Niebla mental 3
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Cuando entré en Baner, no tenía ni idea de en qué me estaba metiendo. Claro, sabía que era un laboratorio de alto nivel, un centro de investigación con acceso a tecnología de vanguardia y un sinfín de datos que harían babear a cualquier hacker con ansias de saber demasiado.

Pero no tenía ni idea de que mi vida iba a cambiar para siempre. Ni de que Jorge Venados iba a convertirse en la persona más peligrosa que conocería. Ni, por supuesto, de que mi madrina, Laura, años después, también acabaría metida en el mismo agujero.

Pero vayamos por partes. Mi llegada no fue precisamente heroica.

Nada de currículums perfectos ni entrevistas formales .

E ntré porque alguien intentó colarse en su sistema y yo lo detecté antes que ellos .

P or alguien, me refiero a yo mismo. Lo típico: un poco de curiosidad, un par de clics en los lugares correctos y, antes de darme cuenta, estaba dentro de sus servidores.

Hasta que ellos me atraparon. Pensé que estaba jodido p ero, en lugar de entregarme a las autoridades, recibí una llamada que cambiaría todo.

—Tienes talento, César.

Era la primera vez que escuchaba la voz de Jorge Venados. Fría, calculadora,sabía perfectamente que podía hacerme la vida imposible pero, en lugar de eso, me ofreció un trato.

—Si eres lo suficientemente bueno para entrar en nuestro sistema, prefiero que trabajes para mí y no en mi contra.

Eso fue todo . S in amenazas, sin gritos . S olo una oferta, una que no pude rechazar . Lo que no sabía era que, una vez dentro, salir no sería tan fácil. Porque Jorge no solo jugaba con datos, jugaba con personas.

Mi relación con Jorge no fue como las demás. Desde el primer día, él me vio de manera diferente, no como un empleado más, no como otro peón en su tablero, sino como su discípulo y eso, viniendo de Jorge, no era precisamente un halago. Era una advertencia.

Había entrado por la puerta trasera con mi habilidad de encontrar huecos donde otros veían muros. En menos de seis meses, ya me tenía trabajando directamente con él, y ahí supe que Laura también estaba dentro de todo .

—Eres listo, César. Pero no basta con ser listo. Hay que saber jugar.

—¿Jugar qué?

—El juego del poder.

E n Baner, la información era más peligrosa que cualquier arma. Si Jorge descubría nuestra conexión, podía usarla en nuestra contra. O peo r, p odía separarnos . Y , por primera vez en mucho tiempo, Laura y yo estábamos del mismo lado, bueno, Daniel y Maca también, pero eso pasó después.

Convertirse en directora del Proyecto Libertad no fue una decisión.

Fue una trampa. Una de esas que ves venir demasiado tarde, cuando ya has firmado el contrato y tienes una bata blanca con tu nombre bordado.

Pero ahí estaba ella, entrando por primera vez al estudio como la jefa .

A l menos, eso decía su título. Porque la realidad era que la mitad de la gente la miraba como si fuera una intrusa y la otra mitad como si esperara que arreglara el mundo en 24 horas.

Bienvenidos a mi pesadilla. Apenas puso un pie en el laboratorio, Jorge ya estaba esperando con su sonrisa de tiburón.

—Laura, bienvenida. ¿Lista para cambiar la historia?

L e dieron ganas de responderle que ni siquiera estaba lista para cambiar la cafetera de sitio, pero asintió con la mejor cara de «S í, claro, totalmente, no estoy entrando en pánico por dentro » .

Jorge l e hizo un recorrido rápido, como si no supiera que ese lugar escondía más secretos que un gobierno corrupto.

Los pasillos impecables, el silencio controlado, el ambiente de eficiencia absoluta.

Todo diseñado para que nadie cuestionara lo que realmente pasaba ahí dentro. Pero Laura no lo haría, y yo tampoco.

Los primeros días fueron una mezcla de caos, insomnio y cafeína en cantidades industriales.

Los informes eran interminables , l as reuniones parecían diseñadas para hacerl e perder la paciencia y, lo peor de todo: Jorge nunca dejaba de sonreír.

Era como si estuviera esperando a que cometiera un error.

Adaptarse a un nuevo trabajo ya es complicado, adaptarse a dirigir un proyecto secreto en un laboratorio de alto nivel es una pesadilla, pero adaptarse a todo eso mientras el mundo entero se va al carajo por una pandemia global ... eso no tiene precio .

Bueno, eso ya era otro nivel de locura. Llevábamos apenas unas semanas en el Proyecto Libertad y justo cuando empezábamos a hacernos a la idea de lo difícil que era dirigir , j usto cuando, entre noches de insomnio y café recalentado,

nos dimos cuenta de que coordinar a un grupo de científicos era como intentar organizar un grupo de gatos con sobredosis de cafeína … e stalló la pandemia.

El primer día que vimos las noticias sobre un virus en Kairen , no le dimos demasiada importancia. El segundo día, pensé: Bueno, qué mal, pero seguro que no llega hasta aquí » . El tercer día, Jorge ya estaba en la oficina con una expresión demasiado tranquila para lo que estaba por venir.

—Laura, tenemos que hacer algunos ajustes en el proyecto.

