2
Mudarse a casa de Laura fue una decisión lógica. Bueno, lógica en el sentido de que me quedé sin argumentos cuando me dijo:
—Mira, C é sar, llevas años sobreviviendo a base de comida precocinada y café. Si no mueres de soledad morirás por desnutrición.
Y así, en menos de 24 horas, pasé de vivir solo a compartir espacio con una mujer embarazada con demasiadas hormonas y cero tolerancia para mis bromas.
Y ahí estábamos nosotros, en plena cuenta regresiva para el nacimiento del bebé de Laura, justo cuando las primeras noticias sobre un virus en Kairen empezaban a aparecer en los informativos.
El famoso virus K19 . Ese bichito microscópico que logró lo que ni guerras, ni gobiernos, ni la dieta keto habían conseguido: detener el mundo entero. Era finales de 2019.
Aún no había confinamientos, ni mascarillas, ni teorías de que el virus venía en las antenas 5G. Solo titulares confusos y gente diciendo: "bah, eso no llegará aquí" . Spoiler: llegó.
Pero antes de que el mundo entero se volviera un caos, antes de que la gente descubriera que el papel higiénico era más valioso que el oro, Laura entró en trabajo de parto y , como si el universo quisiera burlarse de nosotros, todo empezó en el peor momento posible.
Yo estaba en la cocina, preparando algo que probablemente no era comestible, cuando escuché a Laura soltar un “C é sar …”
con un tono que no me gustó nada. Me giré y la vi de pie, con las manos en la barriga y una expresión que oscilaba entre “ esto duele mucho ” y “ no grites o te mato ” .
—Dime que no es lo que creo que es.
— Z ero, creo que… creo que ya es hora.
Dejé caer la cuchara.
—Vale, vale, plan de emergencia… Eh… ¿Tienes la bolsa lista?
—Sí.
—¿Llamamos a un taxi o prefieres que conduzca?
—C é sar, he visto cómo conduces. Llama a un taxi.
Marcamos el número y en diez minutos estábamos en camino. Yo intentaba mantener la calma, pero mi cerebro estaba en modo pánico total.
—Respira, Laura, respira.
—Tú respira, y no toque las narices, C é sar.
Llegamos al hospital, la ingresaron y, de pronto, me vi solo en la sala de espera, preguntándome cómo demonios había pasado de ser un tipo encerrado en su habitación, no hace m á s de dos meses, a estar a punto de ser…
¿qué? ¿Un tío postizo? ¿Un padrino improvisado?
No lo sabía.Pero lo que sí supe, cuando horas después escuché el primer llanto del bebé y vi a Laura con esa sonrisa agotada pero plena, fue que algo grande acababa de cambiar.
Traer a un niño al mundo siempre da miedo, pero traerlo en ese momento, cuando el mundo estaba al borde de algo que todavía no sabíamos que iba a ser un desastre global, daba pánico absoluto .
El parto fue… bueno, un evento digno de una película de acción. Laura estaba tranquila. Yo, en cambio, no . E staba en la sala de espera, caminando en círculos, sudando más que ella y mandando mensajes sin sentido a la nada. Hasta que, de repente, me llamaron.
—¿Familia de Laura Fernandez ?
Me levanté como un resorte.
—Sí. B ueno, no sé, pero sí. Estoy con ella. ¿Cómo está?
—Todo ha salido bien. Ya puede pasar.
Respiré hondo, me recompuse (lo justo para no parecer un lunático) y entré en la habitación.Ahí estaba. Laura, agotada, despeinada y con la sonrisa más sincera que le había visto en la vida. Y en sus brazos, una criatura diminuta y rosada que hacía ruiditos extraños, como un gato recién nacido.
—C é sar, te presento a tu ahijado.
Me acerqué con cuidado, mirándolo como si fuera a romperse si respiraba demasiado fuerte . N o sabía si llorar o saltar de alegría, que sensación, vaya mezcla de emociones.
—Es… muy pequeño.
Laura rió.
—Así suelen ser al principio.
Me incliné un poco más.
—Y arrugado.
—También normal.
—Bueno, por lo menos tiene todos los dedos. Eso es un buen comienzo.
