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Daniel abrió un compartimento escondido bajo la mesa, sacando una pequeña mochila . L a lanzó sobre el sofá y empezó a meter cosas dentro: una linterna, un par de botellas de agua, un portátil pequeño y lo que parecían ser documentos importantes.
—¿Qué hay ahí? —pregunté, señalando la mochila.
—Lo esencial — dijo sin detenerse —. P ruebas, herramientas, todo lo que necesitamos para mantenernos un paso por delante de ellos.
Cuando estuvo listo, me tendió mi abrigo.
—Vamos, tenemos que movernos . H ace frío afuera, y vamos a estar en movimiento un buen rato.
Me lo puse sin discutir . S abía que cualquier pregunta o resistencia solo nos haría perder tiempo, y tiempo era algo que claramente no teníamos.
Daniel revisó su teléfono una vez más antes de guardar también el dispositivo en su bolsillo.
—Zero está rastreando sus movimientos . T enemos algo de ventaja, pero no mucha. Vamos.
Salimos del edificio en silencio, caminando rápidamente por las calles desiertas . L as farolas proyectaban sombras largas que parecían moverse con nosotros, como si fueran cómplices de nuestra huida.
—¿Tan malos son estos tipos? —pregunté finalmente, rompiendo el silencio.
Daniel me miró de reojo, sus pasos firmes pero sin prisa.
—Lo suficiente como para no querer quedarte a averiguarlo.
No era la respuesta más tranquilizadora, pero tampoco esperaba mucho más.
Mientras nos alejábamos, no podía dejar de pensar en todo lo que había sucedido en tan poco tiempo .
M i vida había pasado de ser un caos controlado a una especie de pesadilla en la que no podía distinguir a los aliados de los enemigos .
Y ahora, con cada paso que daba junto a Daniel, sabía que estaba entrando aún más en una historia que no solo me pertenecía, sino que parecía destinada a cambiar todo.
Nos movíamos rápido, pero no tanto como para no notar el frío que calaba los huesos . E l aire nocturno era como un recordatorio constante de que estábamos solos en esto . N o había coches, no había peatones, solo nuestras sombras alargadas sobre el pavimento desgastado.
—Daniel — dije finalmente tratando de llenar el silencio que se había vuelto insoportable — ,dijiste que Zero está rastreando sus movimientos. ¿Cómo demonios hace eso?
Él sonrió de lado, sin apartar la vista del camino.
—Zero tiene acceso a cosas que tú y yo ni siquiera podemos imaginar : redes privadas, satélites, algoritmos que predicen patrones de comportamiento... es como si jugara al ajedrez en cinco tableros distintos al mismo tiempo.
No pude evitar una risa nerviosa.
—Genial . E ntonces, básicamente, estamos siendo protegidos por un fantasma omnisciente.
—Algo así — respondió con un tono que parecía mitad broma, mitad verdad.
Me detuve un segundo para ajustar el abrigo, intentando ignorar el temblor en mis manos.
—¿Y qué pasa si Zero se equivoca? ¿Qué pasa si no llegamos a donde necesitamos estar?
Daniel se giró hacia mí, sus ojos buscando los míos en la penumbra.
—Maca, sé que esto es aterrador, pero no nos queda otra que confiar en Zero . P ase lo que pase, lo enfrentaremos juntos.
Sus palabras tenían un efecto calmante, muy suyo, que te hacía confiar aunque no hubiera ninguna garantía de que todo fuera a salir bien.
Seguimos caminando hasta que llegamos a lo que parecía ser una estación de metro cerrada . Daniel se acercó a la verja oxidada y sacó un pequeño dispositivo de su bolsillo . L o conectó a la cerradura electrónica y, después de un par de zumbidos y un clic metálico, la verja se abrió.
—Por aquí — dijo, sosteniendo la puerta para que pasara.
El interior estaba oscuro, con solo un par de luces parpadeantes que iluminaban el camino hacia las escaleras .
