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Hay quien dice que los niños nacen con un pan debajo del brazo .
Y o nací con un portátil, o al menos así lo recuerdo .
M i primer amigo fue un teclado, y mi primer amor, una conexión a internet .
M ientras otros niños jugaban a la pelota en el parque, yo jugaba con códigos y teclas, de ahí mi seudónimo de Zero .
N adie me obligó, pero ahí frente a la pantalla, el mundo era mío, y yo tenía el control.
Soy un enamorado de Harry Potter, no me da vergüenza admitirlo .
D esde que era niño, esos libros me parecieron algo más que una historia sobre magos, criaturas fantásticas y el bien contra el mal .
P ara mí, Harry Potter fue un refugio, en esos momentos, cuando la vida real se me volvía demasiado aburrida y rígida, me sumergía en el mundo de Hogwarts y me olvidaba del resto.
Más allá de las varitas mágicas y los hechizos, siempre me ha fascinado algo más profundo en esos libros: la magia.
La magia que no es solo cuestión de pociones o encantamientos, sino la que se esconde detrás de las decisiones, de lo que no vemos, de lo que nos rodea.
El poder de la voluntad humana, el destino, la conexión invisible entre las personas, está ahí, en el aire, en la forma en que una palabra puede cambiar una vida, en la energía que surge cuando crees en algo con todo tu ser.
Y, sí, sé lo que muchos pensarían, es solo ficción, un cuento . Pero p ara m í no lo es. La magia está en todo lo que no podemos ver, pero sabemos que está ahí. ¿Quién puede decirme que el amor no es magia? ¿O la forma en que una idea puede transformar una mente, una ciudad, una sociedad?
Mucha gente te dirá que es todo un truco de la mente, que estamos tan cegados por lo que no entendemos, que llamamos magia a lo que no podemos explicar.
Pero yo estoy convencido de que no es así, he visto cosas que no se podrían explicar si no creyeras en la magia, cosas que no puedo ni contar.
He sentido la vibración de lo invisible, como una corriente eléctrica en el aire, mi madre lo sabe …
bueno, lo sabía. Hablaba de algo mucho más profundo.
La magia de la mente, del cuerpo, de la energía.
Harry Potter lo entendía bien . S u historia trataba de despertar algo en nosotros. La magia no es algo que solo algunos puedan ver o hacer, sino algo que todos llevamos dentro . S olo necesitamos creer, y si no crees, te pierdes una parte de lo que realmente está sucediendo.
Pasé casi tres años sobreviviendo en modo automático después de la muerte de mi madre.
Dos años en los que mi vida fue una rutina monótona entre trabajos temporales, demasiadas horas frente a la pantalla y el microondas como mi única compañía confiable , De repente vi la oportunidad y no la desaproveche, entrar a trabajar en Baner cambiaria mi vida para siempre.
Pero aún asi me sentía vació necesitaba, es cuando decidí que tenía que pasar página y buscar a mi madrina, lo que paso entre mi madre y ella, era cosa suya, yo necesitaba ver su versión.
Mi primer intento fue el método más tradicional: Facebook.
Un error fatal . ¿Sabes cuántas Laura Fernandez existen en el mundo?
Demasiadas. Después de descartar a una influencer de yoga, a una abogada con pinta de odiar la vida y a una mujer que vendía velas aromáticas con descripciones inquietantes ( " P erfume de bosque nocturno con un toque de nostalgia" , ¿a qué se supone que huele a nostalgia?)
, me di cuenta de que así no iba a encontrar nada.
Decidí meterme en bases de datos más serias, redes profesionales, registros de empleo. Fue ahí cuando encontré una pista real: Laura trabajaba dando charlas a grandes corporaciones . U na especie de coaching para ejecutivos importantes.
Sabía que no podía aparecer de la nada y soltarle un : “¡Hola ! S oy el niño que dejaste de ver hace más de una década . ¿Nos tomamos un café?”
. Así que esperé. Me col é en varias de sus charlas, cosa que no fue difícil dado mi curriculum .
L o que s í se me complicó, fue pasar desapercibido .
S iempre intentaba estar en las últimas fi la s y no relacionarme mucho con la gente.
Allí me quedaba escuchándola, fascinado con la forma que tenía de hablar, de encandilar con cada palabra .
E ra como si su voz tuviera un encanto especial.
La vi cruzar la calle, con la misma energía que recordaba de ella: caminaba rápido, con una expresión de "tengo cosas más importantes que hacer que respirar" . Tragué saliva. Me acerqué con cuidado, sin tener idea de qué demonios iba a decirle.
