, como si revivir todo aquello la hubiera dejado sin aire .

Y o, en cambio, tenía la cabeza a mil revoluciones. Tomé aire y me incliné hacia ella.

—Escúchame bien, Laura, porque esto va a sonar una locura .

M e miró con cautela.

—Me tienes acostumbrada.

Ignoré el comentario y seguí.

—Daniel no es solo un médico diciendo verdades incómodas. Sin quererlo, se ha convertido en la persona que más daño puede hacerle a Baner.

—¿Y tú cómo sabes eso?

Abrí el portátil y giré la pantalla hacia ella. El foro, los hilos, las conexiones.

—Mira esto.

Laura leyó en silencio. Líneas y líneas de mensajes de gente que empezaba a abrir los ojos gracias a l as intervenciones de Daniel . P ersonas que, sin saberlo, estaban formando una comunidad de resistencia contra el sistema, contra Jorge.

—Daniel ya les está jodiendo sin darse cuenta.

Laura levantó la vista.

—¿Y qué quieres hacer?

Me crucé de brazos.

—Lo que Jorge más teme: convertir a Daniel en algo más grande de lo que ya es. Darle la información que le falta. Hacer que su voz sea imposible de silenciar.

Laura parpadeó.

—¿Quieres que Daniel sea el que destape a Baner?

—Exacto.

—César, eso es peligrosísimo.

—Más peligroso es dejar que Jorge siga con su mierda sin que nadie lo frene.

Laura me sostuvo la mirada . S abía que tenía razón, sabía que no había opción segura, sabía que, si Daniel descubría toda la verdad, no se quedaría callado. Jorge tampoco . E ra una apuesta arriesgada, pero era la única manera de ganar y Laura lo sabía . S uspiró y dijo:

—¿Cuál es el siguiente paso?