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Nos dirigimos hacia la cafetería del centro comercial que Zero había indicado . L a elección del lugar me parecía, como mínimo, curiosa : una cafetería en medio de un mar de gente, ruidos y mesas abarrotadas . P ero según Zero, esa era precisamente la idea .
— Si alguien n os sigue, podr emos perder n os entre la multitud —había explicado.
Mientras avanzábamos, no pude evitar lanzar un comentario.
—¿Una cafetería en un centro comercial? ¿Es Zero un genio táctico o simplemente fan de los frappuccinos? Daniel rió, pero su mirada seguía alerta, escaneando nuestro entorno en todo momento.
—Zero siempre tiene un plan, aunque a veces parezca... peculiar . T e diré algo: no lo subestimes . S i dijo que este es el mejor lugar para reunirnos, hay una buena razón.
Suspiré, ajustando el abrigo mientras caminábamos por la entrada del centro comercial . L as luces brillantes y los sonidos de pasos apresurados eran un contraste abrumador después de tanto tiempo escondiéndonos en lugares silenciosos.
—¿Y qué hacemos si nos encontramos con alguien que nos sigue? —pregunté, mi voz más baja ahora que estábamos entre la gente.
—Entonces improvisamos — respondió Daniel, con esa tranquilidad que empezaba a resultar inquietante .
Cuando llegamos a la cafetería Zero ya estaba allí. El espacio estaba abarrotado de mesas pequeñas, con gente entrando y saliendo constantement e. L a cola para los pedidos era interminable, y el bullicio era tal que apenas se escuchaba la música ambiental .
La mesa en la que Zero nos esperaba estaba cerca de la esquina, con vista a la entrada principal . Daniel pidió un café y yo opté por un té, más por mantener las apariencias que por otra cosa.
—Buenas tardes — dijo Zero , mientras se quitaba un sombrero oscuro. Nos indicó que nos sentáramos , y lo hicimos, aunque no pude evitar sentirme como si estuviera entrando en un terreno desconocido.
—Entonces, ¿cuál es el plan? —preguntó Daniel, yendo directo al grano.
Zero se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en la mesa.
—Primero, desactivaremos tu anillo para que pod á is moveros sin ser rastreados . D espués, habíamos pensado que podríais hacer un podcast de esos que se te dan tan bien, y contarlo todo, que tienes a tu comunidad e x pectante —se rió.
—Hombre, no veía el momento de publicar nada mientras escapábamos — le contestó Daniel con ironía.Zero sacó un pequeño mapa y lo deslizó hacia nosotros.
—Hay un sitio seguro para hacerlo en una instalación al otro lado de la ciudad . E s un edificio fuertemente vigilado, pero con la información que tenemos, podemos entrar y salir antes de que se den cuenta.
—Claro, porque infiltrarse en instalaciones vigiladas es tan fácil como pedir un café — murmuré, mirando a Daniel, que ya estudiaba el mapa con atención.Zero me ignoró, o al menos fingió hacerlo, y continuó.
—Con el anillo desactivado, no deberíamos tener problemas, pero si algo sale mal no dud éis en abandonar la misión . L a prioridad es manteneros a salvo.
—Entendido — dijo Daniel, aunque yo todavía tenía muchas dudas.
Antes de que pudiéramos seguir preguntando, Zero sacó un pequeño dispositivo de su bolsillo, algo que parecía una mezcla entre un control remoto y un chip.
—Esto — dijo, señalándolo — es lo que necesitamos para desactivar el anillo . S i me das tu mano, Macarena, podemos empezar.
Miré el dispositivo, luego a Zero, y finalmente a Daniel . H abía algo en el tono tranquilo de Zero que no m e cuadraba , pero sabía que no tenía muchas opciones. Suspiré y extendí mi mano.
—Está bien . P ero más te vale saber lo que estás haciendo.
—Siempre sé lo que estoy haciendo — respondió, con una sonrisa que no sabía si era tranquilizadora o aterradora.
— Entonces, ¿qué hacemos ahora? — pregunté, sintiendo una mezcla de incertidumbre y adrenalina .
Daniel me miró, su rostro serio y enfocado, como si estuviera a punto de revelarme la mayor verdad de todas y en ese instante me di cuenta: salir de la rueda de h á mster era posible, pero sólo si estábamos dispuestos a ver y aceptar las verdades incómodas .