—Laura.
Ella se detuvo en seco. Se giró lentamente, con el ceño fruncido, mirándome como si intentara descifrar qué clase de vendedor o testigo de Jehová era yo.
—¿Sí?
E ntonces, en vez de soltar algo épico y conmovedor, mi cerebro decidió traicionarme y decir:
—No sé si te acuerdas de mí, pero no vengo a venderte nada.
Perfecto. Genial. Primeras impresiones nivel experto. Laura entrecerró los ojos. Me analizó de arriba abajo y entonces, su cara cambió.
—No puede ser…
Un segundo después, sentí un golpe en el brazo.
—¡¿Dónde demonios has estado?!
Me quedé parpadeando, sorprendido de que su primera reacción no fuera un abrazo ni lágrimas, sino una agresión física.
—Eh… sobreviviendo.
—¿Y en tres años no se te ocurrió que existían los teléfonos?
—Sí, pero me pareció más interesante la estrategia de desaparecer misteriosamente y aparecer cuando nadie lo espera.
Laura cruzó los brazos y me miró con cara de “ si no estuviera tan cansada te mataría ahora mismo ” y, entonces, en un giro que no vi venir, me agarró de la chaqueta y me arrastró literalmente hasta una cafetería.
—Tienes diez minutos para explicarme qué ha sido de tu vida antes de que me dé un infarto.
Sentado frente a Laura en aquella cafetería, intenté procesar el hecho de que, después de años de soledad, de pronto tenía a alguien delante que realmente me conocía. Bueno, me conocía entre comillas, porque la Laura que recordaba no era la mujer que tenía delante.
La Laura que recordaba era la que me llevaba de la mano cuando era niño, la que discutía con mi madre por cualquier cosa y la que me compraba helado cuando nadie estaba mirando. Pero esta Laura… esta Laura era otra cosa.Para empezar, no paraba de hablar sobre biohacking.
—A ver si lo entiend o —dije, mientras revolvía mi café con una cucharilla — . ¿Quieres decir que ahora te dedicas a hackear tu propio cuerpo? ¿Tipo: voy a meterme un USB en el brazo para descargar PDFs con la mente?
Laura puso los ojos en blanco.
—No es tan literal, C é sar.
—Ajá. O sea, que no tienes un chip en la cabeza que te haga responder correos automáticamente.
—No.
—Entonces, ¿qué es exactamente lo que haces? Porque si me dices que ahora comes luz solar y levitas, me voy.
Laura resopló y se inclinó hacia mí, con esa mirada de profesora a punto de explicarle álgebra a un niño testarudo.
—El biohacking es la optimización del cuerpo y la mente usando ciencia y tecnología. Se trata de entender cómo funciona tu organismo y mejorar su rendimiento con cambios en la alimentación, el sueño, el ejercicio… incluso la forma en que piensas.
—O sea, es como hacer trampa en la vida, pero legal.
Laura me miró fijamente.
—Más o menos.
Me quedé pensativo unos segundos.
—Vale… ¿y qué se supone que has hackeado en ti?
—Duermo mejor, tengo más energía, mi metabolismo está optimizado, mi concentración es mayor…
—¿Y te han salido superpoderes?
—No.
—¿Entonces cuál es la gracia?
Laura me lanzó una servilleta a la cara.
—La gracia es no vivir cansado, no sentir que el mundo te arrastra, sino tomar el control.
Fruncí el ceño, porque aunque sonaba a frase motivacional barata de Instagram, había algo en la forma en que lo decía que me hizo pensar. ¿Tomar el control? Yo llevaba años sobreviviendo, dejando que las cosas simplemente pasaran. Mi madre murió.
Me quedé solo. Me escondí tras una pantalla. Nunca había pensado en controlar nada de eso.
—¿Y cómo empiezo?—pregunté finalmente.
Laura sonrió.
—Primero, vamos a hacer algo con esa dieta tuya de café y comida de microondas.
—Oye, el microondas y yo tenemos una relación estable.
—Pues prepárate para divorciarte.
Y así fue como mi madrina no solo volvió a mi vida, sino que también me arrastró a un mundo en el que la gente hablaba de ayuno intermitente, suplementos, hackear el cortisol y dormir como si fueras un monje zen. Y o no sabía en qué me estaba metiendo.
Laura suspiró, removiendo su café con la mirada perdida . Y o ya sabía que cuando alguien revuelve una bebida más de tres veces sin beberla, es porque está intentando encontrar las palabras correctas.
