14
El caos en la sala parecía desvanecerse, como si el universo hubiera decidido pausar su tormenta solo para mí .
M i mente, siempre calculadora, dejó de funcionar, y el ruido constante de pensamientos se silenció .
Había algo en la forma en que Daniel me miraba, una mezcla de seguridad y vulnerabilidad, que encendió un fuego dentro de mí, uno que no sabía que estaba ahí.
En un impulso, me acerqué a Daniel como si él fuera la única fuente de aire en la sala .
T odo ese fuego que llevaba aguantando explotó en un segundo, y antes de darme cuenta, mis labios estaban sobre los suyos .
S entí un escalofrío en la columna, como si mi cuerpo hubiera estado esperando este momento desde siempre.
Al principio, fue como un choque de dudas y deseo .
L o noté en la manera en que me recibió, como si se resistiera a dar el paso y, a la vez, lo estuviera deseando con toda su alma .
P ero, en un instante, esa contención se desvaneció .
S u mano se deslizó hasta llegar a mi cuello, y me aferró con una intensidad que me hizo temblar .
N os perdimos en una tormenta de besos, de manos explorando, de cuerpos tan pegados que era imposible saber dónde terminaba él y donde empezaba yo.
Lo que había comenzado con un plan para desmantelar el sistema se transformó en algo primitivo, en una especie de necesidad de reconectar, de olvidar el mundo y sumergirnos en ese instante. No sé cuánto tiempo pasó, ni si alguien nos oyó; en ese momento, el resto del universo no existía.
Cuando al fin nos separamos, me quedé mirándolo, aún jadeando y con el corazón retumbando como un tambor . S us ojos se cruzaron con los míos y ambos soltamos una risa baja, llena de complicidad y sorpresa.
— No sé si esto cuenta como proceso de sanación — murmuré, intentando calmarme y con una sonrisa en los labios.
— Digamos que es un... acelerador de procesos — contestó, aún sin soltarme, con una chispa en la mirada.
Y ahí estábamos . D os locos en medio del caos, enredados en una maraña de impulsos, temores y anhelos.
Nos quedamos así, respirando el uno en el otro, como si ese pequeño espacio fuera nuestra única fortaleza contra el mundo .
Daniel acarició mi rostro y, por un instante, el tiempo parec ió congelarse.
F ue entonces cuando ambos recordamos la situación en la que estábamos: escondidos, sin saber quién o qué podía encontrarnos en cualquier momento.
Nos detuvimos un momento, solo para comprobar el silencio a nuestro alrededor, pero el aire se había cargado de una electricidad que iba más allá de cualquier peligro externo .
A llí estábamos, respirando juntos, escondidos en la penumbra, y lo que debería ser incómodo , lo que cualquier persona razonable vería como una situación de supervivencia básica, para nosotros era una chispa en combustión lenta.
Daniel me miró . E sa mirada que parecía tener la habilidad de desarmarme hasta en el silencio.
Su mano se movió, rozándome apenas, como si no estuviera seguro de que aquello fuera real .
M i piel ardió bajo su toque, y en un impulso inevitable me acerqué, eliminando los centímetros que nos separaban.
Nos besamos, y esta vez no fue un beso contenido, sino uno que rompía cualquier lógica .
E ra profundo, casi urgente, como si estuviéramos buscándonos el alma en medio de un mundo que nos quería escondidos y callados .
S u mano en mi espalda me sostuvo firme, mientras yo me aferraba a su camiseta, enredando mis dedos en el algodón, como si pudiera atrapar esa sensación.
—¿Sabes lo que estás haciendo? —murmuró él entre besos, con una sonrisa cómplice.
—Lo sé… al menos, más que nunca —respondí, casi riendo, pero incapaz de detenerme.
Entre besos y caricias, en ese rincón secreto que se había convertido en nuestro universo temporal, nos dejamos llevar .
S u mano en mi cuello, mi respiración acelerada, su piel cálida…
todo era un torbellino . N os olvidamos de los planes, de los escondites y las precauciones .
A llí, en el frenesí de aquel momento, éramos solo dos personas atrapadas por el deseo, por esa conexión innegable que había surgido sin pedir permiso.
El tiempo se detuvo, o avanzó más rápido , realmente no podía decirlo .
S olo sé que en sus brazos, en su cercanía, sentí una libertad inesperada .
N os perdimos en un torbellino de sensaciones que no tenía lógica ni razón y, por una vez, no me importaba absolutamente nada más.
Su boca recorría mi piel con una intensidad que me hacía estremecer, como si cada beso marcara una promesa secreta que solo él y yo entendíamos .
S entía sus manos explorando cada rincón de mi cuerpo, y la manera en que me tocaba era como si estuviera redescubriéndome, como si quisiera guardar cada detalle, cada reacción.
E n ese instante ya no había espacio para duda .
E ra una conexión más allá de las palabras, algo que no podía ni quería explicar .
N os dejamos llevar en un ritmo entrecortado, sintiendo cada latido, cada respiración acelerada .
C ada toque suyo parecía encenderme más, y cada vez que nos acercábamos sentía como si algo en mí se liberara .
Nos perdimos en el instante, en la intensidad de ese encuentro sin barreras, sin nada más que la entrega pura .
