Niebla mental 7
50%

7

Llevaba ya unos meses trabajando en Baner cuando Jorge me llamó y me propuso ayudarle con el Proyecto Libertad.

Fue bastante antes de la pandemia, en un momento en que la sociedad estaba perdida en el limbo.

E ra el plan perfecto para lanzar una campaña de p é rdida de peso masiva y una especie de retiro, algo novedoso que además llevaba el prestigio de un laboratorio de renombre. E starían encerrados unos dos meses .

A sí surgió el anuncio de Instagram en el que cayeron tantos .

E l señuelo era un regalo enmascarado, un anillo inteligente valorado en 500 euros .

Y o no entiendo c ó mo la gente sigue creyendo en estas cosas, nadie regala nada a cambio de nada .

P ero aprovechando la desesperación y jugando con la mente de las personas mas débiles Jorge lo consiguió.

Hasta ese momento, sabía que Jorge Venados no era alguien de fiar, pero fue justo ahí, cuando me pidió que creara un anillo inteligente para un estudio, cuando todo hizo click.

Cuando dejé de verlo como un simple jefe con demasiado poder y pasé a verlo como lo que realmente era : u n tipo con un plan que no quería que nadie más entendiera .

Y nosotros, sin darnos cuenta, é ramos la pieza angular.

Jorge me llamó a su oficina con su típica sonrisa de “ tengo un plan y no te lo voy a contar entero ” . Me senté, esperando una de sus charlas vagas sobre seguridad y confidencialidad, pero en su lugar me lanzó una propuesta que me dejó frío.

—César, necesito que desarrolles un sistema para un anillo inteligente.

Fruncí el ceño.

—¿Un anillo? ¿Para qué?

—Para un estudio que estamos llevando a cabo. Necesitamos medir constantes vitales en tiempo real, pero sin que los participantes sean conscientes de lo que estamos midiendo exactamente.

—Vale…—dije lentamente— ¿Qué tipo de datos necesitas que recoja?

Jorge entrelazó los dedos y sonrió.

—Temperatura, frecuencia cardiaca, niveles de oxígeno en sangre. Lo habitual.

—¿Solo eso?

—¿Qué estás insinuando, César?

Me encogí de hombros, fingiendo desinterés.

—Nada. Solo quiero saber exactamente lo que esperas de mí.

Jorge me sostuvo la mirada y , por primera vez, entendí que él también me estaba analizando . Q ue, en su cabeza, estaba decidiendo cuánto podía decirme y cuánto debía guardarse.Finalmente, sonrió de nuevo.

—No te preocupes. Confío en que harás un gran trabajo.

Yo, César García , me encargué de diseñar los anillos inteligentes.

Tal vez te preguntes cómo llegué a ser la persona encargada de algo tan avanzado y siniestro.

Bueno, no fue difícil. Baner es una de las mayores farmacéuticas del país, y cuando tienes la cabeza llena de ideas brillantes (aunque no siempre del todo éticas) el puesto de genio de la tecnología está esperando por ti.

Además, claro, mi madre nunca dejó de recordarme que debía estar un paso adelante, ser el primero en ver la oportunidad antes que los demás.

Recuerdo el primer modelo: un diseño elegante, con una pequeña pantalla digital y una luz tenue que se encendía cuando el anillo estaba activado.

Lo llamamos “SmartRing” y, para los participantes, era la herramienta perfecta para controlar su salud.

Se lo vendimos como un “dispositivo para el bienestar”.

Para nosotros, libertad era tenerlos conectados, monitoreados, y en cierto sentido, prisioneros de su propio cuerpo.

Así fue como nos aseguramos de que nadie pudiera escapar.

Los participantes pensaban que usaban el anillo para medir calorías, pasos, patrones de sueño.

En realidad, los usábamos para medirlos a ellos .

El anillo enviaba constantemente datos a nuestras bases de datos, sin que ellos lo supieran .

T odo lo que hacían estaba registrado: desde la cantidad de azúcar en su sangre hasta la frecuencia de sus emociones a lo largo del día.

Con el tiempo, algunos comenzaron a sospechar, pero ya era demasiado tarde.

No podías quitarte el anillo sin que se activara una alarma interna, y el sistema detectaba cualquier intento de desactivarlo .

S abíamos cuándo estaban cerca de cualquier fuente de radiación o interferencia, sabíamos si se sentían estresados, si tenían problemas de salud.

Y lo que es más importante: siempre sabíamos dónde estaban.

Resulta una ironía perversa que todo este entramado se oculte bajo el disfraz del bienestar y la optimización vital.

La gente camina a ciegas, ignorando el calado real de lo que les estamos haciendo; lo verdaderamente trágico es su incapacidad para ver que cada síntoma ( desde el mareo más leve hasta esa supuesta plenitud física ) no es más que un efecto secundario de una manipulación meticulosamente orquestada.

Por supuesto, siempre mantuvimos la apariencia de que todo era voluntario, que los participantes podían irse en cualquier momento pero, de alguna manera, siempre regresaban .

E staban tan metidos en el proceso, tan controlados por ese pequeño anillo, que no sabían cómo dejarlo .

E ra como un laberinto sin salida, y la gente no lo veía.

Internet tiene una regla de oro: s i algo existe, alguien en algún rincón del mundo ya está hablando de ello.

Y si nadie ha hablado antes, es porque no han sabido dónde buscar.

Ese foro, el que Laura y yo habíamos creado casi como un experimento, pronto se convirtió en algo más.

Algo grande, algo incontrolable. La comunidad creció en cuestión de semanas : gente anónima compartiendo información, hilos interminables sobre experimentos pasados, proyectos clasificados que nadie conocía …

y entonces lo vi . N o éramos los primeros, había otros estudios similares, años atrás .

I nvestigaciones que nunca llegaron a ser públicas, personas que, como Macarena, habían sido parte de experimentos de los que nunca se supo nada.

¿Por qué? Porque todos los que pasaron por ellos firmaron contratos de confidencialidad .

La diferencia entre nosotros y ellos es que ahora existía un lugar donde podían hablar sin miedo.

Porque en internet todo es posible y porque, en ese foro, nadie usaba su nombre real.