—Hay algo que quiero contarte, quizás ahora sea la única persona con la que puedo desahogarme y ser yo, no la “ yo ” que transmito al resto . E spero que no me defraudes, chaval.
Me acomodé en la silla, esperando.
—Daniel… está en coma.
Mi cerebro tardó un par de segundos en procesarlo.
—¿Daniel?
Ella asintió lentamente.
—Hace seis meses tuvimos un accidente de coche. Fue grave, muy grave, yo tuve lesiones pero lo peor se lo llev ó él . L os médicos dicen que… bueno, que no hay muchas esperanzas.Me quedé en silencio.
—¿Y tú qué crees?
Laura apretó los labios, como si no quisiera decir lo que realmente pensaba.
—No lo sé. Quiero creer que va a despertar. Pero cada día que pasa, es como si la realidad me empujara en la otra dirección.
La miré, y por primera vez vi a una Laura diferente,no a la mujer fuerte y determinada que me había estado arrastrando al biohacking y a cuestionarme mi vida entera, sino a alguien cansada, atrapada entre la fe y el miedo.
—¿Cuánto tiempo llevabais juntos?
—Dos años.
—Vaya.
No supe qué más decir. No se me daba bien el consuelo y, claramente, no podía hacer ninguna broma sobre esto sin arriesgarme a que me lanzara la cucharilla del café a la cara.Pero había algo que sí podía hacer.
—Si necesitas ayuda con algo… aquí estoy . H e venido para quedarme
Laura alzó la vista y sonrió, pero era una sonrisa triste, de esas que agradecen el gesto pero no creen que realmente sirva de mucho.
—Gracias, sobrino . Q u é alegría volver a verte . Y qu é mayor est á s, madre mía.
Bebió un sorbo de su café, esta vez sin revolverlo.
Y en ese momento, entendí que Laura no solo había vuelto a mi vida para ayudarme a salir de mi propio vacío.
Yo también había vuelto a la suya para recordarle que no estaba sola.
Entonces, justo en esa cafetería, mientras Laura revolvía su café con esa expresión de “mi vida es un desastre, pero aquí seguimos”, me di cuenta de algo increíble.
Algo que no sé cómo demonios no había notado antes : Laura estaba embarazada.
«¿Có mo narices no he podido darme cuenta? N o es algo que ocultar ya a estas alturas. ¿Sabes cuánto es eso? Mucho. Eso ya no es un secreto, eso es un hecho. Eso ya es tripa, pataditas y probablemente un nombre elegido y yo, en mi brillantez, no lo había notado » .
De repente, todas las piezas encajaron: su postura distinta, sus idas y venidas emocionales, su forma de tocarse el vientre sin darse cuenta, como si ya estuviera acostumbrada a la presencia de otra persona dentro de ella.
La miré, procesando mi nivel de estupidez.
—Laura.
—¿Qué? —me respondió, dándole un sorbo a su café.
—Estás embarazada.
Ella se detuvo un segundo, me miró con calma y luego arqueó una ceja.
—¿En serio? ¡No me había dado cuenta! Gracias, C é sar, por informarme.
Su tono sarcástico me atravesó como una bala.
—Vale, vale, ya lo sé, es obvio, pero... ¿cómo demonios no lo vi antes?
Laura se cruzó de brazos y me observó con paciencia.
—Porque estabas demasiado ocupado haciendo bromas y dramatizando tu propia existencia.Me pasé una mano por la cara.
—¿Y Daniel…?
Laura bajó la mirada.
—Entró en coma antes de que pudiera decírselo.
Boom. Ahí estaba la verdadera bomba.La noté respirar hondo, como si ya hubiera hecho este discurso en su cabeza mil veces.
—Me enteré cuando él llevaba poco más de un mes en coma. No sabía qué hacer. Pensé en decírselo en el hospital, aunque no pudiera escucharme, luego pensé que tal vez desperta se pronto y podría dec írselo en persona . Pero pasaron los meses y… bueno, aquí estamos.
Señaló su vientre como si fuera la conclusión de una historia que se había contado a sí misma tantas veces que ya no dolía. Pero yo sabía que sí dolía.Así que hice lo que cualquier persona razonable haría en mi lugar : l lamé al camarero.
—Perdón, ¿puede traer un par de tilas? Creo que lo vamos a necesitar.
Laura soltó una risa entrecortada. Y en ese momento, supe que, por muchas cosas que estuvieran fuera de control, al menos no íbamos a enfrentarlas solos. L o cierto es que, por primera vez en mucho tiempo, algo me daba curiosidad y eso era un buen comienzo.