B ajamos rápidamente, nuestros pasos resonando en las paredes de cemento.
C uando llegamos al andén, me di cuenta de que había algo más allá de los vagones abandonados y los carteles rotos .
U na puerta metálica al fondo, con un símbolo extraño pintado en ella, destacaba entre el abandono.
Daniel se acercó a la puerta y golpeó tres veces, luego una pausa, y otras dos . L a puerta se abrió lentamente, y del otro lado apareció un hombre con una barba desaliñada y ojos agudos que me escanearon de arriba abajo.
—Ella es Macarena — dijo Daniel antes de que el hombre pudiera preguntar.
El hombre asintió y se hizo a un lado para dejarnos pasar.
—Bienvenida — dijo con una voz grave — . Os estábamos esperando.
El interior era completamente diferente a lo que había imaginado . H abía pantallas por todas partes, mostrando mapas, gráficos y cadenas interminables de datos . U n grupo de personas trabajaba en silencio, tecleando en ordenadores y murmurando entre ellos.
Me giré hacia Daniel, confundida.
—¿Qué es este lugar?
Él sonrió levemente.
— Este es el centro de operaciones de Zero . A quí es donde empieza la verdadera batalla.
El lugar era una mezcla entre un refugio subterráneo y el set de una película de espías. L as pantallas iluminaban las paredes con un brillo azul frío, y los teclados no dejaban de sonar como si alguien estuviera escribiendo la novela más larga del mundo a toda velocidad.
Mientras intentaba asimilarlo todo, una chica joven, de cabello corto y gafas que parecían demasiado grandes para su cara, se giró hacia mí desde uno de los ordenadores.
—¿Esta es Macarena? —preguntó con un tono que no sabía si era de sorpresa o decepción.
—La misma — respondió Daniel, cruzándose de brazos como si estuviera orgulloso de presentarse .
—Vaya — dijo la chica, inclinándose un poco hacia mí — . Pareces más... normal de lo que esperaba.
—Gracias, supongo — respondí, tratando de no sonar demasiado ofendida.
Daniel rió suavemente.
—Tranquila, aquí nadie es normal . E s parte del encanto.
Antes de que pudiera decidir si tomarlo como un cumplido o un insulto, un hombre alto con un chaleco táctico entró en la sala, mirando una tableta mientras caminaba . S e detuvo frente a nosotros y me lanzó una mirada evaluadora.
—¿Ella es la periodista ?
— Sí — respondió Daniel.
El hombre asintió, luego extendió una mano hacia mí.
—Soy Gerardo, encargado de que todo esto vaya como la seda . M i trabajo es asegurarme de que nadie entre... o salga, sin que yo lo sepa.
—Encantada — dije, estrechando su mano — . ¿Y qué pasa si alguien intenta entrar sin tu permiso?
Gerardo s onrió levemente.
—Digamos que no les ir ía muy bien.
—Bueno, eso es tranquilizador — murmuré, aunque no estaba del todo segura de que lo fuera.
Daniel me guió hacia una sala más pequeña al fondo del búnker . D entro había una mesa llena de papeles, un proyector y un mapa enorme de algo que parecía un edificio gubernamental.
—Esto es lo que hemos estado trabajando — dijo Daniel, señalando el mapa —. E l Proyecto Libertad tiene más niveles de los que imaginamos. H emos encontrado conexiones con empresas farmacéuticas, bancos, incluso políticos de alto rango.
Sentí un nudo en el estómago al ver la magnitud de lo que estaba diciendo.
—¿Y qué planean hacer con todo esto?
Daniel me miró, y su expresión se tornó seria.
— Desmantelar , pieza por pieza . P ero para eso necesitamos algo más que pruebas: necesitamos ruido . Y ahí es donde entramos t ú y yo .
—Genial — dije cruzándome de brazos — . Así que, básicamente, soy la trompeta de la revolución.
Daniel rió.