S entía el calor de su cuerpo contra el mío, su respiración en mi cuello, y la electricidad de sus manos recorriendo mi espalda como si dibujara un mapa secreto en mi piel .
M e aferraba a él como si de algún modo fuera un ancla, algo sólido en medio de un torbellino que arrasaba todo a su paso.
Sus labios trazaban caminos que parecían encender cada célula, y en sus ojos vi un destello, algo entre deseo y fascinación, algo que me hacía sentir viva de una manera que no recordaba haber sentido .
C ada segundo era una mezcla de pasión desenfrenada y una ternura que, aunque no entendía del todo, me llenaba de una paz inesperada.
Era como si en ese instante ambos encontráramos una especie de refugio, un escape perfecto en medio de la locura que nos rodeaba. Y mientras nuestros cuerpos se movían en un ritmo compartido, sentí que todo lo que había vivido hasta entonces me había llevado a ese preciso momento.
Quise hablar, decir algo, bromear para romper esa intimidad que comenzaba a hacerse casi demasiado intensa, pero las palabras se me quedaron atrapadas en la garganta . H abía algo en la forma en que Daniel me miraba que me hacía sentir desnuda, no solo físicamente .
Finalmente, él fue quien romp ió el silencio, pero no con palabras .
M e apartó un mechón de cabello de la cara y esbozó una sonrisa que me desarmó .
F ue como si ese simple gesto dijera todo lo que ambos aún no podíamos poner en palabras: una promesa muda, un pacto tácito .
H abíamos cruzado una línea, y aunque una parte de mí estaba aterrorizada, otra sentía que nada en el mundo podría haber sido más correcto.
Entonces, me incorporé y bromeé con una sonrisa en los labios, intentando recuperar la ligereza.
— ¿Sabes que esto es totalmente imprudente, verdad? En medio de toda esta locura, y aquí estamos .
Él rió, esa risa suave y grave que hacía eco en mi pecho.
— Lo sé — respondió — . Pero a veces, Maca, la imprudencia es lo único que nos mantiene cuerdos.Nos quedamos así, en un silencio cómplice y, por primera vez en mucho tiempo, sentí que estaba exactamente donde debía estar.
El aire de la noche era como un despertar, un recordatorio de que aún teníamos vida, de que aún podíamos respirar y, sobre todo, de que estábamos eligiendo nuestro propio camino.
Daniel se quedó en silencio de golpe, mirándome fijamente, como si acabara de tener una revelación . L uego, casi sin pensarlo, me tomó la mano y dirigió su mirada al anillo que llevaba en mi dedo, el mismo anillo inteligente que me habían dado en el estudio, una “recompensa” por mi “participación”.
Me miró con una mezcla de serenidad y cansancio mientras revisaba su teléfono . E ra el típico gesto de alguien que está a punto de hacer una llamada importante, pero sabe que no va a ser fácil.
— Tenemos que hablar con Zero — dijo finalmente, guardándose el móvil en el bolsillo.
—¿Para qué? —pregunté, aunque ya tenía una idea de por dónde iban los tiros.
—Para ver si, de una vez por todas, puede desactivar ese maldito anillo — señaló el dispositivo en mi dedo, que seguía brillando con esa luz azul tenue que ya empezaba a odiar.Me crucé de brazos, alzando una ceja.
—¿No habíamos quedado en que Zero era una especie de genio omnisciente? ¿Cómo es que aún no puede hacer algo tan básico como apagar esto?Daniel soltó una risa suave, esa que usaba para intentar calmarme, pero que a menudo tenía el efecto contrario.
—Zero puede hackear satélites, interceptar comunicaciones militares y predecir movimientos estratégicos de Jorge... pero, aparentemente, este anillo es todo un desafío tecnológico.
—Así que estamos a merced de un chaval que podría desactivar una bomba atómica, pero no este anillo . P erfecto.Daniel se encogió de hombros, con esa actitud suya que parecía decir: « Es lo que hay » .
—Bienvenida al mundo de Zero . A hora, déjame hacer la llamada y ver si conseguimos que mueva sus hilos mágicos.
Lo observé mientras sacaba su teléfono y se alejaba un poco para contactar con Zero. Había algo irónico en todo esto: nos enfrentábamos a una red global de conspiración, pero aquí estábamos, preocupados por un anillo brillante que parecía simplemente una moda más.
Después de lo que pareció una eternidad, Daniel se despidió de Zero, guardó el teléfono en el bolsillo y se acercó a mí con esa urgencia que le caracterizaba.
—Tenemos una solución — dijo con un tono que parecía intentar calmarme.
—¿Y cuál es? ¿Hackear un satélite? ¿Sobornar a los de la NASA?—pregunté, alzando una ceja.
Daniel sonrió ligeramente, sacudiendo la cabeza.
—Algo así . Zero puede desactivar el anillo de manera temporal, lo puede hacer de forma satélite as í nos dará un margen para movernos sin que nos rastreen . S in embargo...
—Siempre hay un pero — interrumpí, cruzándome de brazos.
—Sin embargo — continuó él, sin inmutarse — , para desactivarlo por completo, tenemos que encontrarnos con é l, porque necesita acceso directo al dispositivo.
—Genial — respondí — , nos vamos de excursión.
Daniel rió, aunque la tensión en su rostro no desapareció.
—Está bien, ¿cuándo y dónde?