Niebla mental 4
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Los días en casa con Laura durante la pandemia eran un experimento social del que no había manera de escapar.

Por un lado, afuera el mundo se estaba desmoronando: n oticias contradictorias, cifras que no cuadraban, políticos haciendo discursos que sonaban más a improvisación que a planificación.

Había gente horneando pan como si su vida dependiera de ello, otros volviéndose locos con teorías conspiranoicas y luego estaba la joya de la humanidad: aquellos que creían que usar mascarilla violaba sus derechos fundamentales,

pero no tenían problema en hacer colas de tres horas para comprar papel higiénico.

Dentro de casa, nosotros cambiando pañales, d urmiendo poco y metidos en un proyecto mucho m á s grande de lo que nos imagin ába mos.

Mientras afuera el mundo se hundía en una pandemia sin precedentes, nosotros estábamos atrapados en nuestra propia tormenta.

Porque mientras la mayoría de la gente intentaba entender qué estaba pasando con el virus, nosotros sabíamos algo que ellos no.

Algo que no podíamos decir en voz alta.Algo que ya había empezado mucho antes de que la primera persona enfermara.

L o peor de todo era que estábamos justo en el centro de ello. Nosotros : una mamá en pleno postparto . un bebé con apenas meses de vida, un hacker que solo quería entender la verdad y una mujer que, sin saberlo, se había convertido en la clave de todo. La Paciente Cero.

—Cesar, ¿te das cuenta de lo absurdo de nuestra vida?—murmuró Laura una noche, mientras balanceaba al bebé con una mano y revisaba informes confidenciales con la otra.

Yo, que estaba medio dormido en el sofá con un biberón en la mano, apenas levanté la cabeza.

—Laura, llevo tres días con la misma camiseta y no sé qué día es hoy. Mi capacidad de procesar lo absurdo está en mínimos históricos.

Ella suspiró.

—Nos pasamos el día tratando de averiguar qué demonios esconde Jorge , y luego nos toca limpiar vómito de bebé como si nada.

Me encogí de hombros.

—Bienvenida a la crianza — Laura me fulminó con la mirada. El bebé hizo un ruido extraño en sueños y yo volví a apoyar la cabeza en el respaldo — . Laura, si nos morimos, que sea de cansancio y no porque Jorge descubra que estamos investigando por nuestra cuenta.

—Hecho.

Si alguien me hubiera dicho hace un año que mi vida consistiría en investigar una conspiración mundial mientras intentaba calmar a un bebé que tenía el llanto de una alarma antirrobo, me habría reído en su cara.

Pero aquí estábamos. Laura revisando documentos confidenciales con la misma cara de concentración que tenía cuando intentaba recordar si había metido los pañales en la bolsa del bebé.

Yo, con una mano en el teclado y la otra sujetando un biberón.

Y en el medio, un bebé que, en algún punto de la noche, había decidido que dormir era opcional.

—Laura, ¿te has dado cuenta de que, si nos pillan, nuestra mejor excusa va a ser ‘perdón, estábamos muy cansados’?

—Si nos pillan, no va a haber excusa que nos salve.

Cada vez que rascábamos un poco más la superficie del Proyecto Libertad, algo nuevo y más turbio aparecía.

Macarena Banderas no era solo una paciente más.

No encajaba en los patrones normale s del estudio .

N o sabíamos qué pintaba ahí pero s í que era clave para Jorge.

Y esa era nuestra misión, saber por qu é .

—Laura, estamos en algo muy jodido, ¿verdad?

E ntonces me apareció un vídeo, de un tipo llamado Daniel Miralles .

El título decía algo sobre nutrición y salud, y aunque normalmente habría pasado de largo, algo en la miniatura me hizo detenerme.

Le di al play y, sin darme cuenta, caí en el agujero negro .

P orque ese tal Daniel Miralles tenía cosas que decir y lo peor de todo era que tenía razón.

Desde el primer minuto entendí que Daniel Miralles no era un gurú más de internet vendiendo teorías sin fundamento .

L o que decía tenía sentido, cada palabra encajaba con cosas que Laura y yo ya habíamos empezado a sospechar, pero que aún no habíamos podido demostrar : el control de la industria alimentaria, la manipulación de la salud pública …

y entonces lo vi claro. Este tío era de los nuestros, lo que significaba que teníamos que incorporarlo a nuestro equipo.

La pregunta era: ¿ c ómo demonios íbamos a convencerlo de que se metiera en este lío con nosotros?

Pasé horas viendo sus vídeos y escuchando sus podcasts, y cuanto más escuchaba, más claro lo tenía: este tío sabía demasiado .

S us podcasts no eran los típicos discursos motivacionales sobre "come sano y haz ejercicio".

No, é l hablaba de las cosas que nadie quería que supieras, de cómo la industria alimentaria había convertido la comida en un negocio tóxico, de cómo los ultraprocesados no solo te hacían engordar, sino que te volvían sumiso, de cómo la medicina moderna no trataba enfermedades sino síntomas,

porque un paciente crónico era más rentable que un paciente sano .

L o decía con una seguridad que ponía nervioso, porque cuando alguien habla con esa certeza, solo hay dos opciones: o estás completamente loco o tienes información que el resto del mundo no tiene .

El problema era: ¿ c ómo contactas con un tipo que parece odiar el sistema tanto como tú?

Si quería que Daniel Miralles se uniera a nosotros, no podía simplemente mandarle un mensaje y decirle: « Hey, nos caes bien, ¿quieres meterte en una conspiración mundial con nosotros? »

No, había que hacerlo bien ,había que guiarlo.

Empecé a hacer lo que hacemos los hackers cuando queremos que alguien descubra algo sin darse cuenta de que se lo hemos puesto delante.

Le fui metiendo información en su ordenador, pequeños fragmentos sobre el Proyecto Libertad, archivos, notas, nombres .

L o suficiente para despertar su curiosidad, pero no tanto como para que sospechara de dónde venía.

También lo conecté al foro que habíamos creado Laura y yo, donde recopilábamos información sobre Baner y Jorge, donde cada vez más personas compartían teorías, datos y experiencias .

P oco a poco, le fui tejiendo un camino, como una hoja de ruta ,un mapa que lo llevara hasta nosotros, sin que él supiera que alguien había puesto las señales a propósito.

Decid í no decirle nada a Laura en un principio, me lo tomé como un proyecto personal.

Además, había algo en este tipo que me sonaba, pero no conseguía identificar el qué .

Y eso, para alguien como yo que lo recuerda todo, era como llevar una chinita en el zapato.