Niebla mental 1 2
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El coche se adentró en la noche, las luces de la ciudad desdibujándose a medida que se alejaban de las calles familiares . M iraba por la ventana, el paisaje urbano deslizándose a gran velocidad, pero mi mente estaba en otro lugar, atrapada entre el miedo y la adrenalina. ¿Qué había dejado atrás?

—¿A dónde vamos? —pregunté, sin apartar la vista del exterior.

—A un lugar seguro . Tenemos que hacer tiempo hasta que Zero consiga desactivar el anillo —respondió Daniel, manteniendo los ojos en la carretera

—¿Y qué pasa con el estudio? —mi voz se hizo más intensa

Daniel me miró de reojo, sus rasgos endureciéndose.

—Acabaremos con todo, confía en m í .

La tensión en el coche era palpable . R espiré hondo, intentando controlar el miedo que comenzaba a apoderarse de m í. L a imagen de mi vida anterior se desvanecía, y con cada kilómetro que recorría, me sentía más lejos de la periodista que era antes.

Después de unos minutos, llegamos a un edificio antiguo, de aspecto deteriorado, escondido en un barrio que parecía haber quedado atrapado en el tiempo .

Daniel apagó el motor y salió del coche, mirando alrededor con precaución .

L e seguí, mi corazón latiendo con fuerza mientras cruzábamos la calle.

—¡Ahí están! —gritó un hombre que salió corriendo detrás nuestra.

El pánico invadió mi cuerpo, no podíamos ser atrapados ahora . Daniel me empujó .

—Corre —me ordenó, y no dudé.

La noche se sentía como un refugio y una trampa al mismo tiempo. Corrimos a través del callejón, el sonido de pasos detrás nuestra resonando en la oscuridad . E l corazón latía en mis oídos, y solo podía pensar en una cosa: n o podíamos dejarnos atrapar.

A medida que avanzábamos, las sombras de la noche parecían cerrarse a nuestro alrededor .

T odo era un laberinto de incertidumbre, y en el fondo de mi mente, una pregunta resonaba: « ¿Qué más le esperaba en esta oscura conspiración? »

Permanecimos en silencio, escuchando cómo los hombres revisaban el apartamento vecino .

C ada sonido era un recordatorio del peligro que corrían, y la adrenalina pulsaba en mis venas .

M i mente corría a mil por hora, pensando en las implicaciones de lo que había descubierto sobre el Proyecto Libertad.

—¿Por qué lo hacen? —susurré, incapaz de contenerme— ¿qué ganan con esto? Daniel me miró, con expresión seria.

—Control . E l poder absoluto sobre la población . S i logran manipular los deseos y necesidades de las personas a través de sus cuerpos, se convierten en los titiriteros de la sociedad . I magínate un mundo donde alguien tiene el control sobre todos, y consiguen manipularnos a su antojo.

El horror de sus palabras se asentó en mi mente, era una idea escalofriante . L a simple noción de que mi bienestar, mi autonomía, pudiera ser controlada me llenó de rabia. Los hombres comenzaron a moverse hacia la puerta de nuestro escondite, y mi respiración se volvió más rápida.

—¿Tienes un plan? —pregunté

—No podemos quedarnos aquí, necesitamos salir antes de que lleguen —Daniel se inclinó hacia m í , la intensidad de su mirada le daba fuerza— . Parece que ese pasillo nos lleva a la escalera de incendios . S i llegamos allí, podemos salir al tejado y saltar a la azotea del edificio contiguo.

Asentí, sintiendo el miedo temblando en todo mi cuerpo . N o podía dejar que me atraparan.

Mientras nuestros perseguidores se acercaban, Daniel se movió hacia la puerta trasera . Y o le seguí, el corazón latiendo con fuerza en mi pecho . J usto cuando estaban a punto de abrir la puerta, uno de los hombres gritó .

—¡Aquí están!

Daniel me empujó hacia el pasillo oscuro, y comenzamos a correr . E l sonido de pasos resonó detrás nuestra, y el pánico se apoderó de m í . La adrenalina me impulsaba, pero también la duda : « ¿Y si no logramos escapar? »

Corrimos por el pasillo, Daniel guiándome con firmeza, hasta que finalmente llegamos a la escalera de incendios . L a puerta chirrió al abrirse, y el aire fresco nos dio una sensación de alivio momentáneo.

—Sube, rápido —ordenó Daniel, comenzando a escalar los escalones con agilidad.

Lo seguí con mis piernas aún temblando por el esfuerzo . C ada paso que dábamos nos acercaba a la libertad, pero el temor de ser alcanzados por nuestros perseguidores nunca desaparecía.

Al llegar a la azotea, Daniel se detuvo y se agachó detrás de una pared baja . Y o le imitaba, tratando de controlar la respiración . D esde su escondite, observamos el movimiento en la calle . L as luces de varios coches parpadeaban, y las sombras se movían con rapidez.

—¿Dónde están? —susurr é , con la ansiedad apoderándose de m í— . ¿Qué pasa si nos atrapan?