—¿Ajustes?—preguntó, cruzándose de brazos.

—Digamos que… esta pandemia nos abre nuevas oportunidades.

El mundo se estaba en caída libre y Jorge, por supuesto, lo veía como una oportunidad.

Yo ya empezaba a sospechar que en su diccionario personal " crisis global " y " negocio rentable " significaban lo mismo pero, entre todo el caos de la pandemia, hubo un nombre que empezó a escucharse cada vez más en Baner.

Un nombre que hizo que Laura y yo tuviéramos una conversación que cambiaría por completo la forma en que veíamos el Proyecto Libertad : Macarena Banderas , l a llamada Paciente Cero.

Fue una noche en la que el estrés ya nos estaba ganando la batalla. Laura estaba en su oficina, con cara de haber dormido lo mismo que una piedra en caída libre. Yo entré sin preguntar.

—¿Tienes cinco minutos o prefieres que te traiga un café y finjamos que todo está bien?

Ella ni siquiera levantó la vista.

—Si traes café, tienes diez.

Me dejé caer en la silla frente a su escritorio y solté el dato sin rodeos:

—Jorge no deja de hablar de una tal Macarena. Dice que es la clave de todo el estudio. Laura levantó la vista y supe que la había pillado.

—Sabes quién es.

S uspiró, se pasó una mano por la cara y se recostó en la silla.

—Sí y si Jorge está obsesionado con ella, significa que estamos en problemas.

Fruncí el ceño.

—¿Problemas del tipo ‘vamos a perder nuestro puesto de trabajo’ o del tipo ‘esto huele a conspiración’?

Laura soltó una risa corta y sin humor.

—Si fuera lo primero, estaría más tranquila.

Eso no me gustó nada.

—¿Qué tiene de especial esta Macarena?

Laura se quedó en silencio unos segundos. Luego, bajó la voz, como si hasta las paredes pudieran escucharla.

—No s é lo que es, pero es verdad que no paro de ver documentos sobre la P aciente C ero. No he conseguido sacarle información a Jorge, siempre se va hacia otros temas.

Laura me miraba como si estuviera decidiendo si contarme todo o solo lo suficiente para que no siguiera haciendo preguntas. Pero yo nunca he sido bueno aceptando medias verdades.

—¿ Q ué significa eso?

Laura exhaló, apoyando los codos en la mesa.

—Significa que hay demasiadas cosas que no sabemos y que Jorge nos está usando para algo mucho más grande de lo que creemos.

No me gustó cómo sonó eso.

—¿Y qué quiere de ella?

—No lo sé.

P or primera vez desde que estábamos en Baner, vi algo en Laura que no había visto antes. Duda , m iedo, un pequeño atisbo de la sensación de estar metidos en un juego cuyo final ya estaba decidido, pero cuyas reglas aún no entendíamos. Me pasé una mano por la cara.

—Esto no es solo un estudio sobre ayudar a los pacientes, ¿verdad?

Laura tardó demasiado en responder.

—No lo parece.

Nos quedamos en silencio. Ambos procesando lo mismo. Si Jorge estaba tan obsesionado con Macarena, no era solo porque su caso fuera especial, era porque su existencia misma tenía un propósito y ahí fue cuando lo dije en voz alta.

—Los ultraprocesados son una forma de control.

Laura me miró, confundida por el cambio de tema.

—¿Qué?

Me giré en la silla, tratando de ordenar mis ideas.

—Piensa en ello. La comida basura, los azúcares, todo lo que metemos en el cuerpo sin pensarlo n os adormece. Nos quita la motivación para hacer cosas importantes. Nos mantiene distraídos. ¿Y si este estudio va en esa misma dirección?

El rostro de Laura cambió.

—¿Estás diciendo que Jorge está usando el proyecto para algo más que una simple investigación?

Me encogí de hombros.

—Digo que tal vez Macarena es la pieza clave de un experimento que no tiene nada que ver con la salud pública.

Otra vez, ese silencio. Ese maldito silencio en el que ambos nos dimos cuenta de que no podíamos confiar en Jorge, ni en Baner, ni en nada de lo que nos habían contado hasta ahora, porque Macarena no era solo la Paciente Cero , e ra la clave de algo mucho más grande.

Algo que aún no entendíamos p ero que, sin duda, Jorge sí.

Laura miraba la pantalla de su ordenador, sin verla realmente, y yo tamborileaba con los dedos en la mesa, tratando de ordenar los pensamientos que se me agolpaban en la cabeza.

Jorge sabía algo, sabía más de lo que decía, y Macarena no era solo una paciente, no era una simple anomalía dentro del estudio.

Era una pieza clave p ero , ¿de qué? Miré a Laura.

—¿Y si Jorge tiene razón? ¿ Y si Macarena es diferente ?

—Entonces esto no va de encontrar una cura —murmuró ella.

No hizo falta decir nada más porque ambos lo sabíamos . E se estudio no trataba de salvar vidas, trataba de controlarlas, y Macarena era la clave para entender cómo. Me levanté de la silla de golpe.

—Necesito saber más.

Laura suspiró, cerró los ojos un segundo y luego asintió.

—Yo también.

Pero la pregunta era: ¿ n os daría tiempo a descubrirlo antes de que Jorge nos descubriera a nosotros?