—Exactamente . P ero no te preocupes, aqu í nadie está solo. Y créeme, con el equipo de Zero, tenemos más recursos de los que crees.
Antes de que pudiera responder, una voz metálica salió de un altavoz en la esquina de la sala.
—Daniel, Macarena, vengan al centro de operaciones . T enemos un problema.
Era una voz fría, controlada, que no dejaba lugar a preguntas.
—Ese es Zero — dijo Daniel, levantándose rápidamente — . Vamos.
No sabía qué me esperaba al otro lado, pero algo me había quedado claro : las cosas estaban a punto de ponerse mucho más complicadas.
Cuando llegamos al centro de operaciones, la atmósfera había cambiado . L a energía en la sala era tensa, casi eléctrica, las pantallas mostraban imágenes que no entendía del todo: líneas de código, mapas con puntos parpadeantes, y lo que parecía ser una transmisión de cámaras de seguridad.
Daniel y yo nos detuvimos justo en el centro, frente a una pantalla enorme que dominaba la pared principal . L a voz metálica que habíamos escuchado antes resonó nuevamente en los altavoces.
—Macarena, finalmente nos volvemos a encontrar, soy Zero.
No sabía qué esperaba exactamente, pero la falta de una presencia física me descolocó.
—El artículo que estás escribiendo es sólo un buen comienzo, pero has puesto en marcha algo que ahora es imparable. Jorge y su equipo están en movimiento . H an rastreado tu ubicación, y se dirigen hacia aquí.
Un escalofrío recorrió la sala . Daniel maldijo en voz baja, mientras Gerardo se acercaba al monitor más cercano, ajustando algo en la pantalla.
—¿Ya vienen? —pregunté tratando de mantener la calma, aunque mi voz tembló un poco.
—No se preocupen — dijo Zero con esa calma inhumana que empezaba a irritarme — .Todavía tenemos ventaja . P ero necesito que os mováis . A hora . O s mandaré una ubicación con un punto de encuentro. Voy a intentar desconectar el gps del anillo sin que pase nada, creo que ya he dado con la tecla.
Una nueva imagen apareció en la pantalla: un mapa de la ciudad con una ruta trazada en rojo.
— ¿ Y cómo vamos a salir de aquí sin que nos atrapen? —pregunté, mirando a Daniel.
Él sonrió con una calma que no coincidía con la urgencia del momento.
—Por eso tenemos a Zero . T odo está planeado.
—Perfecto — dije, sarcástica — . Nada mejor que poner mi vida en manos de una voz.
—Te entiendo — dijo Zero y, aunque sonaba a una máquina, juraría que había un tono de diversión en su voz — . Pero si quieres sobrevivir, tendrás que confiar en mí y en tu equipo.
Cerré los ojos un momento, respirando profundamente . E ra esto o quedarme esperando a que “los cazadores” llegaran .
—Está bien — dije finalmente — . ¿Qué hacemos?
Zero respondió inmediatamente, como si ya lo hubiera anticipado.
—Gerardo os llevará al vehículo . Daniel, yo me encargaré de desactivar las cámaras y alarmas en la ruta . T enéis 15 minutos para salir antes de que lleguen.
Gerardo asintió, ya preparándose . Daniel me miró y colocó una mano en mi hombro.
—Confía en nosotros, esto es solo el principio , Macarena .
Y aunque cada fibra de mi ser gritaba que todo esto era una locura, algo en su voz me hizo asentir . P orque a veces, cuando todo se desmorona, solo queda avanzar hacia el caos.
Dudé solo un segundo antes de entrar en el coche .
M ientras la puerta se cerraba, sentí como si estuviera dejando atrás una vida entera .
Y a no era la periodista que buscaba una historia, ahora era una pieza en un tablero mucho más grande, y apenas comenzaba a ver los movimientos que se estaban haciendo.
El coche arrancó, alejándose rápidamente de las sombras del callejón . M iré por la ventana, sintiendo el peso de lo desconocido. Lo que estaba por descubrir cambiaría todo.