Mientras planeábamos el próximo movimiento, me di cuenta de que la situación me había llevado a un lugar de desesperación y valor . E n un instante, pasé de ser una periodista atrapada en una historia a convertirme en la protagonista de la propia historia.

—Mira —dijo, señalando hacia un edificio vacío al otro lado de la calle—, si logramos saltar hasta allí, podremos escondernos y pensar en un plan.

Asentí sintiendo que la esperanza comenzaba a florecer en mi interior . T eníamos que hacerlo, y no había opción de rendirse . C on un último vistazo a la calle, Daniel se preparó para el salto, tomó aire y dio un paso hacia adelante.

—¡Ahora! —gritó, y juntos saltamos al vacío.

El aire silbó a nuestro alrededor mientras aterrizábamos en la azotea contigua, y la adrenalina inundó nuestros cuerpos . C aí de rodillas, respirando con dificultad, pero sintiendo que habían logrado algo monumental . Daniel se levantó rápidamente, ayudándome a levantarme.

—No hay tiempo que perder, debemos seguir moviéndonos —su voz era firme, y pude ver por primera vez el brillo en sus ojos . E staba disfrutando y, en parte, yo también con é l.

Con el sonido de coches de policía y sirenas resonando en la distancia, comenzamos a buscar una manera de descender .

E l tiempo estaba en nuestra contra, y no podíamos permitirnos errores .

M ientras nos movíamos, sentí que la conexión entre nosotros se fortalecía .

A mbos estábamos en la misma lucha, y cada paso que dábamos nos acercaba más a la verdad y a la posibilidad de romper el control que el Proyecto Libertad ejercía sobre nuestras vidas.

El aire era frío, pero el calor de la adrenalina mantenía nuestros cuerpos en tensión . L os sonidos de la ciudad parecían distantes, como si el mundo entero se hubiera detenido mientras nosotros seguíamos nuestra propia lucha silenciosa.

El viento chocó contra mi rostro mientras corríamos por el callejón, el eco de mis pasos resonaba en mis oídos, y el sudor me empapaba la frente . Daniel me guiaba con firmeza, su expresión concentrada y alerta, no podía permitirse ningún error.

—¿Dónde vamos? —pregunté, intentando mantener la voz firme a pesar del miedo que me nublaba la mente.

—A un lugar seguro, un escondite que tengo cerca . A llí podremos planear nuestro siguiente movimiento —respondió él, sin detenerse.

Finalmente, llegamos a un pequeño apartamento en el último piso de un edificio destartalado .

Daniel introdujo la llave con rapidez y empujó la puerta, invitándome a entrar .

C erró tras de sí, respirando hondo mientras miraba a su alrededor .

E l lugar era austero, pero había una sensación de seguridad en la penumbra.

—Es un refugio temporal —dijo Daniel, mientras apagaba la luz y se asomaba por la ventana, asegurándose de que nadie los había seguido—, aquí estaremos a salvo por un tiempo, pero no podemos quedarnos mucho.

As entí , aún tratando de recuperar el aliento, me sentí abrumada por la velocidad de los acontecimientos . E staba en un lugar extraño , con un hombre que apenas conocía, huyendo de un sistema que no parecía querer dejarme ir.

—¿Qué hacemos ahora? —pregunté, tratando de mantener la calma.

—Primero, tenemos que establecer un plan —respondió Daniel, pasando una mano por su cabello— .

N ecesito que entiendas lo que realmente está en juego aquí.

No solo eres un sujeto de estudio, por lo que sea eres algo m á s para Jorge.

Ese hombre es ruin y no tiene escrúpulos, te lo digo por experiencia .

L o conozco bastante bien, demasiado bien me atrevería a decir.

Me cruc é de brazos, tratando de procesar sus palabras, no sabía que tenía yo que pudiera importarle tanto a ese tal Jorge, la verdad.

—¿Y si nos encuentran ?

—Lo que más temen es que alguien se atreva a hablar —Daniel se acercó a m í un poco m á s— .

D ebemos actuar con astucia . S i logramos recopilar evidencia y mostrar lo que están haciendo, podemos detenerlos.

Sentí una chispa encenderse dentro de m í .

Había sido periodista toda mi vida; había cubierto historias difíciles, pero nunca había estado en el centro de una de esta magnitud.

—¿Qué necesitas que haga? —pregunté, sintiéndo m e más decidida.

—Primero, tenemos que desactivar cualquier traza que puedan haber dejado en tu dispositivo —Daniel se movió hacia una mesa en la esquina, donde había un portátil— . D ebemos asegurarnos de que no puedan rastrearte . E n eso est á trabajando Zero, y pronto quedaremos con é l.

Seguí su mente agitada por la urgencia de la situación .

Daniel comenzó a teclear rápidamente, su rostro concentrado mientras explicaba .

M ientras él trabajaba, sentí algo en el estómago estaba como abrumada, como una adolescente al descubrir su primer amor .

N o podía dejar que la manipulación y el miedo definieran mi vida, había un fuego dentro de m í que comenzaba a resurgir, impulsado por la necesidad de revelar la verdad.

—Esto ya est á —afirmó .