Niebla mental Zero
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Zero

Me llamo César García Fernandez , aunque en el mundo digital me hago llamar Zero. Tengo 26 años, pero hay días en los que siento que ya he vivido diez vidas . Y que cada una es más complicada que la anterior.

Mi historia no empieza en una oficina ni en una universidad, como sería lo normal, sino en un cuarto oscuro, con la luz del monitor como único aliado.

Desde pequeño supe que mi vida no iba a ser convencional.

El mundo, con sus reglas, sus relojes y sus oficinas abarrotadas, me resultaba aburrido.

¿Quién quiere eso cuando se puede hackear la realidad?

Mi madre murió hace tres años y, con ella, todo lo que conocía como hogar se evaporó en cuestión de días .

N o tenía padre, no tenía hermanos, no tenía a nadie .

E lla había decidido criarme en soledad, lo que en su momento me pareció normal, pero con el tiempo entendí que, en realidad, no es que quisiera una vida tranquila sin interferencias , sino que se había peleado con medio árbol genealógico.

Así que cuando se fue, me quedé absolutamente solo y cuando dig o solo , me refiero a un nivel de aislamiento que haría que hasta un monje budista me diera una palmadita en la espalda y me dijera: "Ánimo, chaval”.

S o lo había un nombre que recordaba bien, aunque no la había visto en más de diez años: Laura, mi madrina.

Era lo más parecido a una familia que tuve en mi infancia, pero como los buenos personajes de mi vida, en algún punto desapareci ó sin dejar rastro.

Laura se distanció por algún drama con mi madre que nunca entendí del todo .

¿ Y qué hice yo con esa soledad aplastante?

Pues lo lógico: encerrarme en mi casa, convertirme en un fantasma digital y evitar cualquier contacto humano que no fuera estrictamente necesario.

No voy a mentir, al principio tenía su encanto.

Podía vivir en pijama sin que nadie me mirara raro, mi nevera siempre tenía espacio porque no había visitas inesperadas y, lo mejor de todo, nadie me pedía favores.

El problema vino cuando pasé de ser un chico independiente a convertirme en ese tipo que le habla a su propio reflejo porque ya no tiene con quién conversar.

Una noche, después de cinco días sin intercambiar una palabra con otro ser humano, me sorprendí a mí mismo dándole las buenas noches al microondas.

Ahí supe que necesitaba ayuda. Pero en lugar de llamar a alguien y enfrentar mi problema como una persona normal, hice lo que cualquier persona con un teclado y demasiadas horas libres haría: m e sumergí en internet.

Si el mundo real me había dejado atrás, entonces yo me construiría un nuevo mundo en la red y así, sin darme cuenta, sin planearlo, sin imaginar lo que venía después , fue como nació Zero.

El chico invisible, el hacker sin rostro, el tipo que sabía demasiado y hablaba demasiado poco.

Lo que no sabía es que, años después, ese mismo nombre cambiaría mi vida para siempre.

Cuando dicen que la vida puede cambiar en un instante, suelen referirse a cosas como ganar la lotería, enamorarse a primera vista o descubrir que tu restaurante favorito cerró sin previo aviso.

Pero en mi caso, ese instante fue la llamada de un hospital diciéndome que mi madre había muerto .

S in previo aviso, sin despedidas, sin la cortesía de un "prepárate porque tu vida está a punto de irse a la mierda ".

Solo un teléfono sonando a las tres de la madrugada y una voz neutral al otro lado de la línea que pronunció las palabras más frías que había escuchado en mi vida:

—Lamentamos informarle que su madre ha fallecido . A sí, sin anestesia.

Yo tenía 23 años y, hasta ese momento, nunca había considerado realmente la posibilidad de quedarme solo . M i madre y yo éramos un equipo de dos . E lla no hablaba con el resto de la familia y nuestra vida giraba en torno a su trabajo y mis estudios, pero nunca, jamás, pensé en el después .

Murió de un derrame cerebral, algo tan repentino que, cuando llegó al hospital, ya no había nada que hacer.

Me dijeron que no sufrió, que fue instantáneo, pero la verdad es que esas palabras no sirvieron de nada.

El dolor no desaparece solo porque te dicen que la muerte fue rápida.

Lo absurdo de todo es que la última conversación que tuve con ella fue de lo mas absurda .

— Mañana compra leche, que nos queda poca.

—Vale.

Ese fue mi último “ vale ” . No hubo u n “ te quiero ” , ni un “ cuídate ” , ni una conversación profunda sobre el sentido de la vida.

Solo leche. Al día siguiente, cuando volví a casa después del hospital, me quedé en la cocina mirando la nevera .

A hí estaba el cartón de leche, medio lleno, intacto.

Me quedé mirándolo tanto tiempo que perdí la noción del tiempo.

Porque lo entendí de golpe: e se cartón de leche era la última prueba de que mi madre había existido.

Que había estado allí, en esa casa, 24 horas antes, haciendo planes simples como comprar más leche .

Y yo, que hasta ese momento había mantenido el tipo, exploté.

Le di una patada a la nevera, tiré la leche al suelo y me quedé ahí, en medio del desastre, sin saber qué hacer con todo lo que estaba sintiendo.