Uno pensaría que traer un bebé al mundo en plena cuenta regresiva hacia el apocalipsis ya era suficiente caos.
Pero no. Justo cuando Laura estaba en modo supervivencia , aprendiendo a cambiar pañales con una mano mientras con la otra intentaba comer algo decente , apareció Jorge c on una oferta.
Una oferta que no solo cambiaría su vida, sino la mía también.
Y, en retrospectiva, tal vez hasta el destino del jodido mundo.
Estábamos en casa, intentando mantener el equilibrio entre sobrevivir a un recién nacido y no volvernos locos en el intento, cuando sonó su teléfono.
Laura, que tenía al bebé dormido sobre su pecho, estiró el brazo y miró la pantalla con el ceño fruncido.
—Es Jorge.
Eso, en nuestro lenguaje, significaba: p roblemas a la vista.
Lo dejó sonar un par de veces antes de contestar con un cansancio absoluto en la voz.
—Dime, Jorge.
Yo, por supuesto, hice lo que haría cualquier persona con tendencias al marujeo: acerqué la oreja disimuladamente para escuchar. Pero no tuve que esforzarme mucho. La voz de Jorge era lo suficientemente fuerte como para que hasta el bebé hiciera un leve movimiento en su sueño.
—Laura, necesitamos que vuelvas. Ahora.
Ella soltó una carcajada seca.
—Jorge, acabo de parir.
—Lo sé. Pero también sé que estás en plena forma y que no te alejas demasiado del trabajo. No eres de esas.
Me quedé mirándola con los ojos entrecerrados. ¿En plena forma? ¿Este hombre no sabía lo que era no dormir en tres días? Laura cerró los ojos y se frotó la frente.
—Dime rápido qué quieres.
—Quiero que dirijas el Proyecto Libertad.
Yo parpadeé . Laura parpadeó. El bebé se removió un poco, como si también lo hubiera sentido en el aire.
—Perdón, ¿qué? —respondió Laura, porque claramente no había escuchado bien.
Pero Jorge lo repitió, sin vacilar:
—Quiero que seas la directora del Proyecto Libertad.
Yo casi me ahogo con mi propia saliva. ¿Directora?
¿Así, sin más? Laura ni siquiera se molestó en responder de inmediato.
Solo se levantó con el bebé en brazos, me lanzó una mirada de “haz algo útil”, y me pasó al niño antes de salir al balcón con el móvil.
Me quedé solo en el sofá, sosteniendo a la criatura como si fuera una bomba nuclear.
—Bueno, chaval, tu madre está a punto de cometer un grave error , quizás el más grande de su vida.
El bebé abrió un ojo, bostezó y volvió a dormirse. Sabio. Muy sabio. Cuando Laura volvió, se dejó caer en el sillón y soltó un suspiro. Yo esperé. Ella me miró.
—Voy a aceptar .
—¿Qué?
—Voy a aceptar .
—Laura , r epito. ¿QUÉ?
Se pasó una mano por el pelo, claramente agotada, pero con esa expresión que tenía cuando tomaba una decisión y ya nadie podía hacerla cambiar de opinión.
—C é sar, es una oportunidad enorme. No es solo un trabajo, es dirigir una investigación que puede cambiar el mundo.
—Laura, acabas de parir.
—Y por eso necesito asegurar su futuro.
Me pasé una mano por la cara.
—¿Y cuándo se supone que empiezas?
Ella bajó la mirada.
—Mañana.
El bebé volvió a moverse justo cuando mis neuronas colapsaron.
—Perfecto. Maravilloso. Genial. ¿Algo más que quieras decirme antes de que me dé un ictus ?
Laura sonrió.
—Sí. Necesito que te quedes con el bebé mientras trabajo.
—¿Yo? — el tipo que se había acostumbrado a vivir sin humanos, hace no m á s de dos meses , a hora era niñero oficial.
—Sí, no queda otra, hay trenes que solo pasan una vez en la vida, es la oportunidad perfecta para cambiar las cosas
—Me voy a desmayar.
Pero no lo hice. Porque, aunque no lo sabía en ese momento, esa decisión de Laura cambiaría nuestras vidas para siempre.