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Trabajo en Baner desde hace tiempo, pero no lo hago solo por el sueldo o por aprovechar la oportunidad que me ofrecieron.
Al principio, claro, me conformaba con lo que veía.
Creía que era solo un trabajo como cualquier otro.
Pero conforme fui metiéndome más, conociendo a la gente detrás de las grandes decisiones, empecé a darme cuenta de que había algo más en juego.
Algo que no encajaba con lo que me habían contado, algo mucho más oscuro y oculto.
Trabajando para Baner, me di cuenta de que no iba a ser fácil, pero si algún día quería entender la verdad de lo que estaba pasando en este mundo, ahí tenía que estar.
Dentro del sistema, infiltrado. Al principio, me sentía como un observador.
Pero ahora... ahora soy parte de la maquinaria, de la red de control, y también soy alguien con la posibilidad de cambiar las cosas, si es que decido hacerlo.
Mi jefe, Jorge, es uno de esos tipos a los que la gente respeta por encima de todo, o mejor dicho, le teme.
Es un hombre que no tiene miedo de hacer lo que sea necesario para conseguir lo que quiere.
L o que él quiere no es solo hacer dinero, ni curar enfermedades como te dirían en las presentaciones oficiales de Baner , n o.
Lo que Jorge realmente quiere es controlar el flujo de información, influir en las decisiones de las personas, hacer que crean que tienen el control cuando en realidad están completamente manipuladas.
É l tiene una visión fascinante sobre cómo la gente se relaciona con lo que consumen.
Para él, el azúcar es una droga silenciosa que la gente no percibe como peligrosa .
A menudo, compara la adicción al azúcar con la adicción al tabaco: uno lo consume sabiendo que puede ser mortal, pero lo hace igual, y el otro parece inofensivo, hasta que ya es tarde para darse cuenta .
Lo que más le intriga es cómo el efecto placebo puede influir en todo esto .
L a idea de que si una persona cree en algo, aunque no sea real, su cuerpo puede reaccionar como si lo fuera .
En sus palabras : " T odo está en la mente".
La gente cree que el azúcar no les va a matar, que no les va a hacer daño, por eso siguen consumiéndolo sin pensar en las consecuencias.
Él cree que todo, absolutamente todo, se reduce a cómo la gente percibe la realidad y lo peor es que, en gran parte, tiene razón.
La gente cree que tiene el poder de tomar decisiones, pero esas decisiones están predestinadas por el sistema y el sistema no lo maneja la gente, lo manejan los que tienen el control de la información, de lo que llega a s us oídos, de lo que decide n comer, de lo que compra n .
La gente no sabe lo que está realmente pasando.
En Baner, lo que hacemos es jugar con eso .
J ugamos con la ignorancia de la gente. Les damos lo que creen que quieren: una cura rápida, una pastilla que los salve,pero no hay salvación.
Al menos no la que ellos creen que tienen .
L a verdadera cura está en lo que no se ve, en lo que no se dice.
Es un juego en el que el paciente nunca gana, pero todos los demás sí.
Poco a poco me fui ganando la confianza de Jorge .
N o fue algo que sucediera de la noche a la mañana, Jorge es el tipo de persona que no entrega la confianza a cualquiera, sabe cómo leer a la gente, cómo evaluar si alguien es una amenaza o una oportunidad.
Pero yo no soy tonto . A prendí rápido cómo jugar mis cartas, cómo mostrarle lo que quería ver. Y, con el tiempo, lo conseguí.
Con el tiempo, empecé a ocupar un espacio más cercano a él, desde ser su asistente en pequeñas tareas, hasta convertirme en su sombra, siguiéndolo a todas partes, manejando sus citas, organizando sus reuniones y, sobre todo, escuchando cada palabra, cada conversación, cada idea que él compartía.
Y ¿sabes qué? Al principio pensé que todo esto era parte del juego, un o en el que Jorge quería que jugara para ganarme su respeto .
P ero poco a poco empecé a darme cuenta de algo : mi presencia no era casual.
Era estratégica. Él me necesitaba cerca, porque había algo en mí que aún no entendía completamente.
— Eres un niño prodigio, César — me dijo un día, mientras estábamos en su oficina rodeados de papeles, informes y pantallas llenas de gráficos y datos — .
Un niño prodigio — repitió, como si de alguna forma, eso fuera el mayor elogio que podía darme — .
Eres rápido, inteligente, calculador. No todo el mundo tiene esas cualidades a tu edad.
Eres perfecto para lo que tengo en mente.
Yo no le respondí inmediatamente. Me quedé mirando, observando, tratando de descifrar esas palabras . C laro, lo decía con orgullo. Era una muestra de su poder, de su control sobre mí. Pero también podía ver en su mirada algo más: una necesidad de control.