Y a no había vuelta atrás.Daniel, aún con esa intensidad en la mirada, se acercó un poco más y me susurró, como si me estuviera revelando el mayor secreto de todos:
— Lo que tiene precio se paga, Maca, pero lo que tiene valor… se conquista.
Lo miré, sintiendo que en ese momento Daniel no solo me estaba hablando de la batalla en la que estábamos atrapados, sino de todo en la vida y aunque sonara extraño, sabía que estaba hablando también de nosotros.
— Y si algo no vale la pena conquistar, quizás nunca tuvo valor de verdad — le respondí, sorprendida de escuchar esas palabras salir de mi boca .
M e sentí más despierta, más clara, como si esa niebla que me había envuelto durante tanto tiempo comenzará a desvanecerse. Él sonrió y me tomó de la mano, una complicidad en sus ojos que me llenó de fuerza.
—E ntonces vamos a conquistar todo lo que ellos intenten arrebatarnos.
Justo en ese instante, Zero rompió el momento con una tos fingida.
— Siento interrumpir el momento romántico — dijo, con una mueca sarcástica — . Tenemos una misión que cumplir . A sí que, ¿listos para un poco de acción?
Nos pusimos en pie, pero no pude evitar lanzarle a Zero una última mirada entre desafiante y curiosa. ¿Quién era realmente este tipo? S u ayuda nos había caído del cielo, y él parecía dispuesto a ser nuestro guía en un mundo que se volvía cada vez más surrealista pero, ¿por qué?
El plan estaba en marcha, pero aún quedaban muchas preguntas sin respuesta. ¿ Q uién estaba detrás de este sistema de vigilancia? ¿ H asta dónde llegaban sus conexiones? N o tardaríamos en descubrir que nos encontr á bamos en una red mucho más peligrosa de lo que jamás imaginamos.
Nos dirigimos hacia el aparcamiento donde habíamos dejado el coche, tal y como nos indicó Zero . L a idea era simple: si alguien nos seguía, podríamos huir rápidamente sin quedar atrapados en el caos de las salidas principales del centro comercial.
Sin embargo, al entrar en el aparcamiento, el contraste con lo que acabábamos de vivir en la cafetería era tan fuerte que por un momento me sentí como en una escena de otra película : habíamos pasado de un lugar bullicioso, lleno de vida y ruido, a un espacio casi desolado .
L as luces parpadeaban, proyectando sombras inquietantes en las paredes de hormigón , y el eco de nuestros pasos se alargaba en el silencio como un susurro que no quería desaparecer.
—Es curioso — murmuré, rompiendo el silencio — . Hace unos minutos estábamos en un lugar donde casi no se podía respirar de tanta gente, y ahora esto parece sacado de un apocalipsis.Daniel sonrió ligeramente, aunque sus ojos seguían atentos al entorno.
—Eso es lo que Zero tenía en mente . M enos gente, menos ojos, menos problemas.
—¿Menos problemas?—repetí, alzando una ceja — . Yo diría que este lugar grita “ problemas ” . L iteralmente, parece el escenario perfecto para una emboscada.
—Siempre tan optimista — respondió con una risa suave, pero no negó lo que acababa de decir.
Al llegar al coche, el aparcamiento seguía igual de vacío, y aunque una parte de mí se sintió aliviada, otra no podía evitar estar alerta .
E ra demasiado tranquilo, demasiado sospechoso.
Daniel abrió el coche con un clic del mando perdiéndome de vista por un instante, justo cuando el ruido ensordecedor de una furgoneta negra irrumpió en la calle desierta.
Antes de que pudiéramos reaccionar, las puertas traseras se abrieron y un grupo de hombres vestidos de negro saltaron de la furgoneta .
T odo sucedió en cuestión de segundos . F ui arrastrada hacia el interior, gritando y pataleando, pero mis esfuerzos fueron en vano .
Daniel intentó correr hacia mí , pero un hombre alto y robusto lo interceptó con un puñetazo directo al estómago.
—¡Maca! —gritó Daniel, luchando por respirar mientras caía al suelo. El segundo golpe en la mandíbula lo dejó aturdido —. ¡No! —intentó gritar, pero su voz era un susurro ahogado por el dolor.
S entía la sangre caliente corriendo por su labio mientras los hombres seguían dándole patadas sin piedad,el mundo a su alrededor empezó a desvanecerse mientras veía, impotente, cómo yo desaparecía dentro de la furgoneta, y su esperanza de acabar con la conspiración se hacía añicos en su mente.